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La míster del Milagrosa

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La extrañeza se apodera de los rostros de los entrenadores rivales cuando comprueban que el técnico del banquillo contiguo lleva coleta, pendientes y su voz no resuena anodinamente ronca. No es que Axel Rose haya dejado los escenarios y se haya enfundado las botas de tacos sino que el conjunto del Milagrosa benjamín C cuenta con la única míster de la provincia: Rebeca Fernández. De casta le viene al galgo, puesto que la preparadora lucense forma parte de una familia muy ligada al césped y la cal de los campos de fútbol, aunque en este caso han encaminado su vocación hacia el arbitraje tras abandonar la práctica activa.

«Mi padre fue entrenador y jugador del Rábade. Se retiró hace dos años, con 54. Además, dirigió al Outeiro de Rei, al que ascendió a Primera Regional», advierte la ntrenadora, que compagina sus enseñanzas en el club de la capital con adoctrinar a sus pupilos en las escuelas Municipales de Outeiro de Rei desde hace cuatro años. «Llevo a los equipos de fútbol sala desde los prebenjamines a los cadetes, on la ayuda de mi compañero Carlos. Me apetecía entrenar en fútbol 7 y cuando el Milagrosa me dio la oportunidad no me lo pensé dos veces. El fútbol sala y el fútbol siete tienen muchas cosas en común, aunque a estos niveles prefiero la modalidad en campo de césped artificial», comenta.

El primogénito de los Fernández, Marco Antonio, vistió la elástica blanquiazul del Santaballés y actualmente arbitra en Preferente, mientras que el otro hermano, Miguel, entrena en las categorías inferiores del Sagrado  Corazón. Ellos fueron los verdaderos impulsores de la carrera en los banquillos de Rebeca. «Mis hermanos y mi padre son los que me animaron a dar el paso para convertirme en entrenadora. También querían que fuese árbitro pero nunca me ha llamado eso, para alivio de mi madre. Por ser mujer cree que podría pasarlo peor si fuese colegiada», manifiesta.

Nada de machismo

El ambiente que se vive en el mundo del balón nunca ha sido motivo de preocupación para Rebeca Fernández: «La verdad es que siempre me he sentido muy arropada por los otros entrenadores y nunca he vivido el machismo que se presupone en este deporte».

Su carrera como coordinadora deportiva comenzó prematuramente. Una lesión en la rodilla le obligó a colgar los hábitos sobre el rectángulo de juego en 2009. «Empecé a jugar al fútbol sala en Rábade, con 14 años, en un equipo femenino y lo compaginaba con el fútbol en el Concello de Friol, donde conseguimos el ascenso de Autonómica a Primera nacional. Jugaba de central o lateral. Siempre he jugado en posiciones defensivas, incluso en fútbol sala era cierre», admite con cierta morriña la entrenadora.

El Milagrosa benjamín C ocupa una discreta décima posición en la Liga local, aunque a esta edad lo importante es «que los niños disfruten, que pongan ganas y entusiasmo y, sobre todo, que se conozcan entre ellos, ya que la mayoría nunca había jugado al fútbol en un equipo federado». La cosa cambia cuando ascienden de categoría. «El nivel de exigencia es mayor, lógicamente, cuando jueguen en cadetes o juveniles», reconoce Rebeca Fernández.

La semana de la joven entrenadora no da ni para una tarde libre. La abultada cantidad de equipos que maneja —sólo en Outeiro de Rei es la monitora de fútbol sala, baloncesto, bábminton y tenis de mesa— obliga a mantener un estricto horario, puesto que compagina sus funciones como coordinadora deportiva como la preparación de unas oposiciones para la Xunta de Galicia. «Tengo que aprovechar las mañanas, en las que no hay ninguna actividad con el Milagrosa ni en Outeiro de Rei porque tengo todas las tardes ocupadas», afirma Fernández, diplomada superior en fotografía.

Cambio de categoría

A pesar de los buenos resultados en el fútbol  base, Rebeca Fernández no ve su futuro ligado al salto a la categoría absoluta aficionada. «A nivel de entrenador no aspiro a dirigir un equipo  en Regional o algo así. Dirigir en categorías inferiores es un trabajo muy satisfactorio para mí a nivel personal», finaliza.

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