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Cuando la naturaleza salvaje es cosa nuestra

As Catedrais. J.Mª ÁLVEZ
As Catedrais. J.Mª ÁLVEZ

 Algunos de los parajes más espectaculares precisan cierto sentido común para visitarlos. Si falta, es preciso imponerlo 

Como en  los postulados de Física más elementales la caída de una piedra en Sábado Santo en As Catedrais generó unas ondas que se están expandiendo sin que esté nada claro por el momento hasta dónde llegarán. Uno de sus efectos colaterales saltó una vez digerida la parte más cruda de la tragedia: había muerto una chica de solo 24 años. Asimilado el accidente toca preguntarse, por ejemplo, hasta qué punto son seguros los espacios naturales por los que nos movemos. Particularmente algunos en los que la geología se muestra de forma más cruda, a veces combinándose con la siempre imparable fuerza del mar.

As Catedrais es un ejemplo paradigmático. Es cierto que se trata de un emplazamiento único y salvaje en el que las rocas parecen estar pidiéndote a gritos que te subas a ellas. Hay quien atiende sin dudar a esa llamada de la naturaleza encaramándose a los lugares más altos, saltándose los cordones de seguridad del acantilado y asomándose al precipicio que tiene como suelo la arena de la playa o incluso jugado a arrancar algunas de las piedras sueltas. De todo se puede encontrar.

Pero el suceso del otro día, donde en realidad no hubo ningún tipo de imprudencia, sino que fue pura y dura mala suerte, abre la puerta a un cambio. No se sabe de momento qué pasará, pero es seguro que alguna restricción se añadirá al régimen de visitas. No sería descabellado que incluso se redujese la capacidad de carga diaria de la playa, ahora establecida en 4.812 personas diarias, cantidad que aunque parezca abundante se cubre con mucha frecuencia en verano. Concretamente en el de 2017 el sumatorio de días en los que se colgó el cartel de ‘No hay entradas’ superó el mes.

Son lugares que hay que ver. En ninguno debería haber ningún problema si atendemos a las leyes de la Física y a una Naturaleza mucho más grande que nosotros

Se apuesta por un incremento de la señalización, algo que ahora es prácticamente testimonial. También por avisar a la gente de obviedades como que hay que tener cuidado con los lugares a los que uno se sube o por dónde dejamos caminar a los niños porque algunas de las rocas están muy desgastadas.

No se trata de una cuestión baladí. El alcalde de Ribadeo, Fernando Suárez, es muy pragmático al respecto: "O ano pasado houbo un par de accidentes no que dúas persoas se lesionaron e romperon un brazo, mais a nova quedou aí, nos medios de comunicación da nosa comarca. Pero se agora eso mesmo volvese pasar, sería un problema grave para Ribadeo porque a xente podería empezar a pensar en que este non é un sitio seguro, cando si que o é, como o demostran os pouquísimos accidentes que se produciron". 

O FUCIÑO DE PORCO.  A su colega del otro extremo de A Mariña, Jesús Novo, alcalde de O Vicedo, le toca lidiar con otra explosión de visitantes en un lugar que de repente pasó de ser un enclave privilegiado conocido solo por unos pocos a un foco de atracción masiva de los que dispone la provincia de Lugo: O Fuciño do Porco.

Este lugar conforma una ruta de senderismo encaramada a un risco sobre un enclave espectacular que acaba por formar un paseo de los que uno nunca se cansa de inmortalizar con el móvil. En realidad pertenece a la Autoridad Portuaria Ferrol-San Cibrao porque en su extremo hay un faro.

Al principio solo había unas pequeñas pasarelas en los lugares más complicados de salvar. Pero luego la Autoridad Portuaria se rindió a la evidencia: había que construir una pasarela continua porque un día alguien se iba a descalabrar montaña abajo.

El Concello hace lo que puede: acondiciona el entorno, tramita un aparcamiento e incluso está preparando un nuevo acceso. Pero Jesús Novo se queja amargamente del comportamiento de algunas personas: "Hai xente que non ten sentido. Sáense do paseo, pasan por debaixo da baranda e andan asomados ó cantil, que é algo perigosísimo".

