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Manuel Vilariño: ''No soy un piloto enloquecido del arte contemporáneo''

El fotógrafo en su estudio (Foto: Óscar Vifer. AGN)
El fotógrafo en su estudio (Foto: Óscar Vifer. AGN)

El fotógrafo y poeta Manuel Vilariño (A Coruña, 1952) sigue buscando en Bergondo la soledad y el silencio del que se compone su obra. Allí tiene su estudio y vivienda, diseñada por el arquitecto Manuel Gallego, una nave frente a la ría donde juega constantemente con la luz y el tiempo en ese entretenimiento de "trazar círculos de existencia e inexistencia".

Pregunta: ¿Es en la soledad donde surge el deseo de comunicación?

Respuesta: La soledad puede uno tenerla en cualquier espacio. Eso va con uno mismo. Muchas veces hablo del silencio porque me interesa la obra como composición y configuración de silencios, como decía Valente. Siempre he trabajado con una estética de la concisión, con los mínimos elementos. La obra es comunicación pero también incomunicación. Antes que nada es incomunicación, porque es la soledad con uno mismo, y luego existe la comunicación.

P: ¿No se siente parte de un grupo, de una generación?

R: He trabajado siempre al margen de tendencias, no pertenezco a generaciones ni me he sentido identificado con nadie en particular. Mi trabajo es desbrozar, abrir un sendero en la naturaleza. En el sentido filosófico, es la idea de abrir algo nuevo que te conduce, donde puedes encontrarte. Hay una búsqueda no sé si inconsciente de la obra inclasificable. Me interesa el arte inclasificable, como aquel que permanece en el tiempo, con todo el silencio que comporta.

P: De este modo, quizás su trabajo se hacía menos visible, algo que junto a tener padrinos, es necesario en el mundo del arte para salir adelante...

R: Sí, en el arte actual es más importante una estrategia de márketing o un padrino para que te metan en el circuito caliente del arte contemporáneo. Es lo que está funcionando desde hace muchos años, pero también es algo efímero. Me parece una apuesta muy legítima, pero yo creo más en la soledad del corredor de fondo, en la soledad sin refugio, sin estar pendiente del merchandishing ni de la difusión. De todas formas, uno necesita también la comunicación. Pero aun yendo a la Bienal, el punto más caliente del circuito, sigo estando en Bergondo, en el hondón, que es donde vivo. No soy un piloto enloquecido del arte contemporáneo.

P: En ese sentido, no hay premio nacional que le cambie la vida...

R: No, no me ha cambiado porque el mío es un proyecto espiritual muy vinculado a la sombra oscura, a sondear en lo que me rodea oscuro.

Refundación del tiempo
P:
¿Cómo concibe su obra?

R: Trabajo desde el encuentro con los objetos y con el instinto. A partir de algún concepto, empiezo a coger objetos, a hacer dibujos, a hacer fotografías, documento un poco las fases iniciales, voy realizando instalaciones o esculturas efímeras que voy documentando hasta llegar al resultado final, que es la toma que documenta la experiencia de vida y la experiencia poética de esa "sucesión de sensaciones", que existe desde que haces el primer boceto, y que a lo largo de días, horas o quizás semanas vas documentando, de forma que documentas tu propia experiencia de vida.

Ése es un proceso que al final te puede llevar a una emoción y a una obra final que puedes exponer en soporte fotográfico o la instalación final, o el poema. Esa obra final es como una refundación del tiempo, porque de alguna manera juegas con la metamorfosis de los objetos en ese tiempo indeterminado.

P: Su deseo con la fotografía es dominar el tiempo...

R: Me interesa sobre todo la idea del tiempo en la obra. La imagen aparece como un hilo suspendido en el tiempo, y puede ser una milésima de segundo o la eternidad.

P: ¿Dónde se encuentran la fotografía y la poesía?

