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'El último barco', un homenaje de Domingo Villar a Galicia y al hábito de hacer las cosas despacio

Domingo Villar.LAVANDEIRA JR. (Efe)
Domingo Villar.LAVANDEIRA JR. (Efe)

El regreso del inspector Leo Caldas llega a las librerías una década después de La playa de los ahogados

El escritor Domingo Villar (Vigo, 1971) vuelve a las librerías diez años después con su última obra El último barco (Galaxia en gallego y Siruela en la edición en español), una novela que en sus 800 páginas narra "un cuento de amor a Galicia" y que supone, además, un homenaje a quienes, en un mundo tan vertiginoso como el actual, "hacen las cosas despacio".

La más apacible de las superficies puede ocultar un fondo oscuro, sobre todo bajo la pluma del especialista en novela negra Domingo Villar, que triunfa con esta obra éxito de ventas protagonizada por el inspector Leo Caldas que, en este caso, tal y como cuenta el autor en una entrevista con Efe, se enfrenta a la desaparición de una mujer.

Es la suya, en suma, una "novela policial que discurre entre aguas mansas, que se vuelven un temporal" y justamente esta es la forma en la que el detective vigués y su compañero, Rafael Estévez, un aragonés que no termina de entender la idiosincrasia gallega, asumen un nuevo caso de investigación en el que nada es lo que parece y con las Rías Baixas como telón de fondo.

"El mercado no entiende de novelas negras, blancas, ni rojas"

Vuelve a apostar Villar por este tipo de literatura porque es el formato en el que se siente más cómodo, aunque rechaza encorsetarse en una clasificación al entender que "el mercado no entiende de novelas negras, blancas, ni rojas" porque para lo que realmente "hay espacio es para que nos cuenten buenas historias, y los lectores estamos todos ávidos de encontrarlas".

En opinión de Villar, las buenas historias precisan su tiempo y él predica con el ejemplo, después de haber demorado la tercera entrega del detective Leo Caldas nada menos que una década, tras sus primeras andanzas en Ojos de agua (2006) y La playa de los ahogados (2009), trabajos por los que recibió premios, e incluso el segundo se llevó a la gran pantalla.

No se arrepiente no obstante de haber hecho esperar a los lectores porque, explica, "los libros están cuando están y no cuando uno quiere", de forma que su primer compromiso al escribir la primera página es "consigo mismo" con el fin de publicar cuando se dé la satisfacción anhelada "y no en una fecha determinada".

"Tenía un manuscrito que estaba casi listo, pero me di cuenta de que faltaba emoción y volví a empezar"

"Primero escribí un manuscrito que estaba casi listo, pero una vez leído me di cuenta de que faltaba emoción y volví a empezar"; no porque sea "masoquista", bromea, pero sí por estar ante una persona "exigente y enormemente insegura".

"Mis amigos me dicen que soy un pesimista alegre"

Características, algunas, que comparte con el protagonista de su novela, con el que se siente unido por "el ADN" aunque, tranquiliza, "mi vida es más alegre que la de Caldas. Mis amigos me dicen que soy un pesimista alegre y Caldas en cambio está un poquito más atormentado que yo, quizá por la soledad y por un trabajo que lo pone todos los días frente al espejo de lo peor de la naturaleza humana".

"Es inevitable si eres policía enfrentarte a criminales", como también lo es mantener una actitud "compasiva" ante los personajes buenos, pero también con los no tan buenos, continúa Domingo Villar.

Y de ninguno quiere hablar porque "todo", en ellos, y en la obra, es enigma. Todo, incluso la tierra gallega, que a lo largo de las páginas se convierte "en un personaje más" hasta alzarse como el "mejor escenario" para este tipo de novela envuelta por una "orografía compleja, un mar fértil, varios puertos, una frontera cerca, montes alrededor, pueblos y una gran ciudad en el entorno".

Y con el añadido, concluye, de esa "morriña" que cualquier gallego padece cuando vive lejos de su tierra.

"Lo que más me satisfacía, más que la mejor crítica, era cada vez que alguno de los amigos que regentan los bares a los que va Caldas me comentaba que había llegado gente de otro lugar siguiendo sus pasos. Para mí ese es el mejor piropo", confiesa.

Felicitaciones que, además, podría seguir coleccionando ya que en su cabeza se está gestando "una cuarta historia", adelanta. Por ahora esta entrega -El último barco (Siruela), O último barco (Galaxia)- se cuela en las estanterías, de nuevo en gallego y castellano, ambas versiones escritas por él porque en cada idioma encuentra algo que aportar a su literatura.

"Mi vida, al vivir en Madrid, al 99 por ciento es en castellano y con los diálogos soy más fresco; pero, sin embargo, el gallego me hace estar emocionalmente más próximo al lugar en el que quiero estar cuando escribo. El gallego tiene una sonoridad tan maravillosa que anima a seguir adelante, maquilla los errores y hace que todo suene mejor", remata.

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