Edificios con una mala salud de hierro

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Casa unifamiliar de dos plantas y buhardilla en Garaballa, un barrio de las afueras de Lugo. Supera el medio siglo y hace años que está deshabitada, pero su situación no es exactamente de abandono, explica Antonio Tort, el arquitecto que la revisará. Fue precisamente él, durante su etapa como edil del PP, una de las primeras personas en reclamar una norma de inspección técnica de edificios para garantizar la seguridad de inquilinos y viandantes.

Los problemas de aluminosis detectados por aquella época en muchas viviendas catalanas -el caso más sonado fue el hundimiento del techo de una vivienda en Turó de la Peira (Barcelona) que causó una gran alarma social- le llevó a reivindicar una norma que acabaría aprobándose en el 2003, pero que en su opinión es demasiado exhaustiva. «Una cosa es seguridad y otra, mantenimiento. Una administración tiene que garantizar la seguridad de las personas. Claro que lo deseable sería que todos hiciéramos un buen mantenimiento de nuestros edificios, pero la realidad es que los medios de cada uno son los que son y ahí el Concello no debe entrar», afirma.

La reflexión del arquitecto sirve para entender los criterios con los que él realiza las inspecciones y para entender por qué un edificio que a primera vista parece ruinoso y peligroso para ser habitado, obtiene un informe favorable.

Fue el caso de la casa de Garaballa. Presenta humedades en los forjados de la primera planta y de la estructura de la cubierta, algunos peldaños del acceso a la buhardilla están deformados, hay vidrios rotos en las ventanas exteriores, corrosión de balcones metálicos, muros desconchados, grietas superficiales y polilla en los suelos. Sin embargo, la inspección revela que el edificio aprueba en todos aquellos aspectos relacionados con la seguridad, como estructura, cimentación, fachadas exteriores, interiores y medianeras, cubierta y demás elementos susceptibles de caerse.

La supervisión del otro apartado clave, el de las instalaciones, en este caso es más superficial porque la casa no está habitada. Lo que se hace es certificar que el suministro de agua, electricidad y gas están cortados. «Si la casa estuviera ocupada, las indicaciones serían otras, pero se trata de aplicar el sentido común, y en este caso, lo que se urge es que se renueven los peldaños dañados, se selle la claraboya por la que se filtra agua, se sustituyan las piezas del forjado de madera dañadas por esas humedades y se reparen los vidrios rotos de las ventanas», explica el arquitecto, que hizo estas indicaciones al propietario en agosto y esta semana acudió para comprobar que están hechas y así tramitar la Ite como favorable.

La inspección duró hora y media, pero previamente hubo una toma de datos y después el arquitecto tuvo que redactar el informe, un trabajo de estudio que suma otro tanto tiempo y que Tort ve excesivo. «Los propietarios tienen que presentarnos desde la ficha catastral hasta el boletín de instalación eléctrica. Parecemos Hacienda pidiendo papeles», dice.

Rigurosidad

La obligación de pasar Ites -este año, para edificios de más de 50 años y el próximo, para los construidos entre 1952 y 1965- es nueva, por lo que, a pesar de que el Ayuntamiento está llevando a cabo reuniones explicativas, las dudas de los propietarios son infinitas y las forma de proceder de los técnicos con competencias para realizar las inspecciones -arquitectos y aparejadores-, de lo más variado.

Por lo que respecta a los profesionales, este diario encontró testimonios que hablan desde por una exhaustividad que puede parecer excesiva -hay quien apunta que algunos de ellos incluso trabajan en connivencia con empresas de reformas-, hasta los que llevan a cabo el proceso prácticamente a distancia, con cumplimentación de datos por teléfono y una brevísima visita a la casa.

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