Estímulos

Uno de los bingos lucenses / Mónica Pereira
photo_camera Uno de los bingos lucenses / Mónica Pereira

Hola, me llamo Miguel y soy ludópata vocacional. No es que haya confundido este periódico con la revista interna de Adictos Anónimos, es que lo he descubierto hace poco y me gusta comentarlo. He de reconocer que siempre he tenido una personalidad adictiva. Será, vete tú a saber, por mi tendencia a definirme en negativo, que es como los psiquiatras diagnostican estas cosas, por la pérdida: la pérdida del estímulo desata el síndrome de abstinencia y la pérdida del control sobre el estímulo provoca el drama. Ya se sabe que en esto, y en muchos otros aspectos, los psiquiatras son como los economistas, más historiadores que científicos, pero ése es otro tema.

No deja de asombrarme lo fácil que es caer en determinados pozos, a poco que las circunstancias se topen con una personalidad predispuesta. Las circunstancias pueden ser tan leves e imprecisas como las de un martes de invierno en Lugo a las siete y media de la tarde sin algo que hacer y ganas de nada. El Molino Rojo es una de las pocas constantes vitales de la calle Clérigos fuera de las noches de fin de semana. Dentro palpita un mundo ajeno al exterior, un ecosistema privado con reglas propias y diversidad de especies: el bingo.

En la sala de espera, donde te fichan, las tragaperras lanzan sus llamadas de apareamiento con alarde de luces. Nunca acabé de verles el sentido a estos bichos, es como pagar para que otro se divierta jugando por ti. Pero supongo que algo tendrán, cuando se reproducen con tanta eficacia en todo tipo de hábitats. La espera es corta, no más de cinco minutos y se enciende la luz verde. La sala es amplia y luminosa, con hileras de mesas de mármol y cómodas sillas tapizadas de rojo. Al fondo, el panel con los números. Te sientes donde te sientes, siempre tienes al alcance de la vista una pantalla en la que buscar los números con comodidad. Funcional.

Una decena de personas se distribuyen por la sala, la mayoría en el área de fumadores. Conmigo, somos dos hombres; el resto, mujeres. Algunos abrigos de piel con solera, pulseras y anillos dorados y gafas al filo de la nariz. Tampoco faltan los chándals con zapatos, arreglados pero informales, que cantaba Martirio. Alguna debe de estar poniendo fin a la treintena, aunque para la mayor parte esa edad es ya un recuerdo lejano.

Dos azafatas atienden las mesas con precisión y respeto al silencio solemne sobre el que reina la agradable y monótona voz de la señorita que canta las bolas con una dicción académica y una cadencia de relojería suiza. De entrada me pido dos cartones, por no ser menos que el resto. Cuando jugamos en casa en la sobremesa de la Nochebuena no tengo problemas para seguir el ritmo, pero esto es otra historia. Un segundo de distración para echarme el azucar en el café y ya voy con dos números de retraso. Una línea me concede el tiempo justo para ponerme al día. Se entiende lo de la zona de fumadores, para esta ansiedad no se fabrican chicles. Pero, de repente y en medio del despiste, quedo atrapado en el mecanismo frustración-gratificación inmediata: canto bingo entre exultante y precavido, temiendo haberme equivocado. Un plato con 22 euros sobre mi mesa dice que todo es correcto.

Y vuelta empezar, ahora con un cartón para no estresarme. Dos minutos después me descubro con la mirada perdida en el caos que forman las bolas mientras bailan mágicamente en su caja trasparente, como un universo de planetas numerados. Vuelvo a los dos cartones, a ver si así me despisto menos. Bingo, 23,10 euros. Línea, 3 euros. Línea, 4,20. Bingo, 38,50. Después de cuarenta minutos con la vista fija en los cartones, echo otro vistazo a la sala. Hay ya más de veinte personas, pero allí el único que parece divertirse soy yo, a no ser que las verbenas también vayan por dentro.

Salgo con el bolsillo lleno de monedas y el ánimo desbocado. Decido ir hasta el otro bingo de la ciudad, en el Gran Hotel, pero a las ocho y media no hay nadie. La cosa, me dice la recepcionista, se alegra después de cenar, así que vuelvo a las doce de la noche. La sala sólo se diferencia de la otra en la distribución: las mismas mesas, las mismas sillas, los mismos rotuladores Carioca, los mismos rituales. Sin embargo, la parroquia no es la misma: más hombres que mujeres, con aspecto de bien cenados y empurados. También la media de edad baja.

Me siento y me pongo de inmediato al tajo. Esto ya no es etnografía, es puro vicio y me gusta. Hora y cuarto después me va gustando menos: he dejado todo lo que había ganado por la tarde y algo más. Afortunadamente, mi mecanismo de control de estímulos aún funciona: la del martes es noche de partida al tute en el Goleta, y eso, amigos, son palabras mayores. Se exige puntualidad. Ante semejante reclamo, no hay vicio que valga.

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