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Halloween

Hace cuatro años rondando estas mismas fechas, era prácticamente imposible encontrar unas calabazas, unas brujas o un adorno con calaveras en cualquier tienda de Lugo. El Halloween, o Noche de Muertos que precede a la fiesta de Todos los Santos, no sólo no se celebraba sino que se despreciaba como importación bastarda. Es posible que el tópico cinematográfico, que explotó el recurso en todos los géneros y posturas posibles, ejerciese una influencia tan atractiva para una parte de la población como repulsiva para la otra. Lo extraño del caso es que dos conceptos festivos tan reconocibles —y abrazados— por esta esquina de Europa como son los disfraces y la celebración de la muerte se viesen como algo ajeno y, lo que es peor, americano.

Una ola celtista reivindica el Samaín como fiesta propia, autóctona y —ésta sí— digna de ser celebrada. Se admiten los disfraces, las calabazas y el culto a los espíritus. Está documentado por el profesor Rafael López Loureiro que Quiroga posee una peculiaridad autóctona en la que la calabaza tallada estos días se seca y se guarda para el Entroido. La diferencia entre una y otra es la referencia original: el Samaín es celta (o sea, nuestro) y el Halloween americano (o sea, impuesto). Xosé Luis Méndez Ferrín publicaba el año pasado un artículo en el que definía esta reivindicación del Samaín como “falsa tradición céltiga galega”: pasan “dunha imposición a unha impostura”.

Este humilde columnista considera que el Halloween tiene tanto derecho a ser celebrado como el Entroido, el Magosto o el Arde Lucus. El cine de Hollywood tiene muchos defectos pero una gran virtud: la difusión masiva y global de la cultura popular. Ni Halloween lo crearon los americanos, ni los monstruos a los que se acude para evocar el culto a la muerte son personajes exclusivamente yankees. El origen de ambas cosas está en Europa; unos en la tradición celta (si se quiere) y otros en el romanticismo (británico en su mayoría) que a su vez bebía de fuentes populares. Hollywood lo único que ha hecho es escenificar ideas, conceptos y personajes de la cultura popular adaptándolos a un medio y a una narrativa que encajase mejor en el nuevo espectador y, como no podía ser de otra forma viniendo de Estados Unidos, sacarle una rentabilidad económica.

Que no les remuerda la conciencia por salir disfrazado el próximo viernes, porque las calabazas talladas, el mito de Frankenstein, los muertos en vida y la Santa Compaña tienen las raíces en esta vieja Europa.

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