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CRÓNICA

La pandemia vacía el centro de Madrid

Vista de la Gran Vía madrileña desde la terraza del edificio de la plaza de España, el hotel hoy propiedad de Riu. X.LOMBARDERO
Vista de la Gran Vía madrileña desde la terraza del edificio de la plaza de España, el hotel hoy propiedad de Riu. X.LOMBARDERO
El coronavirus prende en la periferia sur con más de mil casos diarios y la capital acusa la falta de turistas. Han llegado miles de universitarios para arrancar el curso, pero con el covid y las restricciones octubre y noviembre son una incógnita

SIETE DE LA TARDE, un día entre semana en Callao. Un par de chavales presentan sus canciones recientes ante decenas de jóvenes que hacen corrillo. Para muchos, será el único concierto que hayan presenciado en directo en los últimos meses. Improvisado. No hay distancias de seguridad, solo las mascarillas. La mayoría ni conocen el nombre de los artistas. Podrían ser cualquiera de los salidos de un programa de triunfitos u otro invento televisivo; quizás una quedada musical de las que enganchan en las redes sociales. A nadie parece importarle porque, a estas alturas de la pandemia y con las puertas de los Cines Callao cerradas, lo más importante son esas notas de amor y vivencias juveniles al margen de una visión general del mundo totalmente condicionada por la pandemia.

Tampoco hay mucho que estrenar en el centro de Madrid. Quién lo diría. "Esta es la última que ha salido. Esta nos la llevamos a la tumba", anuncia el dueto ante los suspiros de fans ajenos a la ironía. Un poco más atrás, los móviles no dejan de grabar y en las grandes pantallas electrónicas de la plaza aparece Sés con el anuncio de su concierto del 4 de noviembre en el Teatro Fernán Gómez. ‘Liberar as arterias’ es el nuevo trabajo discográfico de la artista gallega y no será la única en cantar en el Centro Cultural de la Villa, en Colón, sede del festival MEM (Madrid es Música 2020) que arranca el 1 de octubre con Rodrigo Cuevas y prevé presentar hasta el 15 de diciembre a otra treintena de artistas, muchos flamencos y de raíz, y con Los Deltonos por el medio. El 5 de diciembre presentarán ‘Pasear por el campo’.

"Es igual, nos van a confinar a todos", me comenta una conocida. El covid-19 suele arrasar por sorpresa y aunque los madrileños le han plantado una especie de ‘No pasarán’, aprendiendo a vivir de otra manera, la capital acusa los meses de pandemia. Callao y Gran Vía son la prueba, no solo los barrios pobres. Tenían mucha vida, pero ahora hay demasiados muertos y, uno tras otro, van cayendo los negocios que dependen de los turistas. Ya no se ven las expediciones de orientales escudriñándolo todo, tampoco las colas en grandes almacenes a la caza de tangas y calzoncillos baratos.

Todo se desmorona en el centro de la villa porque apenas quedan vecinos; hay hoteles y apartamentos turísticos. Resisten algunas oficinas y todo lo demás se lo quedaron empresas de grandes neones y teatros hoy cerrados. "Entre todos lo estamos consiguiendo" lanzan los luminosos donde se representaba El rey león. ‘Volveremos a vernos’. En el Palacio de la Prensa aún hay pases pero el Teatro Gran Vía canceló el 22 todas las representaciones de I want you back. El adiós con la devolución del importe de las entradas cuelga de un simple folio con cinta aislante negra. Parece una esquela, pero los jóvenes de Callao siguen cantando y a la vuelta, Dani Terzo, en bermudas y acompañado de su guitarra y una joven al cajón, pasa la gorra. Suena a canción protesta, por lo que se nos viene encima.

Preguntes aquí o allá, son malos presagios. Aparentemente, todo el fregado de los contagios está en los municipios del sur: Fuenlabrada, Alcorcón, Humanes, Parla... pero también otros del extrarradio como Alcobendas, con más restricciones a partir de mañana. Son zonas con mucha población inmigrante hacinada en pisos antiguos y con poca o nula posibilidad de no trabajar o seguir un confinamiento efectivo. Ocurre en el barrio de Las Margaritas en Getafe, que abraza el campus de la Universidad Carlos III. Inmigrantes y otros muchos vecinos trabajan en el centro y norte de Madrid. Acuden muy de mañana en trenes atiborrados de pasajeros pero la pandemia también castiga barrios sureños de la capital, como Ciudad Lineal, Vicálvaro, Orcasitas, Puente de Vallecas, Carabanchel, Usera...

La indignación es general con el transporte público aunque algunos responsables políticos minimizan el riesgo de contagio si se usa la mascarilla. "El confinamiento ayudaría pero con el metro atiborrado en hora punta, sin distancias de seguridad, esto no se soluciona", dice un vecino de Getafe al comentar la triste realidad de los mil nuevos contagios diarios. Vive al otro lado de la autovía a Toledo, en el Sector 3 de chalés y adosados donde otro encierro sería más llevadero que en los bloques de edificios antiguos que hay al otro lado de la arteria de coches.

