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Hijos de Barriga Verde

Para Juan y Alfonso Silvent, la reproducción de Barriga Verde instalada en la Praza da Soidade significa un homenaje a su familia y un emotivo regreso a los orígenes, y esto en el sentido más literal. Los dos nacieron bajo el escenario de la popular barraca que durante décadas recorrió Galicia, aunque no se trataba de las mismas tablas. Juan es el más joven de los doce hijos de Santiago Silvent, que movió el espectáculo ‘Pabellón de la risa’ por la zona norte; mientras que Alfonso es uno de los siete descendientes de José Silvent, que se prodigó más por la zona sur con ‘Melodías de España’ y a quien tradicionalmente se vincula con Barriga Verde. Las barracas, así, eran dos y la esencia de ambas se ha combinado en el montaje que hasta el día 12 recupera esta parte de la historia en la Praza da Soidade.

Juan vino al mundo la víspera de San Froilán del año 40 y lo inscribieron en el registro el 16 de octubre en Mondoñedo, la siguiente parada en la tourné de fiestas lucenses tras la capital. Alfonso nació en Vigo, donde lo bautizaron, aunque luego se crió en Pontevedra, en la casa que tenía allí la familia. Los dos observaron ayer emocionados la reconstrucción de la barraca en la que pasaron su infancia y gran parte de su juventud. «Estou moi agradecido a quen fixo este traballo, moi emotivo para min», reconocía Juan. La iniciativa partió de la Diputación Provincial.

A medida que iban creciendo, los hijos se incorporaban al espectáculo e iban aprendiendo distintas facetas del oficio. Juan, por ejemplo, tocaba ‘A Rianxeira’ y otras piezas populares con botellas o se cambiaba de ropa sobre un rulete, «unha mesa apoiada sobre catro rulos». Después, «tocaba facer o guiñol». «Foi unha época moi bonita», recuerda, y dice de su padre que sobre todo les exigía una cosa: «Que non quería ter unha queixa de que faltara unha mazá dun árbol».

La vida de Alfonso no fue muy distinta en la barraca de su familia. También se incorporó al espectáculo desde muy pequeño y así recorrió la geografía gallega . «Íbamos dunha festa a outra e en todos os pobos eramos ben recibidos. Estaban a esperar por nós, porque daquela non había nada máis», recuerda. Los tiempos no eran fáciles, pero «nunca faltou o pan na mesa». La barraca de su familia funcionó hasta el año 1964 -la de Santiago Silvent ya había desaparecido para entonces-.

En los dos casos, Barriga Verde era el espectáculo que llevaban a los pueblos y ciudades en verano; el resto del año cambiaban los personajes de la barraca por la pantalla de cine: mudo primero, y sonoro después. Ésta fue la ocupación con la que continuaron después del fin de Barriga Verde.

Alfonso aún conserva uno de los primeros proyectores de cine mudo. El celuloide siempre tuvo mucho tirón en los pueblos. «Ían aínda que chovera», recuerda. Pero no a todos les interesaba la misma película: «Os vellos ían polo cine, pero os novos polo baile; era unha alegría para eles».

Tras la desaparición de las barracas, cada miembro de la familia tiró por donde pudo y muchos siguieron en el sector de los puestos de feria. En el caso de Alfonso, se dedicó a las proyecciones hasta 1970, cuando murió su padre. «Despois seguín na festa cunha caseta de tiro ao pichón ata o ano 75». Se pasó luego al comercio, pero sin dejar la itinerancia, y montó un puesto de ropa y juguetes con el que recorrió los mercados hasta que se jubiló. Fue entonces que dejó este peculiar nomadismo que, sin embargo, añora. «Pasabámolo moi ben», dice.

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