Solo en las jornadas del Sábado Santo y el Domingo Santo pasaron por allí unas 3.000 personas. El propio alcalde cuenta otra anécdota: "Un día de verán vin a unha familia que deixaba un neno duns oito anos andar solto polos cantís. Cando llo dixen respostáronme que a min que me importaba. Cando lles dixen que era o alcalde e que claro que me importaba, disculpáronse, pero non se trata diso, hai que ser máis conscientes".

Esta misma preocupación del comportamiento de los visitantes parecen compartirlo al otro lado del Sor, en Ortigueira, donde se encuentra el archiconocido banco del Loiba, al que en una hábil maniobra de márketing autodenominaron como ‘El banco más bonito del mundo’. Pero enseguida se dieron cuenta de que la gente siempre quiere más. La foto más cerca imposible. Así que hasta en un banco hubo que gestionar su éxito y el Concello tuvo que habilitar accesos, canalizar el tráfi co y señalizar unos acantilados que parece que te van a comer. Pero no fue sufi ciente y hubo que tomar otra decisión más drástica: el banco se retrasa unos metros, no sea que alguien se despeñe. Concretamente, dos metros y medio. 

O COUREL. De vuelta en Lugo, entre los tesoros menos conocidos de O Courel se encuentran diversas cuevas de piedra calcárea distribuidas por la comarca. Presentan un problema: la inconsciencia de mucha gente que se adentra en ellas sin la formación necesaria ni el material adecuado. Aunque no hubo accidentes graves, sí que es algo que puede pasar en cualquier momento.

El club de espeleología Troglobios ya advirtió en varias ocasiones del peligro que implica esta situación y no solo eso: del gamberrismo que a veces lleva aparejado, con inconscientes que arrancan estalactitas y estalagmitas con el daño irreparable que causan. 

MUXÍA. Donde sí hubo que lamentar varias tragedias es cerca de lo que fue el confín del mundo conocido. Ese lugar lleno de piedras mágicas que es Muxía. Su archiconocida iglesia de Nosa Señora da Barca sufrió múltiples desgracias, incluido un reciente incendio que la destruyó. Pero a su espalda está la (rota) Pedra de Abalar, la Pedra dos Cadrís, la Pedra dos Namorados... Conforman un conjunto increíble e inusual, un auténtico espectáculo, pero con el que hay que andarse con ojo.

Varios muertos lleva esa zona a sus espaldas. Algunos de los cuerpos que el mar se engulló por allí no aparecieron jamás alimentando aún más la fama del lugar. En uno de los últimos sucesos fueron tres las personas que desaparecieron al mismo tiempo. El mar solo devolvió el cuerpo de uno.

Hasta los percebeiros metieron baza porque comentaron que se estaban viendo perjudicados y que incluso corrían el riesgo de quedarse sin el recurso que les da de comer. Pero más allá de eso, no era nada raro ver a gente encaramada en esas piedras de reminiscencias místicas.

MELÓN.  En Ourense también tienen su propio entorno natural en el que hay que tener cuidado. Cuando el río Cerves enfila el camino de Melón forma el entorno conocido como las Pozas de Melón. Va moldeando cascadas algunas de las cuales llegan a los treinta metros de altura. Cinco personas perdieron allí la vida en los últimos veinte años.

Demasiadas para sostener el lugar como reclamo turístico de primer orden más allá de los aficionados al barranquismo.

Por eso desde la Confederación Hidrográfica Miño-Sil confeccionaron un proyecto de casi medio millón de euros destinado únicamente a reforzar la seguridad en diversos puntos de una zona donde unas veces la falta de precaución y otras el desconocimiento acabaron en accidentes graves, sobre todo en las zonas de O Tourón o As Mestas, donde el acceso es complicadísimo.

Son lugares que hay que ver. En ninguno debería haber ningún problema si atendemos a las leyes de la Física y a una Naturaleza mucho más grande que nosotros.

Cuando la naturaleza salvaje es cosa nuestra
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