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Anne Nikitik: "Cereijo temía al olvido; la muestra es para que eso no pase"

Anne Nikitik, el martes en el Museo Provincial. SEBAS SENANDE
Anne Nikitik, el martes en el Museo Provincial. SEBAS SENANDE
El Museo Provincial de Lugo acoge 'Eu sempre soñei a miña historia', una antología de la obra que el pintor lucense legó a su viuda Anne Nikitik. Está comisariada por el crítico de arte Juan Manuel Bonet

Un cuadro puede contener una vida. José Vázquez Cereijo guardó la suya en su última obra, La isla de los muertos. En una esquina está O Fuciño do Porco, visto desde su casa de Viveiro. En primer término, el perchero de la casa de su infancia. Él es pequeño y rema en un mar oscuro hacia un castillo en el que descansan los fallecidos. "Él se pintó de camino, estaba llegando...", explica la que fue su compañera de vida, Anne Nikitik.

En las horas previas a las inauguraciones, los museos son ruidosos y caóticos. Juan Manuel Bonet, crítico de arte y exdirector del Instituto Cervantes, es el comisario de Eu sempre soñei a miña historia, una antología de la obra de Vázquez Cereijo, fallecido hace tres años. Bonet y Nikitik repasan hasta el último instante la colocación de cada una de las piezas que estará en el Museo Provincial hasta el 22 de septiembre.

En las salas están todos los temas recurrentes de su vida: Luis Pimentel, los países del Este, las islas Hébridas, "La princesa Nikitik". Pero, ante todo, esta antología combate el temor principal del pintor. "Él tenía miedo al olvido. Esta exposición es para que eso no pase", confiesa su viuda.

"Me ha legado su obra y colección. Me gustaría que la gente pueda conocer su mundo, sus relaciones familiares, sus últimos años, la poesía...". Todo esto se puede ver en el Museo, pero, sobre todo, el mundo que creó Cereijo habita en la cabeza de Nikitik. Ella sabe de todas las historias que trascienden al lienzo, conoce las cronologías al dedillo, así como los gustos del pintor. Confiesa que sueña con un espacio permanente dedicado a su legado. Esta muestra es "un primer paso".

La exposición no tiene en cuenta el orden cronológico del pintor, se guiaron por "la relación entre los cuadros", explica Bonet. Hay obras de su pintura naturalista y también se pueden ver las de los años 70, más influenciadas por el surrealismo. Pero la recopilación va más allá de la pintura, "es un gabinete de curiosidades, se parece más a ver una casa". En el Museo Provincial de Lugo está el torso de mujer que habitaba el estudio de Cereijo. "La llamaba "La patrona"", recuerda Nikitik.

Hay una escultura de José Díaz Bueno que compró en un rastro, azulejos de Picasso o diseños de este pintor para una colección de ballet ruso. "El retrato de Fernando Pessoa lo encontró en el Rastro de Madrid hecho pedazos, lo reconstruyó él por completo", explica.

Anne Nikitik
"Cereijo regateaba con tanta amabilidad que los vendedores de los rastros no se daban cuenta de que les estaba bajando los precios"

Cereijo cultivó el arte del regateo. "Lo hacía con tanta amabilidad que los vendedores de los rastros no se daban cuenta de que les estaba bajando los precios", recuerda Nikitik.

Bonet se inició en el mundo de los rastros junto al pintor, que "ya empezó en los 60" y que "cogía cosas de todos los lados" porque "todo le servía". Recuerda que "siempre era pesimista y decía que los rastros de antes eran mucho mejores".

Su amor por el centro y este de Europa está presente a lo largo de toda la exposición. "Yo lo orienté hacia Praga y el hizo un montón de grabados. Me pidió un prólogo e inventé poemas de un poeta inventado, Pavel Hrádok, como si yo fuera su traductor. Hubo quien se lo creyó", comenta entre risas Bonet. El libro incluso acabó en manos del expresidente checo Vaclav Havel cuando recogió el Príncipe de Asturias.

El amor por el Este también le vino por su mujer de ascendencia rusa y escocesa, a la que le hizo el retrato La princesa Nikitik. A su lado están los paisajes que la vieron crecer: las islas Hébridas. "La primera vez que lo llevé allí, estaba enfadado. Decía que llovía en horizontal y que no le gustaba. Al final, terminó enamorándose", rememora. Los crepúsculos, la luz cambiante, el mar salvaje y las montañas de granito quedaron retratadas por Cereijo con pinceladas rápidas y anchas pintadas in situ durante una única jornada.

Otro paisaje que recoge la muestra es la vista de la Praza Maior desde la casa contigua a Luis Pimentel, que quedó plasmada en un cuadro grande y colorido. Para acompañarlo, el pintor compuso un "poema irónico sobre el 18 de julio, recordando el ambiente", comenta Nikitik.

Esta obra de tonos claros contrasta con los que vienen a continuación. "Cereijo combinaba bodegones, retratos, naturaleza muerta. Hasta un punto en que no sabes si estás viendo figuración, elementos cubistas, expresionismo...", comenta Bonet. Cereijo no tenía problema por reunir pinos, langostas y muebles en un mismo lienzo. "Alguna vez también aparece lo que iba para el estómago. En un cuadro salen nuestras ollas de cobre", cuenta su compañera, señalando una pieza con sardinas y su cocina de hierro.

En el inicio está "una figura tutelar para Cereijo", su tío Luis Pimentel. La muestra se inicia con él, con su biblioteca, sus retratos y su colección de obras.

El final de la exposición es para la poesía de Cereijo, está su libro Arco voltaico y están las traducciones que editó con Nikitik. En el final, se encuentra el principio. "Cereijo quería dedicarse a la literatura y fue hacia la pintura. Luis Pimentel, su tío, iba para pintor y fue poeta", indica Bonet.

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