El taxista que nos recoge en el centro también corrobora la pésima situación en cuanto a aforos y frecuencias: "Si permites que el metro vaya abarrotado, fracasas. La Comunidad no quería que la economía se hundiera del todo y no hemos hecho nada. Abrieron un poco la mano para que fuése mos de vacaciones y ahora seguimos igual que antes". El 2020 es malo y el verano fue atípico. Los anuncios promocionando el encanto interior de Guadalajara o la patata especial castiza de cultivo madrileño, lo dicen todo. "Yo me fui a Cullera unos días y la playa estaba a la mitad, pero creo que por Asturias y Galicia el turismo rural ha estado petado", asegura el taxista, que también vive en el sur de Madrid y renovó el vehículo en febrero. "Lo tuve tres meses en el garaje sin estrenarlo, por falta de clientes y porque tengo a mi suegra en casa; si encima pillo el coronavirus y se lo paso, mi mujer se divorcia de mí", dice.

"El taxi está trabajando al 35- 40% y esto es una cadena —explica—, si no vienen turistas no funcionan los hoteles, ni los bares, ni los cines, ni los restaurantes, ni todos los suministradores de estas empresas, como tampoco nosotros, los taxistas". Muy cerca de Callao, donde siguen los dos artistas con sus canciones y el corrillo de público sin que la Policía Local se inmute, un negocio de hostelería regentado desde hace décadas por vigueses resume la situación hostelera. Antes tenía nueve empleados y servía entre 120 y 140 comidas al día; ahora entre doce y quince, si acaso 20 en un día bueno. Resiste porque tiene colchón de hace años, pero han quedado los propietarios y dos empleados atendiendo. El resto, en casa.

ADIOSES. La mitad de los bares y restaurantes han cerrado, no han podido resistir la caída de clientes y los altos precios de los alquileres. Incluso los grandes almacenes han reducido drásticamente personal y corporaciones de la nueva economía echaron el candado. Pasó con Apple, en la Puerta del Sol. Al principio de la pandemia era habitual ver colas en la entrada, reforzó la prevención, pero al aparecer positivos, cerró. En cambio, Huawei brilla en la milla de oro e incluso los orientales explotan ahora quioscos que ya no venden prensa sino agua y chuches.

Negocios más indescifrables sobre drones o brokers inmobiliarios están en retirada. Curioso el caso de Cushman & Wakefield, no les dio tiempo ni a quitar los carteles de su espléndido bajo en la Gran Vía, pero si uno entra en su página leerá que "por el lado inmobiliario" la actividad inversora ha mantenido su dinamismo. Restaurantes como De María o las muy clásicas jamonerías también son víctimas del mal momento. En la misma Gran Vía chaparon El Museo del Jamón, Don Jamón y aledañas como El Paraíso del Jamón, en San Bernardo. Esta economía local ha volado, pero Barajas es epicentro aéreo de España y otro colapso madrileño afectaría a todo el Estado.

En estas últimas semanas, antes de las restricciones, Madrid ha dejado entrar a los estudiantes que sostienen universidades y el mercado del alquiler, siempre corto de oferta y caro, pero que ahora contrata bajo la eventualidad de otro estado de alarma. Los universitarios, entre clases online y una parte presencial incierta, hacen los corrillos en Callao y protocolos en las facultades. Hay cuarentenas para libros prestados por bibliotecas universitarias, pero los de la famosa Casa del Libro pueden tocarse y adquirirse sin problema.

LO QUE VIENE. El temor a que el movimiento de coles y estudiantado haga rebrotar más el covid-19 es real. Octubre y noviembre serán una dura prueba para la capital, aunque los universitarios prefieren tomárselo con calma y disfrutar de la calle y las terrazas de la clásica zona de ocio en la Plaza de los Cubos. Allí, donde un día hubo cines, pubs y discotecas, ahora han ganado espacio las notarías y juzgados, pero todavía se puede terracear a cara descubierta. Como también sucede en la terraza de moda, en lo alto del edificio de Plaza España que ahora explota la cadena Riu. Si te sientas, la panorámica madrileña es magnífica y se puede prescindir de la mascarilla, aunque para acceder al edificio hay que cumplimentar la desinfección de manos y zapatos, además de pasar la cámara térmica. En el restaurante también toman la temperatura a cada paso.

El hotel, en su día el edificio más alto de España, sigue rodeado de obras, pandemia eterna en Madrid. Nunca terminan, los trabajos subterráneos se suceden por años. Esta vez eran muy necesarias. Para remover el ambiente de drogadicción y otros males que prendieron en el lugar. Plaza España espera el final de las obras y el regreso de los turistas. Al fondo, sus señorías del Senado tampoco se alteran. Siguen a lo suyo.

No solo faltan viajeros en Madrid, escasean los sanitarios, test y rastreadores. Mientras la tele autonómica divulga el hito faraónico que soterró la M-30 para conectar el foro y los extrarradios, mientras se recuerda a Gallardón que extender la red perimetral de metro, incluido el Metro Sur que recoge viajeros desde Parla y los transporta directos al centro de Madrid, otras ponen el foco en el hospital de campaña junto al Gómez Ulla, al límite por el covid y escaso de facultativos e instalaciones de triaje. Y las próximas semanas vendrán peores.

O la situación mejora, o la ciudad luminosa, cosmopolita y divertida que todavía es, el sueño ‘De Madrid, al cielo’, podría convertirse en una pesadilla.

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