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Perfil | Setién y el altar del Camp Nou al que siempre se quiso subir

Quique Setién, en el Ángel Carro. ARCHIVO
Quique Setién, en el Ángel Carro. ARCHIVO

El destino sacó las piezas blaugranas al tablero de Quique Setién. Habían sido de muchos colores en el ajedrez de su carrera, con una parte roja y la blanca en el corazón del rey cántabro. Porque el Lugo siempre fue una de sus válvulas, como una aurícula de felicidad en su vida de entrenador.

Pero el lucense nunca fue un cariño exclusivo. Setién lo compartió con más amores, donde Platón tenía la figura de Johan Cruyff y el Rácing de Santander y el Barcelona ejercían como parejas para convertir un matrimonio futbolístico en una poligamia perenne.

Porque para Quique Setién el Barça siempre estuvo ahí, en el lecho nupcial, en la ilusión de que algún día firmara un documento que uniera sus caminos y que estos no tuvieran ninguna vía muerta.

El conjunto catalán fue la amante evidente y conocida en cualquiera de sus pasos, salvo, quizás, en el Rácing de Santander, el club que lo formó, el de la ciudad en la que nació y el equipo en el que jugó y dirigió de forma exitosa.

Pero ese amor se amplió cuando José Bouso y Carlos Mouriz apostaron por él en 2009. Ambos lo hicieron por un hombre de profundas convicciones, de una personalidad clara, de un estilo que jamás negociará y que lo acompañará como un epitafio sobre el granito de una lápida. El fútbol asociativo, el gusto por el juego de posición, el pensar en la pelota como medio para atacar y no como un inconveniente que anular son las leyes que rigen su ideario.

Esas leyes, mamadas desde su estilo de clase y toque cuando ejercía a ras de césped, son también las de un equipo en el que siempre quiso estar, de la manera que fuera, aunque lo hiciera de utillero.

El ADN que inoculó Johan Cruyff en el Can Barça también se metió en las venas de Setién, que recibió un nuevo cromosoma cuando Messi firmó aquella servilleta a Charly Rexach.

Desde ahora, Quique no tendrá que lamentar que la ilusión vivida durante la fase REM fuera solo eso: un agradable sueño. Cuando tome las riendas de este Barça inestable sabrá que ya alcanzó Ítaca, que su odisea no tiene un final en el Camp Nou, sino el principio de una vida con una Penélope azulgrana. Una monogamia de la que ya puede disfrutar. Al menos hasta 2022.

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