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España dice no a la mili

Desfile militar en Marín. JAVIER CERVERA
Desfile militar en Marín. JAVIER CERVERA

Sociedad civil, políticos y militares se cierran en banda a la recuperación del servicio militar obligatorio, como acaba de hacer Suecia o como se plantea ya en Francia y Alemania

La mili en Europa

España vive tiempos de enorme división social y minifundismo político en los que resulta difícil encontrar un elemento capaz de generar cierto consenso o unanimidad a su alrededor. Al menos hasta hace un mes, cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, desveló su firme intención de recuperar el servicio militar obligatorio. La confirmación de que su promesa electoral no era un simple disparo al aire hizo saltar todas las alarmas entre los vecinos españoles y puso sobre la mesa un debate que llevaba guardado en el cajón desde que en 2001 se oficializó el fin de la mili y la profesionalización del Ejército.

Pero lo cierto es que en esta España capaz de convertir en asunto nacional un pregón del Carnaval salido de tono la cuestión del servicio militar tuvo mucho menos recorrido del esperado. La razón hay que buscarla en la práctica unanimidad de la sociedad civil, política y militar alrededor de la mili: nadie la quiere. Y el rechazo es tal que ni siquiera se desea perder le tiempo en su debate.

En la retina de los españoles todavía se conservan las imágenes de un servicio militar obligatorio eterno, en blanco y negro, franquista y anacrónico al que nadie parece ver ningún sentido en los tiempos actuales. Ni siquiera la fiebre remilitarizadora que se vive en el viejo continente parece inmutarnos lo más mínimo.

Los países con poco paro tienen problemas para llevar jóvenes al Ejército, pero en la España de la crisis es al revés: es una salida

La remilitarización de Europa
Tras dos conflictos bélicos a escala mundial y superada la tensión de la Guerra Fría, las naciones europeas empezaron poco a poco a eliminar el reclutamiento voluntario a través de la profesionalización de sus fuerzas armadas, empujados por los cada vez más importantes movimientos sociales de insumisión. España lo hizo en el año 2001 —al mismo tiempo que Francia— bajo el mandato de José María Aznar, aunque en realidad el acuerdo se fraguó en el famoso Pacto del Majestic en 1996.

Se le adelantaron Luxemburgo, Holanda y Bélgica y después se fueron completando los procesos en el resto de países, incluyendo los balcánicos, que venían de superar una guerra. Enfrente, algunos estados se resistieron a abolir la mili por diversas razones, aunque eran minoría.

Pero la desmilitarización paulatina de la sociedad civil, que se aceleró de forma especial durante la primera década del nuevo siglo, se frenó en seco e incluso dio un giro de 180 grados con acontecimientos recientes, especialmente la generalización de los atentados yihadistas en el corazón del continente y la amenaza rusa, cuyos movimientos geopolíticos en Crimea hicieron saltar las alarmas entre algunos de sus vecinos.

El primero fue Suecia, donde este año entró en vigor la recuperación del servicio militar obligatorio ocho años después de abolirlo. Durará once meses y será de arranque para 4.000 hombres y mujeres. El Gobierno justificó la medida por dos razones que en realidad son la misma: la necesidad de reforzar su Ejército ante la falta de ‘vocaciones’ debido a la creciente amenaza rusa, cuyos cazas y submarinos frecuentan cada vez más espacio soberano sueco. De hecho, el resto de países escandinavos junto a Dinamarca o Estonia nunca quisieron prescindir del reclutamiento civil obligatorio.

Tras Suecia será la Francia de Macron la que reimplante la mili, en este caso con una doble justificación diferente a la sueca: se trata de apuntalar la seguridad interna en un país especialmente castigado por el terrorismo islámico y, al mismo tiempo, reforzar el sentimiento patrio entre una población joven cada vez más plurinacional. Eso sí, en el caso galo la instrucción durará solo un mes.

Y en esa misma coyuntura se encuentra Alemania, donde el debate lleva un tiempo presente, aunque por ahora el Ejecutivo de Angela Merkel quiere limitar la implicación de la sociedad civil en la defensa del país solo a escenarios o situaciones de emergencia, con la amenaza terrorista también como telón de fondo.

"No tiene ningún sentido reclutar a la sociedad civil para una mili cuando en el Ejército se jubila por ley a miliares a los 45 años"

Ejército y reserva en España
Escandinavia, Rusia, Suiza, Austria y parte de la Europa del Este, a los que se podrían sumar Alemania y Francia. Es el nuevo mapa de países con la mili obligatoria, hasta ahora minoría pero que poco a poco se equilibra con aquellos que rechazan la medida, como es el caso de España.

Aquí no se da ninguno de los tres condicionantes que están empujando a la llamada a filas de la Europa civil. Rusia queda lejos y los zarpazos del terrorismo han sido hasta el momento esporádicos. Además, a diferencia de los países más ricos con tasas de paro simbólicas, donde los jóvenes tienen tantas oportunidades laborales que no necesitan la salida militar, en España el Ejército sigue viéndose por encima de todo como un nicho de empleo.

Es más, durante la crisis económica la demanda para ingresar en las fuerzas armadas fue altísima, aunque ahora se está ralentizando poco a poco. "Con la recuperación no sabemos el escenario que tendremos de aquí a unos años, pero puede ser complicado conseguir efectivos", advierte Jorge Bravo, de la Asociación Unificada de Militares Españoles (Aume), donde a día de hoy no ven sentido a la mili.

La principal razón que esgrime es que no tiene pies ni cabeza reclutar a gente "cuando el Ejército está jubilando a su persoal con 45 años". Se refiere a los militares denominados temporales, que con esa edad abandonan filas por ley, aunque tienen opción de convertirse en reservistas de especial disponibilidad a cambio de una pequeña paga de unos 600 euros al mes. Defensa invierte en su formación y los echa a la calle muy jóvenes, por lo que sustituirlos por un soldado de reemplazo sin más formación que la mili resulta "un auténtico contrasentido". Frente a ellos, los militares de carrera están hasta los 61 años, cuando pasan a una reserva hasta el retiro definitivo a los 65.

Esta plantilla militar se completaría con unos 4.000 reservistas voluntarios que contempla la ley, que son ciudadanos dispuestos a ayudar a su país en sus respectivas especialidades y que reciben instrucción durante un mes. Son especialmente valorados los médicos —hay carencia en el Ejército— y tampoco aprueban la vuelta de la mili. "La reserva voluntaria está llamada a jugar un papel importante en la defensa nacional" y se debe apostar por ella. Es más, en el fondo su mes de instrucción es ya una figura muy parecida a la que quiere implantar Macron.

Además, en caso extremo de riesgo de la seguridad nacional, España contempla la reserva obligatoria, por la que puede llamar a filas a cualquier ciudadano.

A nivel políltico, ni siquiera Ciudadanos, que tiene al presidente francés como referente europeo, se atreve a abrir el melón de algo tan impopular como recuperar la mili. La postura de todas las fuerzas políticas coincide, igual que la del Ministerio de Defensa y la de las principales asociaciones de militares y exmilitares.

Un Ejército profesional suficientemente nutrido mientras el país mantenga tasas de paro juvenil escandalosas, un cuerpo de entusiastas reservistas voluntarios, la impopularidad del gasto en Defensa, los conflictos bélicos a miles de kilómetros, la inusual tregua política y la mala fama ganada a pulso durante años por el servicio militar conforman el cóctel perfecto para que en España nadie quiera desempolvar el Cetme, el fusil que simboliza la mili en España y que tendía a encasquillarse, que es justo lo que le ocurre al actual debate sobre el reclutamiento en nuestro país.

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