R: A mí siempre me ha interesado como un todo unitario lo impalpable y lo imaginario, que es el territorio de la poesía y la fotografía. Con la poesía escribes, pero estamos hablando de imágenes. Con la fotografía es exactamente la misma cosa. Ese territorio de lo imaginario es el ser y ver, es la existencia, el fluir de lo imaginario.

Vida y muerte
P:
Ese juego con la existencia está presente a lo largo de su obra...

R: He trabajado con el 'still-life', porque juego en ese círculo de la existencia y la inexistencia, no exactamente de la muerte. Me interesaba esa idea de tenebrismo del bodegón barroco español a través de los materiales más contemporáneos y de la fotografía. Muchas de mis series están referenciadas en un post-barroco, pero también me ha interesado lo que yo llamo "naturaleza muerta brahmánica", animales que aparentan estar muertos pero que a lo mejor están vivos en ese resurgir y renacer de la vida y de la propia materia, más vinculada a las filosofías orientales con las que he tenido mucha relación teórica. Al igual que en la obra que realicé para la Bienal de Venecia, buscaba ese metabolismo cósmico, más propio de las culturas orientales, en contrapunto con los bodegones barrocos, la visión tenebrista de la pintura española.

P: ¿Cuáles son sus primeros recuerdos de muerte y cómo influyeron en su obra?

R: Mi primera relación con la muerte fue probablemente con una naturalidad extrema. La muerte y la vida siempre las he visto como la misma cosa, quizás por esta filosofía oriental de la que hablaba y por el renacer de la vida y de la muerte, y siempre lo vi desde niño con toda la naturalidad, aquellas tumbas que se hacían en el humus o aquellos cráneos que veías en la iglesia con seis o siete años. Cuando me hablan de que fotografío mucho la muerte, yo creo que estoy fotografiando la vida. Simplemente trazo círculos de existencia e inexistencia.

P: Esta visión de la muerte, ¿entronca también de alguna manera con la tradición gallega?

R: Sí, pertenezco a una geografía que es Galicia, probablemente mi sustrato más profundo sea 500 generaciones de gallegos. Pero uno no vive únicamente en un territorio. Me siento tan próximo a la espiritualidad que he visto en Etiopía como a Galicia. Pero no tengo esos parámetros definidos por los intelectuales para un artista gallego, porque de hecho no me siento un representante en la línea de la historia del arte gallego, no me considero un eslabón más.

Relación con la fotografía
P:
¿Cómo se aproximó a la fotografía?

R: Empecé con la poesía, porque uno siempre escribe. Lo primero que tienes es el encuentro con el lápiz y el folio. Con la fotografía empecé cuando llegué a la facultad en Santiago. Los proyectos más sólidos llegaron a los 24 años, cuando te miras más hacia dentro y abres los ojos al mundo con la cámara o con la palabra. Luego me influenció mucho dominar el medio en Estados Unidos. La vida y la obra van juntos aunque a veces la vida es un proceso de demolición que yo documento. Es trazar círculos de desaparición. La idea de círculo está presente en mi obra, es meterme hacia el pozo de donde sale el agua, es la mirada interior.

P: ¿Cómo ha cambiado su trabajo en los últimos 30 años?

R: Existe un hilo invisible que conduce de una cosa a otra, pero ahí permanecen muchos parámetros de los primeros tiempos. Lo que pasa es que con el paso del tiempo, uno va teniendo una mirada diferente. Se aproxima más al lugar de la diferencia. Es aventurarse cada vez más al mundo de lo desconocido, al precipicio.

P: ¿En qué trabaja ahora?

R: En estos momentos estoy en una línea de paisajes aurorales, en el sentido de que los realizo en ese instante cuando todavía no se escucha el canto de esos pájaros. Me gusta fotografiar con la luz de aurora, que se va abriendo a la par de lo visible. Simultáneamente desarrollo otras líneas de trabajo que tienen que ver con el 'still-life'.

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