Luis Salvago: "Montaba bombas en aviones y escribía novelas de amor"

El escritor presentó en Lugo su obra ‘Los lugares verdes’, ambientada la guerra de Afganistán y que él vivió en un hospital militar español
Luis Salvago. XESÚS PONTE
photo_camera Luis Salvago. XESÚS PONTE

Luis Salvago fuma cigarros oscuros, está casado con una enfermera y trabajó con bombas durante cuarenta años. Tuvo que hacer un viaje de 6.000 kilómetros para comprender que no hay diferencia entre estar vivo o muerto. Salvago es militar. "Llevo dos meses en la reserva tras 41 años de trabajo. Me dedicaba a montar bombas en aviones como armero artificiero mientras escribía novelas de amor".

Su normalidad es singular. Fuma Pocho, un tacaco de caja con estética mexicana de propiedad escandinava. Es militar y escribe novelas de amor, aunque pide que evitemos el tópico: "También hay curas que se enamoran". Su segunda obra publicada es Los lugares verdes (Hespérides). La presentó ayer en Lugo.

Luis se inició en la literatura haciendo crucigramas con su madre, una compostelana incierta de 95 años se crió en Tánger, pero no recuerda su lugar de origen, solamente el topónimo: Castro, uno de los más habituales en Galicia. Se casó con un militar español en la ciudad africana. "Mi padre servía en 1934. Estaba allí cuando empezó la guerra. Vio aterrizar a Franco en el Dragón Rapide". Luis Salvago contó esa historia en En el nombre del padre (Premio Vargas Llosa, 2017). Su madre le enseñó a rellenar crucigramas blancos, los más complejos, y su padre le dio un modelo de vida y una biblioteca. Ingresó en el Ejército del Aire "porque quería ser como él".

Su profesión y sus conocimientos de inglés lo enviaron a Afganistán para ser traductor en colaboración con un traductor local. Estuvo entre octubre de 2009 y finales de enero de 2010. "Antes de llegar a Jerat pensaba en el futuro", confiesa. "No había visto morir. La vida es un valor supremo para los occidentales. Ellos no saben si van a comer ese día".

Aprendió la lección en un suspiro. Un atardecer sonó una alarma en el campamento. "Lo talibanes estaban bombardeándonos. Tenía el refugio muy cerca, pero empecé correr como Cary Grant en Con la muerte en los talones porque daba vueltas al ser incapaz de encontrar la entrada. Nos estaban cayendo bombas, así que estar vivo o muerto dependía de que localizase una puerta".

Al acabar enero de 2010 se había acabado su misión. "Tenía que volver, quería ver a mi mujer y a mis dos hijas; lógicamente. Pero me hubiese quedado porque, por primera vez, encontré sentido a mi vida. Me sentía útil a los demás".

Abre la caja de Poncho para encender un purito oscuro cuando recuerda fragmentos de lo vivido. "El hospital era para los militares españoles, pero también para la población local. Era un local prefabricado, una especia de contenedores de barco. Vino unha mujer a la que su mujer había cosido la boca por hablar demasiado con las vecinas. Su marido la había castigado por haberles contado cosas de su casa a otras personas. Otra vez vino un hombre con un niño muy enfermo. Lo operaron. El padre se lo llevó en una bolsa de Mercadona. Estuvo charlando con unos amigos mientras se fumaba un cigarro. Su hijo había muerto".

Se relacionó con otro afgano. "Iba por la calle cuando unos militares dispararon ante sus pies. Saltaron piedras que se le clavaron en el pecho". Durante los dos meses que estuvo hospitalizado tuvieron largas conversaciones. "Le pregunté si le importaba su mujer. Son machistas, la mujer existe solamente para reproducirse. Me dijo que amaba a su mujer. Me cambió la mentalidad. Son personas que aman. Quería a su mujer y cuidaba de su familia".

Si vivir a 6.000 kilómetros fuese compatible con mantenerse vinculado a una familia, el escritor se hubiese quedado. Como es imposible, pasó años documentándose sobre Afganistán y escribió Los lugares verdes. La sinopsis es un tanto abstracta. Hay una persona que perdió a su padres y que pierde a un amigo en la guerra afgana. El amigo criaba palomas. "Es una afición habitual entre ellos". Un día alguien muy parecido al fallecido se presenta en su casa. El editor escribe el resumen de la novela en primera persona: "Descubrí que el amor existe más allá de la persona, más allá de nuestro deseo y más allá de nuestra propia condición". Entonces, Luis apaga su puro, delgadísimo, apretándolo contra el cenicero con la gravedad de un final irreversible.

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