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El arte de la guerra

Si fuese para acojonar, quizás tendría su lógica. Cuántos más, mejor. Una especie de estrategia para exhibir músculo ante los rivales. Esa forma de actuar está muy presente en el reino animal. Sucede algo parecido con el pez globo. Es un bicho torpe y lento, pero si se siente amenazado, es capaz de ingerir grandes cantidades de agua hasta convertirse en un bola que multiplica su tamaño normal. Se hincha para aparentar que es más grande. No sé si realmente parece más feroz, pero resulta menos apetecible a ojos de los depredadores. Lo dejó escrito hace un porrón de siglos el general chino Sun Tzu: «El arte de la guerra es el arte del engaño». La fuerza no es lo único que importa. A veces, no se trata sólo de lo que uno es, sino de la fachada con la que se presenta.

Me inclino por pensar, de todas formas, que el hacinamiento de cargos públicos en las inauguraciones no responde a esa intención o motivo. El general y filósofo mantiene que «el supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar». Sin embargo, parece poco probable que eso pueda ocurrir en estas lides. Tortas y guantazos suelen sucederse sin tregua durante cada mandato, casi a diario. Hasta la batalla electoral, sobran escaramuzas, con o sin víctimas. En la arena política, no basta con acumular tropas en los actos para reducir a los contrincantes. Ni siquiera para amedrentarlos. Todos tienen la lección bien aprendida. Forma parte del juego.

En cambio, es incuestionable que esas ceremonias son un escaparate. El escenario de una función en la que todos quieren participar. Algunos llevan la voz cantante, otros se conforman con estar al lado de los protagonistas, o de los antagonistas.

También hay actores secundarios y personajes de reparto. Se trata de dejarse ver por el público. Aunque sea de refilón. Unos y otros intentan acumular cargos al peso ante las cámaras, a granel. Que los espectadores, los oyentes o los lectores se fijen en su presencia. Que asocien su cara, de una u otra manera, a algo bueno, a cosas importantes. Que se queden, en definitiva, con las siglas a las que representan.

El planteamiento es bastante simplón, carente de creatividad y talento. Posiblemente, tampoco sea demasiado efectivo. Se supone que las cabezas pensantes de los partidos deben ser algo más hábiles para ganarse el favor del personal. Más sutiles, quizás, para no insultar a la inteligencia de los potenciales votantes. Sin embargo, sigue sucediendo. Siempre pasa. La última vez en la inauguración de las obras de rehabilitación del puente romano de Lugo.

Para la foto se pusieron la ministra de Fomento, el alcalde de la ciudad, el presidente de la Diputación Provincial, el conselleiro de Medio Ambiente, Territorio e Infraestruturas, el delegado del Gobierno en Galicia y el subdelegado en nuestra provincia, el presidente provincial del PP y portavoz en el Senado, la delegada territorial de la Xunta y el grupo de diputados populares en Madrid. También había sido invitado el exministro José Blanco, pero al final no vino. Los reporteros gráficos tuvieron que tirar de angular para sacarlos a todos en la imagen. Algunos incluso se quedaron fuera. Entre el público había varios concejales de la corporación municipal, del gobierno local y de la oposición. Sólo faltaban el emperador Augusto, el legado Paulo Fabio Máximo y el redactor del Itinerario Antonino para tomar notas.

Al batallón que cruzó el puente se sumaron los periodistas, los jefes de prensa, algunos palmeros y unos pocos vecinos del barrio. En otra época, una tropa tan numerosa hubiese infundido temor entre los habitantes de la otra orilla. En este caso, no hubo conquista. Paseo de ida y vuelta, discurso y todos a comer. Unos metros río arriba, a los cargos del Partido Popular los esperaba la pulpada de San Froilán. Algún socialista bromeó con esa circunstancia. Pidió que le guardasen unas raciones en un ‘tupper’. Otra sabia reflexión de Sun Tzu: «Un general sabio se ocupa de abastecerse del enemigo».

Algo más que un apretón de manos

A mediados de junio, el presidente de la Diputación de Lugo le pedía por carta una reunión al jefe del gobierno gallego para hablar sobre la financiación de los servicios sociales básicos, especialmente en los municipios de menos de 20.000 habitantes. Entonces, reclamaba esa conversación pendiente como representante de una Administración local. Gómez Besteiro se reunirá el 15 de noviembre con Núñez Feijóo. Ahora como líder del PSdeG. Ambos ofrecen diálogo con una mano, pero se sacuden con la otra. Estaría bien que de ese encuentro saliese algo más que un apretón de manos y la foto de rigor.

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