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Del anuncio viario al sucio anónimo

Anónimo acusador (Foto: EP)
Anónimo acusador (Foto: EP)

VIVIMOS EN un mundo rebosante de indignación y saturado de información. Las farolas, marquesinas y otras estructuras se convierten en soportes comunicativos, en un improvisado tablón de anuncios para personas que se ofrecen para trabajar o que desean alquilar su vivienda. La avenida Ramón Ferreiro, la calle San Roque y la zona centro son algunos de los lugares donde más se visualiza este zoco de ofertas y demandas. Lo mismo sucede en varias librerías.

Entre este maremagnum de papeles encuentras alguna sorpresa. La última es un cartel anónimo y cobarde, cuyo promotor acusa de robo a una mujer y pretende dejarla en evidencia, pese a que en una ciudad es posible que mucha gente no la conozca ni en su barrio.

Esta modalidad de anuncio resulta malévolo. «Fulanita, tú que trabajaste en ..., haz el favor de devolverme el reloj que te dejé para restaurar. De lo contrario emprenderá acciones legales», reza el panfleto. Siempre creí que si no te devolvían una americana en la tintorería o un reloj en la joyería, te bastaba con acudir al establecimiento en cuestión para reclamarlo. En caso de pérdida se puede negociar una compensación y, de producirse un robo, imagino que con ir a comisaría con el resguardo de la entrega y presentar la denuncia sería suficiente para deshacer el entuerto.

Me extraña la retorcida intención del autor del cartel, que con muy mala leche echa el teclado a pastar sin demostrar su acusación. Deja varias incógnitas en el aire. ¿Acaso fue despedida la trabajadora por quedarse con el reloj? Si lo sustrajo, ¿por qué no la denunciaron la propia empresa y el afectado a la vez? ¿Le entregaron el reloj y nunca llegó a la tienda? ¿Fue un encargo a título particular? El escrito no incluye datos que avalen su veracidad. Se ampara en la impunidad del anonimato para poner en tela de juicio la honradez de una personas, un valor que la mayoría de los ciudadanos, esa inmensa y silenciosa legión de gente decente, aprecia mucho. Es un linchamiento social de dudoso gusto. Se trata de un simple anónimo, y como tal se debe tomar, pero dice bastante de la miseria moral de su redactor, que opta el salpica que algo queda, tan en boga en la política.

Este cartel se me antoja una indecente versión de escrache, esa forma de presión tan de moda y sobre la que tanto se discute. El escrito no incluye manifestaciones contra la banca o los políticos, ni siquiera frases reivindicativas que hagan reflexionar a los transeúntes, como una alternativa más civilizada que las pintadas. Es producto de una disputa particular que excede los límites éticos admisibles al abrigo de la libertad de expresión.

Si los anuncios de farola definen a las ciudades, Lugo evidencia determinadas necesidades en el mercado laboral y de la vivienda. Esos anuncios nos hablan de los problemas propios de gente que se busca la vida en medio del temporal. Reflejan las inquietudes de una sociedad que se limita a ir «aguantando, que nos es poco», como te responden los conocidos cuando les saludas con el clásico «¿qué tal?». Ojalá esos papeles solo recogiesen versos de poetas o sugerentes frases de escritores como los murales de Obispo Aguirre y la Praza Maior. Los ataques anónimos son infames. Convierten la calle en un patio de monipodio.

Del anuncio viario al sucio anónimo
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