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Diez años sin Eta: varios lucenses relatan cómo han vivido la última década

SS05. SAN SEBASTI¡N, 20/10/2011.-Imagen capturada de la p·gina digital del diario Gara en la que se ha publicado un comunicado de la organizaciÛn terrorista ETA anunciando hoy que "ha decidido el cese definitivo de su actividad armada". EFE/Javier Etxezarreta
Un comunicado de Eta. ARCHIVO
Se cumple una década del cese de la violencia de Eta

El décimo aniversario del fin de las acciones de Eta estuvo dominado el miércoles por el recuerdo a las víctimas de la banda terrorista, a través de diversos actos institucionales, y por una nueva polémica sobre los presos de la organización. Fue el 20 de octubre de 2011 cuanto Eta hizo público el histórico comunicado en el que anunciaba el "cese definitivo de su actividad armada", tras dejar 853 muertos desde que en 1968 cometiera su primer asesinato.

Varios lucenses, unos víctimas del terrorismo y otros residentes en el País Vasco, relatan cómo han vivido esta década sin la violencia etarra.

Raúl Río: "Jamás olvidaré lo vivido, sufro secuelas de por vida. ¿Ni un perdón merecemos?"

Hace una década que Eta dejó de matar. En el 2011 se llegaron a cifrar en 853 los asesinatos y 377 sus crímenes sin resolver y diez años después, los sentimientos se solapan con los recuerdos para todos aquellos que vivieron en primera persona los años sangrientos de la banda terrorista. Entre los miles de testimonios se encuentran lucenses que, desde distintas perspectivas, valoran la profunda herida que la banda ha dejado en la sociedad.

Raúl Río

El guitiricense Raúl Río, fundador de la asociación Rosalía de Castro en Baracaldo, lleva desde los 18 años viviendo en Santurtzi. Asegura que cuando se anunció el alto al fuego de la banda terrorista no le pilló por sorpresa. "Eu sabía que ían en serio, coñecía a moitos militantes de Eta e a Rafa Díez Usabiaga. Sei que o que pretendían tanto Rafa coma Arnaldo Otegui era meterse no traballo político e deixar de lado a loita armada, un medio polo que nunca se debeu optar. Nese momento ademais a banda estaba xa bastante debilitada e era algo que se vía vir".

Bajo su perspectiva, durante el más de medio siglo que Euskadi vivió bajo el yugo de Eta, en la sociedad "non se percibía medo, a xente pensaba que andabamos coa pistola pola rúa e que había bombas en cada esquina pero non era certo. Había unha boa harmonía entre a xente de a pé e cada un tiña as súas ideas, iso si".

Río reconoce, no obstante, que algunos vecinos suyos tuvieron que abandonar el País Vasco por amenazas. Este fue el caso del que fuera presidente de la Casa de Galicia de Santurtzi "chegou un día que lle deron 24 horas para abandonar o territorio, era un home que se metía bastante en temas moi controvertidos e finalmente tivo que marcharse".

El guitiricense valora positivamente que Otegi reconociese recientemente el sufrimiento causado a las víctimas pero asegura que el Estado "debería de poñer máis da súa parte. Afortunadamente dentro da esquerda abertzale houbo unha forza moi grande que apostou pola paz e finalmente conseguiuse pero o Goberno segue sen ceder co trato aos presos. Hai moitos enfermos na cadea aos que só se lles deixa saír cando van morrer e iso é un castigo inhumano. O Goberno podería dar máis pasos para resolver este conflito que arrastramos desde hai décadas".

Manuel Vázquez y José Antonio López: "Sin Eta la gente pudo por fin respirar, pero seguimos con precaución y con un ojo abierto"

Jose Antonio López Y Manuel Vázquez. EPJPG

Manuel Vázquez y José Antonio López son dos primos de Guitiriz, guardia civil y policía nacional, que vivieron en Navarra la época más convulsa de la banda terrorista. Reconocen que la sociedad se vio liberada tras el alto al fuego de Eta: «Por fin pudieron respirar, pero siempre en alerta, con un ojo abierto», señalan.

En el caso de Manuel, Policía Nacional destinado en el año 1987 en Valcarlos —un pueblo de Navarra fronterizo con Francia— recuerda que vivía cada día con tensión y que las medidas de seguridad con las que tenían que convivir eran incalculables. "Había que estar cos ollos ben abertos en todo momento. Tiñamos uns aparatos especiais para detectar as bombas lapa nos vehículos oficiais antes de montarnos. Sempre nos preguntaban se sentiamos medo e eu sempre dicía: Medo non podo ter porque senón non vivo, precaución moita".

El guitiricense trabajaba en el puesto fronterizo cuando en 1989 se produjo la detención del terrorista Josu Ternera en Baiona. "Estabamos todos advertidos por se escapaba porque sabían que iría a Francia. Sabiamos que se lograba salir dalí viría armado e mataría a todo o que se lle puxese no camiño, se podía matar a dez policías non ía matar a dous, para el era unha vitoria. Nós esperámolo co chaleco antibalas e coa metralleta na man. Afortunadamente non tivemos que enfrontarnos porque xa foi detido antes".

