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Darío Villanueva: "Con 20.000 mentiras detectadas, Trump es apóstol de la posverdad"

Darío Villanueva. AEP
Darío Villanueva. AEP
Acaba de publicar su último libro y ya se ha agotado la primera edición. Será porque, sin duda, Darío Villanueva (Vilalba, 1950) no se muerde la lengua y ha logrado tejer con el hilo de la palabra dos cuestiones de rabiosa actualidad: el lenguaje políticamente correcto y la posverdad

¿Qúe le llevó a escribir Morderse la lengua sobre lo políticamente correcto y la posverdad?
Fundamentalmente, hubo dos disparadores. Por mi función de académico y de director de la Academia estaba muy en contacto con asuntos muy relacionados con la lengua, que es lo mismo que decir con asuntos relacionados con la sociedad. Y en esa etapa de director me tocó resistir muchas presiones relacionadas con lo políticamente correcto, sobre todo con demandas, a veces muy desabridas, para que se quitaran palabras del diccionario. Y por otra parte, me coincidió con el fenómeno Trump, que es un apóstol de la posverdad. El Washington Post tenía una oficina para chequear la veracidad de las informaciones y detectó veinte mil mentiras en el período de Trump. Posverdades, como se dice ahora.

¿Y qué es la posverdad?
Es la mentira posmoderna. Me tocó, siendo director de la Academia, incluir la palabra en el diccionario, por suerte, sin problema de traducción del término inglés post-truth, que es eso, literalmente, posverdad, y que el diccionario Oxford había declarado palabra del año en 2016. Estas fueron, digamos las razones lingüísticas por las que me sentí motivado a escribir este libro, pero el segundo disparador tiene que ver con el hecho de que antes que académico soy universitario y lo que me causó mucho impacto fue que ambos fenómenos tuvieron su origen en las universidades norteamericanas.

¿Cómo fue posible?
Yo la viví muy de cerca, esa situación, porque fui profesor en universidades norteamericanas varios años a partir de la década de 1980 y a partir de aquella época hubo toda una evolución que proyectó desde los campus universitarios la corrección política al conjunto de la sociedad y fue también el lugar que alimentó los fundamentos de la posverdad, sobre todo por la influencia de unas teorías filosóficas que en Europa no tuvieron apenas seguidores, como la llamada Deconstrucción de Jacques Derrida y Michel Foucault, que inficionó los departamentos de humanidades de las universidades, con una posición enormemente nihilista.

¿En qué sentido?
Con la negación del sentido del lenguaje. Las palabras viven por sí mismas y detrás de ellas no hay nada. Y una vez que consagras esto, aparte de que te cargas el valor de la literatura, a partir de ahí que importa que lo que digas se ajuste o no a la realidad de las cosas. Que conste que yo dudo mucho que Trump hubiera leído a Derrida y a Foucault.

Cada vez más gente se informa en las redes y esto es gravísimo porque no hay deontología, dirección ni responsabilidad

¿Y el movimiento de lo políticamente correcto?
También entró en los campus americanos de la mano de un filósofo europeo, en este caso, alemán, de la Escuela de Frankfurt, que se hizo muy famoso en Estados Unidos cuando emigró allá, que era Herbert Marcuse. Él lanzó en medio de las revueltas estudiantiles durante la guerra del Vietnam una teoría que está en la base de la corrección política que es la teoría de la Tolerancia represiva, una expresión que, por cierto es totalmente contradictoria.

¿Cómo cuajan ambos fenómenos y se extienden por todo el mundo?
Hay un tercer factor que es absolutamente fundamental: la revolución tecnológica de los medios de comunicación. Fundamentalmente lo que yo llamo en el libro la Galaxia Internet, el mundo digital y la eclosión de las redes sociales y junto a esto, algo que a mí me duele mucho porque es gravísimo: la pérdida de influencia de los medios serios de comunicación que eran los que configuraban la opinión pública y las mentalidades. Y es gravísimo porque un número cada vez más grande de personas se informa a través de las redes. Y en las redes no hay ni deontología, no hay dirección, no hay profesionalidad, no hay responsabilidad y el resultado es terrible. Hay un estudio realizado por el MIT, el Instituto Tecnológico de Massachusetts que dice que entre los usuarios norteamericanos de las redes sociales, incluso con un nivel educativo alto, un 80 por ciento prefieren las fake news a las noticias verdaderas.

Volviendo a lo políticamente correcto, ¿condiciona el diccionario de la RAE?
No. Ahí puedo garantizar que la influencia es cero. Y mientras yo esté en la academia nunca vamos a censurar el diccionario por corrección política. Porque eso sería la desaparición del diccionario.

Pero ¿hay presiones?
Hay personas, grupos que piden que se supriman palabras. Lo cuento también en el libro, de una persona que pedía que se suprimiese la definición de una palabra malsonante porque era su apellido y resultaba injurioso para él. Pero hay un error de base en todas estas demandas y es que las palabras que están en el diccionario no las inventan los académicos. Son palabras que vienen de la creación de los hablantes y la Academia lo que hace es recogerlas. Además, el idioma tiene que valer también para ser un canalla, no solo un arzobispo de Constantinopla.

Usted menciona en el libro también el caso contrario, de palabras que quieren que se incluyan sin fundamento, como huérfilo.
Puse ese ejemplo fue por un grupo que vino a mí para reclamar que se crease en el diccionario un término que identificase su situación, de padres que habían perdido a sus hijos. Y traían ya la palabra de huérfilo. La verdad, si me muere un hijo, lo que menos me preocupa es, precisamente no tener una palabra en el diccionario, que por otra parte la hay, y no una, sino dos: huérfano, en su segunda acepción se refiere a los padres que pierden a sus hijos. Y más antigua, deshijado. Al margen de que su palabra huérfilo, lo que significaría es gusto por la orfandad. Porque el sufijo filo significa, amigo, afinidad...

Esa obsesión por suavizar las palabras ¿Tiene sentido?
Ninguno. No son las palabras las que construyen la realidad. Si fuese así, arreglábamos el mundo de una patada. Primero están los hechos y los hechos generan las palabras.

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