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Del milagro de Juanfran al prodigio de Mehdi Nafti

Carlos Pita, uno de los capitanes del Lugo, celebra con el meta Ánder Cantero la permanencia. ARCHIVO
Carlos Pita, uno de los capitanes del Lugo, celebra con el meta Ánder Cantero la permanencia. ARCHIVO
El Lugo vivió un 2020 de agonía y sufrimiento extremo, con una salvación en el último instante que espera que sea más holgada esta misma temporada

Sufrimiento padecido y sufrimiento que no se quiere volver a padecer. Y una pandemia de por medio para complicar un año que resistirá para siempre en la memoria perenne del Ángel Carro. El Lugo vivió un 2020 donde el desfiladero fue más peligroso que nunca y que acabó con la esperanza de que el año que viene sea un camino recto y poco pedregoso hacia la salvación. Que sea una senda con público, ese que falta desde mediados de marzo en las gradas pegadas al Miño. 

Si ya de por sí la vida de un equipo modesto y humilde como el Lugo suele ser compleja en la Segunda División, el año que acaba envió a la agonía a un equipo que tuvo que realizar una heroicidad sin el apoyo de los suyos para sumar un nuevo año, el noveno, en la categoría de plata. 

Nunca antes desde el retorno a Segunda en 2012 el Lugo y sus aficionados habían visto tan de cerca el descenso. Si en la 2018-2019 había esperado hasta la penúltima jornada para atar la permanencia, en esta fue en los últimos minutos del último partido, en pleno verano, para celebrar con euforia lo que parecía imposible. 

Porque el Lugo había complicado su existencia de forma enrevesada. Comenzó la 2019-2020 con Eloy Jiménez en el banquillo, lo continuó a partir de enero con Curro Torres y el equipo fue dando tumbos hasta julio, cuando Juanfran García tomó a un grupo casi desahuciado en la tabla, con el color cerúleo de los cadáveres y la asunción de la pérdida de la categoría como algo casi inevitable. 

Pero el preparador valenciano abrió las aguas el Miño de par en par, como Moisés había abierto el Mar Rojo para que el pueblo judío huyera hacia su libertad. 

Había sufrido de todo el Lugo hasta la llegada del exlateral del Celta, Levante y Valencia. Lesiones, derrotas, ceses de entrenadores... Pero también una pandemia que lo paró todo en el mundo. También el fútbol profesional en España y con el al club lucense. 

Los rojiblancos pararon tras un empate en casa ante el Cádiz el 6 de marzo y no regresaron a un campo de fútbol hasta tres meses después, cuando viajaron, el 13 de junio, a Santander para ganar 1-2 al Rácing. Entre medias, los futbolistas tuvieron que trabajar en sus casas, con bicicletas estáticas donadas por el Club Fluvial, con esterillas en los suelos de sus pisos o casas, sin oler una brizna de hierba más allá de la que hubiera en las macetas de sus domicilios. 

Nunca antes desde el retorno a Segunda en 2012 el Lugo y sus aficionados habían visto tan de cerca el descenso

Cuando el covid lo permitió, bien entrado mayo, tuvieron que realizar una pretemporada exprés, sin amistosos, para volver a competir. El Lugo lo hizo en la zona baja, con el agua al cuello y la urgencia de ganar cada partido.

Ese retorno no fue el deseado con Curro Torres y la caída en El Molinón ante el Spórting (2-0), acababa con la trayectoria del catalán en el banquillo del equipo. 

El conjunto rojiblanco era antepenúltimo, a tres puntos de la salvación y con seis jornadas por delante para salvar el cuello. Ahí llegó Juanfran, sin experiencia al máximo nivel, pero con la ilusión de un novato y la capacidad de convicción que su carácter le dio. El valenciano revitalizó al grupo para sumar 14 de los 18 puntos en juego y salvarse en la jornada 42. Lo hizo con los nervios de remontar un 0-1 al Numancia. El tanto de Cristian Herrera en el minuto 84 hacía valer los milagros de El Hacen en Tenerife y el de Gerard Valentín en Ponferrada y confirmaba la presencia, un curso más, en Segunda División. 

Pero la vuelta tras el mínimo parón de agosto no le sentó bien a Juanfran. Su mal inicio, con cuatro derrotas y una sola victoria le costó el puesto. Ahí entró Mehdi Nafti, que ejerció de reconstituyente de forma inmediata. 

Con la seguridad defensiva como pilar, el francotunecino ha creado un estilo reconocible en el Lugo. Lo dotó de una competitividad innegable y, desde la capacidad de anular a su rival y aprovechar la velocidad por los costados, las transiciones ofensivas y la pegada, situó al equipo en la zona tranquila. 

El aterrizaje de Nafti supuso una racha de tres victorias seguidas, un empate meritorio en Tenerife y otro triunfo ante el Rayo en casa para avanzar en la tabla hacia la intención de vivir un año tranquilo. Apenas suma tres derrotas en quince partidos este nuevo Lugo. 

La intención del club y la plantilla es clara: ofrecer a una afición acostumbrada a sufrir de lo lindo los dos últimos años un curso tranquilo. Alejarse del peligro y no vivir otro año como el 2020 es la ilusión de un vestuario que quiere de regalo volver a tener el aliento de los suyos en el Ángel Carro.

Del milagro de Juanfran al prodigio de Mehdi Nafti
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