José Antonio, por su parte, fue destinado con 22 años a Pamplona en el año 1980, donde permaneció hasta que se jubiló hace 5 años. Vivió la época más sangrienta de Eta en el departamento de antidisturbios, en aquel momento llamado Núcleo de Reserva. "Me tocó vivir los peores años, la época del tiro en la nuca. Cuando había una amenaza de bomba antes de que llegasen los artificieros que desactivaban los explosivos teníamos que ir nosotros, todos chavales jóvenes, a acordonar la zona. Era una presión bastante grande porque no sabías lo que iba a pasar". La presión vivida por los cuerpos del Estado en aquella época era inmensa. "Era raro que en el País Vasco o Navarra en los años más sangrientos no hubiese dos o tres atentados diarios. Era un sinvivir", reconoce José Antonio.

Los dos primos tienen muy presentes a todos los agentes que perdieron la vida en aquella época. "Muchos compañeros fueron asesinados, muchísimos, y no exageramos", indica José Antonio que rememora con "rabia y dolor" esas pérdidas. La presión vivida por muchos agentes fue tal que algunos "ante tantas amenazas se vieron obligados a abandonar y a pedir la baja".

"Éramos como una familia, igual que hermanos. Los guardia civiles hacíamos vida juntos con nuestras familias en el cuartel porque la gente de la calle no podía tener relación con nosotros por miedo a que les pasara algo", dice y reconoce que donde más notaron la desaparición de Eta fue en la relación con los ciudadanos. "Si tenías uniforme nadie venía hablarte, ni te miraban, y cuando se disolvió la banda volvieron a acercarse a nosotros".

El lucense recuerda que se tomó el anuncio del fin de Eta como algo "cogido con alfileres", "no nos lo terminamos de creer y seguimos manteniendo precauciones en todo momento. Es más, hasta que me jubilé seguí manteniéndolas, era mejor estar en alerta que tener que lamentarlo después". "O que si é certo é que foi un gran logro", añade su primo Manuel, quien recalca "foi un fito que non hai que politizar, foi o fin do sufrimento para todos".

"Era algo que tenía que suceder, no se puede conseguir nada a costa de la vida de la gente, una vida no es jamás reemplazable", concluye José Antonio.

Adelina Somoza: "Jamás olvidaré lo vivido, sufro secuelas de por vida. ¿Ni un perdón merecemos?"

Adelina Somoza. VICTORIA RODRÍGUEZ

"¿Qué culpa tenía yo o todos los niños, mujeres y hombres inocentes que murieron por los ideales de unos asesinos? ¿Qué hicimos las víctimas para merecer esto?" A Adelina Somoza aún le tiembla la voz cuando recuerda aquel fatídico 19 de junio de 1987. Había ido de compras a Hipercor en Barcelona y desconocía que una bomba de Eta cambiaría para siempre su vida. Una veintena de personas murieron esa tarde y ella pudo sobrevivir con el 44% del cuerpo quemado. Salvó la vida pero las heridas psicológicas de lo que presenció permanecerán de por vida. "No me gustan nada estos aniversarios, no hay nada que celebrar. Yo sufro secuelas físicas y psicológicas de por vida y veo a los etarras en la tele que no muestran ni un ápice de arrepentimiento. ¿Ni un perdón nos merecemos las víctimas? Es muy doloroso".

Para Adelina, el "sentimiento de dolor" expresado por Otegi por el daño causado todos estos años "no es verdadero, es para quedar bien y para poder seguir en la política. Para mí es insignificante, no me lo creo para nada".

Esta catalana natural de Portomarín reconoce que su vida cambió por completo tras el atentado y generó una especie de animadversión por el País Vasco. "Tras el atentado fui a Euskadi solo una vez al aniversario de una víctima, el alcalde de un pueblo de allí al que habían asesinado delante de su propia casa. Recuerdo que hicimos un pequeño recorrido desde el cementerio hasta una plaza donde se le hacía un homenaje y tuvimos que ir escoltados y en fila. No había ni un negocio abierto, los vecinos tenían las ventanas cerradas y nos miraban desde dentro. Pasé pavor, la gente tenía muchísimo miedo de que pasara algo y dije no vuelvo jamás".

Adelina recuerda el anuncio del cese de Eta en 2011 como algo "que no nos terminamos de creer, lo vivimos con escepticismo" y reconoce que ahora que se ve que es cierto sigue sin poder pasar página. "Yo jamás olvidaré y nunca les perdonaré lo que me hicieron a mí y a todas las víctimas. Aunque ya se disolvió la banda las heridas siguen muy abiertas y tardarán en cerrarse", asegura. Para esta superviviente las secuelas físicas que aún sufre, con problemas de movilidad por las graves quemaduras son dolorosas, pero aún más lo son las psicológicas: "El daño que me hicieron es irreparable".

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