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Las sorpresas de Federico en Galicia

Federico era un pianista de 18 años en el otoño de 1916, pero un viaje largo a Galicia lo hizo girar hacia la literatura y hacia el amor a aquel país que era exótico para un andaluz. Aquella visita, con parada en Lugo, lo convirtió en el poeta García Lorca

ERA DOMINGO. Lorca observaba a aquellas mujeres agachadas sobre los cuatro caños de una fuente de Lugo. Su profesor de la Universidad de Granada, Martín Berrueta, está explicándoles una erudición sobre el monumento construido 162 años antes, en 1754. En el centro, erigido como un dios del agua, hay un San Vicente que sujeta un libro entre los pliegues de su túnica, olas de piedra.


Lorca —tercero por la izquierda– y Mariscal —tercero por la derecha—, en Santiago; Berrueta (centro), entre el rector Cleto Troncoso y el catedrático González Salgado. KSADO/ALVARELLOS

Las aguadoras cogen las vasijas con las manos enrojecidas como granadinas por el frío y las apoyan de un modo curioso en la cabeza; como Federico había visto en algunas estampas traídas de África al Grupo del Rinconcillo, sus amigos de ocio y diletancia en el café Alameda de Granada. En ese momento se pregunta cómo es posible que ellas mantengan el equilibrio caminando sobre los cantos de la plaza inclinada sin que se les derrame el auga.

Federico es, en ese 29 de octubre de 1916, un estudiante de Filosofía y Letras, y de Derecho sin la menor inclinación hacia la segunda carrera. Martín Berrueta, un docente exquisito, melancólico y vanidoso, olfatea a metros un talento literario. Había elegido a Lorca y a otros cuatro alumnos para un innovador viaje de fin de curso. El Heraldo de Madrid lo alabó como "la primera excursión de esta importancia que se lleva a cabo en España".

En Lugo acuden a misa y visitan la catedral, la Praza do Campo y las termas, para despedirse recorriendo la muralla

Consistió en atravesar la inmensidad del territorio español, en cruzar mil kilómetros desde Granada a Santiago para que los jóvenes interiorizasen que "el arte es la vida" porque lo que aprenden de su sabiduría "e intuición vidente les ha entrado en su alma a borbotone".

El profesor y sus alumnos habían llegado desde A Coruña en la noche del sábado y dormido en el hotel Méndez Núñez.

Los detalles podemos conocerlos gracias a El gran viaje de estudios de García Lorca, un libro armado por el editor Henrique Alvarellos (Lugo, 1968) con las crónicas que un compañero de Lorca, Luis Mariscal, escribió para Noticiero Granadino. Añadió cartas y telegramas del pianista que animaba las noches de hotel y que acabaría debutando como escritor en Impresiones y paisajes, una crónica del "grand tour" gallego. La obra apareció en 1918, hace cien años, financiados por Federico García Rodríguez, el latifundista más poderoso de Fuente Vaqueros. También pagó el viaje de su hijo a escote con el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes.

Alvarellos justifica el volumen alegando que "os textos que Mariscal escribiu sobre Lugo non foran recollidos en libro".

García Lorca llega a Lugo en 1916 formando parte de un selecto quinteto de alumnos granadinos de Filosofía y Letras

Al quinteto le prende la curiosidad la forma de hablar de las aguadoras, aunque saben que es gallego. El modo sibilante y entrecortado de vocalizar el español que tienen los estudiantes tampoco deja indiferentes a las mujeres.

El punto de encuentro entre ambas fonéticas puede encontrarse en el castellano que usó el sacerdote en la misa con la que se habían desayunado aquella mañana. Al acabar el acto religioso, los expedicionarios ven unas mujeres con "sayas rojas o pardas" y zuecos que cargan unas "cántaras panzudas de hojalata" con leche para vender, como registra Luis Mariscal, el alumno más disciplinado y riguroso de Berrueta, tan diferente al dicharachero y ocurrente Federico.

Los estudiantes contemplan demoradamente Santo Domingo y San Francisco, "dos iglesias interesantísimas", aunque Mariscal no evita acentuar su decepción: "[En Galicia] la arquitectura va a atrasada un siglo con respecto al resto de España".

Tras la parada en la Praza do Campo, llegan a la catedral. El cronista reseña "el preciosísimo privilegio de tener el Santísimo Sacramento expuesto permanentemente", pero no se remilga para calificar de "barroco espantoso" la capilla que acoge a la Virxe dos Ollos Grandes. Con horrorizarle el continente, le seduce el contenido: "Esta Virgen lucense tiene un particular interés. No se trata de una advocación dolorosa como las tan frecuentes en Andalucía, sino que está definida por una línea delicadísima". Añade que los ojos que le dan nombre son "tranquilos, densamente expresivos; unos ojos perdonadores".

El día acaba con "un paseo en carruaje en derredor de la muralla robusta", tan poco valorada en 1916 que había sido enderezada con "una enormidad de estelas romanas".

En el momento de marcharse en dirección a León, "baja a recibirnos el claustro del instituto en pleno" a la estación de tren. Luis Mariscal lo valora con humor: "Ya conocemos la medida del gallego".

"¡Qué salivazo tan odioso!"

Federico García Lorca tiene el carácter airado de la juventud cuando se pasea por Galicia. A su llegada al Obradoiro compostelano se queda estupefacto ante la estatua al político Montero Ríos, plantado en el centro de la plaza. "¡Qué salivazo tan odioso a la maravilla churrigueresca de la portada del Obradoiro y el hospital grandioso!", escribe en su cuaderno de notas.

Reencuentro
Cuando el poeta regresa a Santiago en 1932 y recibe un homenaje republicano en el bar Viño de Mazarelos, comprueba, espantado, que Montero Ríos no se ha movido.

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