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Si usted, paciente lector, ama el riesgo, lo desconocido o el aislamiento y se orienta por los astros, no dude más y lárguese cualquier fin de semana a Os Ancares y verá lo que es disfrutar de la aventura en sí.

Todo irá bien hasta dejar de lado la A-6 y tomar la desviación que conduce hasta nuestro destino: el Albergue situado en la parte más alta de Os Ancares gallegos.

Empezará entonces la verdadera aventura, con una carretera estrecha, en obras permanentes porque allí las máquinas parecen estar de adorno o para dificultar aún más la circulación. Una carretera, ya digo, de lo más apropiada para ofrecer al viajero una de las joyas de la provincia como es esta reserva natural de caza.

El riesgo continuará con la deficiente, escasa y en momentos nula señalización con lo cual se puede aparecer en Cervantes, Doiras, Negrada o incluso Navia de Suarna, pues la carencia de letreros y lugares habitados ayuda a que las dificultades sean mayores.

Superados estos problemas y llegados a Campa da Braña, un quilómetro largo nos separa del ansiado albergue donde la amabilidad de Marcial, su responsable, y su buen hacer en los fogones, compensa las carencias que sigue teniendo la zona: está uno completamente aislado, el teléfono móvil prácticamente no funciona a lo largo del día; internet es una entelequia, apenas se ve la tele y comunicarse con el exterior sólo es posible a través de un teléfono de enlace, de carácter público, que sirve para dar cobertura al vecindario.

La escritora inglesa Nina Epton, en su viaje por Galicia en los años sesenta, que dejó plasmado en su libro “Uvas y granito”, relataba las vicisitudes que pasó para llegar a Os Ancares en busca de José María Castroviejo, al que encontró en una palloza rodeado de enfermos a causa de la endogamia y la pobreza.

Hoy afortunadamente esto no sucede y los habitantes de la zona gozan de un nivel aceptable a pesar del olvido de las administraciones aunque posiblemente llegar a este paraíso natural poco difiera a entonces.

Menos mal que el paisaje, o el recorrido por Tres Bispos, el Mustallar o Piornedo, y la amabilidad de estas gentes, alegran el espíritu.

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