"Soy más gallego que cantante; en Madrid trato aún de oler a mar"

El coruñés Andrés Suárez recala en el Círculo de las Artes con su ‘Viaje de vida y vuelta’, una excursión por la música y el amor hecha para que "la gente se abrace y disfrute"
El cantante ferrolano Andrés Suárez. EP
photo_camera El cantante ferrolano Andrés Suárez. EP

ANDRÉS Suárez reconoce que le debe todo a los tangos que su abuelo le cantaba a los rosales en Pantín (Valdoviño) y a las cintas de cassette que su padre llevaba regadas por el suelo del coche. De tocar en el Metro de Madrid pasó al Libertad 8 y de ahí a la Riviera. Hoy realiza giras por Latinoamérica y agota las entradas en el Círculo de Lugo con su último trabajo, Viaje de vida y vuelta.

En 2020 tenía un disco hecho y tiró 30 canciones a la papelera del reciclaje. ¿Por qué?

Porque era un disco, muy a mi pesar, escrito en tiempos de pandemia y estaba lleno del dolor que me atravesaba en ese momento: me encerré en casa con cuarenta conciertos cancelados y, como hijo de enfermera, empecé a hablar de muertes, de despedidas, de morriña... Vivimos momentos horribles, pero la música no está para eso: si ahora lleno un concierto, como el de Lugo, quiero que la gente disfrute, que se abrace, que se lo pase bien. De eso va ‘Viaje de vida y vuelta’. No quería hacer un disco depresivo, derrotado, así que tiré las treinta canciones y volví a empezar.

¿Hizo click cuando superó el covid y se vio renacer?

Totalmente. Todos los que estamos aquí hoy somos supervivientes. El covid me dejó la lección de que estoy aquí de paso y que tengo que disfrutar del día a día. Combina la alegría de vivir con la crudeza de muchas realidades. Lo jodido es una madre que no sabe si tiene pasta para darle de cenar a sus hijos pero los está haciendo reír; lo jodido es cantar desde el humor, desde el amor... Creo que esa es la verdadera revolución hoy en día: cantar al optimismo.

¿Siempre ha sido la música su vía de escape?

La música lo es todo para mí. Por supuesto, también me refugio en otras cosas, como el humor. La música es todo, pero no fue fácil: empezó cantando en el Metro. Sí, canté en el Metro y canté en la calle Preciados, hace muchos años; esos lugares en los que no te tiraban monedas ni te aplaudían cada tres minutos, y eso es acojonante para el ego. Ahí te das cuenta que no eres artista, eres artesano.

¿Fue necesario ese periplo o, de poder, se lo hubiera ahorrado?

Creo que tienes que conocer el fracaso para valorar el éxito. Tienes que cantar en un bar y que no entre nadie, para que, cuando entren ocho, flipes. Me preocupa mucho cuando hablo con alguien y me dice: "No, el concierto fue una mierda porque vinieron veinte". ¡Joder! ¡Si veinte es un triunfo! En su caso, su ascenso fue muy orgánico. Claro, yo no tuve prisa ninguna. Hoy vivimos en la dictadura del click, donde no tenemos tiempo para nada, ni para escuchar una canción entera. Antes escuchábamos un disco 37 veces, deteniéndonos en cada acorde. Y eso es a lo que intento regresar en mi oficio: no tengo prisa para escribir una canción, del mismo modo en que no tuve prisa para llenar un bar. Cuando yo empecé no había móviles, hoy me preocupa esa obsesión por el retuit y por el algoritmo.

¿Usted es el típico que dice que se hizo a sí mismo o en cambio le debe mucho a mucha gente?

En Madrid, le debo todo a Julián, el dueño del Libertad 8, que fue el primero en creer en mí. Me ayudó mucha gente: [Iván] Ferreiro, Pablo Milanés, Serrat... Una lista de gente increíble a la que me siento muy agradecido.

¿Y usted ayuda ahora?

Si yo ahora no ayudo a una persona que me lo pide soy un cretino, un déspota y un cabrón, por el único motivo que a mí, para llegar hasta aquí, me ayudó mucha gente. Julián me dio una fecha y, luego, otra al mes siguiente, y me presentó artistas... ¡Hostia! Le debo todo, porque de ahí salté a Galileo Galilei, luego a la Joy, luego a la Riviera... Y así.

Antes de Madrid, ¿cómo fue su infancia? ¿Es cierto que su abuelo le cantaba tangos a los rosales?

En el disco hay una canción que se llama ‘Rosa y Manuel’, que describe el alzhéimer tan profundo que tenía mi abuelo, que no recordaba el nombre de sus hijas, y te juro que cantaba cada día a José Alfredo Jiménez. Mi infancia está marcada por mi abuelo podando los rosales y cantando estas canciones, y siempre reivindico la figura de mi abuelo como el primero que me introduce en la música. Gracias a sus fiestas con instrumentos por el suelo y a mi madre, que también cantaba, yo entré en el mundo de la música.

¿Y el mar?

El mar lo es todo: yo soy hijo de enfermera y marinero. Mi bisabuelo era marinero, mi abuelo era marinero y mi padre es marinero... Yo nací en el muelle de Ferrol, viendo paisaje de mar en la ventana de casa, y a los tres años me voy a vivir a Pantín, donde el jardín era literalmente la arena de la playa. A Madrid le debo todo... Ahora bien, el final de mi libro no está en Madrid, si puedo volveré al mar porque soy más gallego que cantante. La clásica morriña... No conozco a un gallego que no la sienta. Es ese anclaje a la tierra. Para mí, es ese recuerdo de labrar con mis propias manos, de sembrar con mis abuelos... En Madrid trato de oler a mar todavía.

Más allá de su tierra y su familia, ¿qué otras influencias tuvo?

Yo estoy muy orgulloso de que mi madre cantase tan bien y que mi padre escuchase tan bien: él me obligó a viajar en aquel Opel con el que hacíamos Pantín-Ferrol escuchando las cien cintas que llevaba tiradas por el suelo: de Extremoduro a Vivaldi pasando por Luar na Lubre, Sinatra o Juan Luis Guerra. Siempre le voy a agradecer que me enseñara a quitarle las etiquetas a la música.

¿Qué le pide al 2024?

Quiero seguir girando y tocando en directo. Me están llamando mucho de Latinoamérica, y vuelvo a Perú, a Ecuador, a México, a Argentina... Doce horas de avión, aterrizas, y Serrat y Sabina siguen siendo dioses. Eso es precioso.

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