sábado. 29.01.2022 |
El tiempo
sábado. 29.01.2022
El tiempo

El Rosalía, ni para arrumacos

DICEN QUIENES han crecido en Lugo que no hay pareja no se haya hecho alguna vez arrumacos en el Rosalía de Castro, en un banco apartado o bajo uno de los frondosos árboles. Un parque que, en una semana tan borbónica, hay que recordar que en sus orígenes se llamó Alfonso XII. Los arrumacos se daban preferentemente de noche —por el día son más reservadas las cuestas—, pero es probable que en la actualidad ya solo se puedan hacer de domingo a miércoles. Por lo general, el resto de las noches el parque es cualquier cosa menos un lugar discreto. Decenas de adolescentes practican botellón en las condiciones que sea, en esas escasísimas noches lucenses de manga corta, con lluvia o con el brillo de la helada en la hierba.

La falta de intimidad es, no obstante, el menor de los males que provoca el botellón y lo que este a veces trae consigo. El Rosalía de Castro es la joya verde de la ciudad por su ubicación, su variedad botánica, su arquitectura y su historia y sin embargo es el parque más maltratado y que menos atención recibe de un tiempo a esta parte. En los años 2010 y 2011 se invirtieron en él dos millones de euros, que sirvieron para recuperar alguna de sus partes originales —la entrada, por ejemplo—, para reparar e instalar elementos que no se ven pero que son cruciales, como el saneamiento y circuitos cerrados para ahorrar agua en las fuentes y en los estanques, y para darle un pequeño lavado de cara, con la restauración de monumentos, del muro del fondo y de parte del mobiliario, como los bancos con respaldo de reja. Dos años después, un paseo por el Rosalía de Castro dan ganas de llorar. Ya no es que el parque no tenga una imagen acorde a su categoría, es que las huellas del vandalismo que sufre y de la poca atención que recibe están por todos lados.

Pintadas de todos los tamaños y colores, papeleras viejas y rotas, cables enrollados en los troncos y las ramas de los árboles, tocones a la vista, agua estancada en las fuentes, carteles de obras hechas hace dos años, elementos de los juegos infantiles rotos y precintados... La parte del muro que da al Paseo Vila de Foz tiene pintadas en prácticamente toda su extensión y la primavera no parece haber llegado a este parque con la misma fuerza que a otras zonas de la ciudad. Un estudio hecho en 2011 reveló que el 40% de los 276 árboles que tenía el parque presentaban problemas de salud o mecánicos. Desde entonces apenas se han hecho intervenciones, por lo que es de esperar que hoy no estén mejor.

Son tiempos de estrecheces económicas, pero el Concello parece haber dejado a su suerte el Rosalía de Castro. Da la impresión de que da por perdida la batalla con los vándalos, que en los últimos meses han estado especialmente activos. Por tres veces han roto cristales y han entrado y robado material del edificio de Parques e Xardíns y desde esta área se ha detectado también arranque de plantas y roturas de ramas. El gobierno local explica que no puede tener un vigilante de forma permanente en el Parque. Asegura que los agentes patrullan por la zona, pero que es muy difícil pillar a los delincuentes in fraganti, y afirma que de momento no hay previsto ningún plan de limpieza de las pintadas. Se quitarían unas y aparecerían otras, viene a decir. Sin embargo, en algunos ámbitos se habla de que el problema está en que la pintura de silicato de las paredes del parque dificultan el borrado de las pintadas, porque saltaría, y de que existen diferencias acerca de si esa labor le compete a Urbaser, la empresa de limpieza, o a Calfensa, la firma que cuida los jardines de la ciudad.

El gobierno local asegura que los problemas se acabarían si la Xunta permitiera colocar un cierre perimetral, proyecto que la Dirección Xeral de Patrimonio vetó hace unos años alegando que el vallado chocaría con el nivel de protección que el propio Concello da al Parque en el plan general de urbanismo. El argumento parece, cuando menos, discutible y contrasta con la falta de sensibilidad que Patrimonio muestra con otro bien que no solo está catalogado en el PXOM sino que ostenta el máximo grado de protección de un monumento: el cuartel de San Fernando.

Es difícil de entender que un cierre metálico, adecuado al entorno, resulte más agresivo que los daños que sufre continuamente el lugar y, una vez más, hace dudar de si algunas decisiones se toman para proteger el patrimonio o por otros motivos. Y lleva a preguntarse por qué Lugo es de nuevo diferente a otras ciudades. La mayoría de los parques históricos tienen vallado que se cierra por la noche: la Alameda y el parque de Bonaval, en Santiago, el coruñés parque de Santa Margarita, el Retiro... Hay que decir que la medida no es infalible, pero ayuda.

El PP local pedía estos días más atención al Parque. Y la necesita. Pero a lo mejor no estaba de más que hiciera alguna gestión con Patrimonio de cara a la protección de una de las joyas de la ciudad porque los hechos demuestran que el civismo ciudadano, lejos de mejorar, va a menos.

Todo esfuerzo parece poco para un espacio que, según un estudio hecho hace unos años, era el tercer lugar más visitado de la ciudad, tras la muralla y la catedral, y que los lucenses viven intensamente. Es un parque donde se columpia a los niños, se juega, se toma café, se lata a clase, se lee, se toma el sol, o la sombra, y hasta se hacen juegos de estrategia. Todo eso sucedía el viernes a media mañana. Como cada día.

(Publicado en la edición impresa el 8 de junio de 2014)

El Rosalía, ni para arrumacos
Comentarios