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Pablo Paz Saavedra: "Me niego a que este virus acabe con mi vida"

Pablo Paz, en la puerta de acceso a la unidad de Infecciosas. EP
Pablo Paz, en la puerta de acceso a la unidad de Infecciosas. EP
Es enfermero en la planta covid del Hula. Fue el primero de su unidad en contagiarse

Lleva trabajando en la unidad de Enfermedades Infecciosas del Hula desde la apertura del hospital y, por tanto, está más que acostumbrado al uso de Epis y otras medidas de protección. Es el pan nuestro de cada día. Pese a lo cual, en la tercera semana de marzo, en el momento en el que empezaba a aumentar el número de ingresos, y sin tener claro cómo, se contagió en el trabajo, el primero en su unidad. "No sé cómo, pero ocurrió. Me desperté un domingo con cefalea, malestar y un cansancio muy raro", explica.

Esa jornada comenzaba su tercer día de autoaislamiento. Como otros sanitarios de primerísima línea, Pablo empezó a limitar el contacto con su familia, a usar mascarilla en los espacios comunes de casa y a dormir solo. Esas medidas evitaron que su mujer o sus dos hijos se contagiaran y lo colocaron, como a tantos de los pacientes que él mismo había cuidado, en la tesitura de comunicarse solo por teléfono, de pasar la enfermedad sin la presencia de sus seres queridos.Pablo Paz, enfermero del Hula. EP

"Me llamaban a diario mis compañeras de Telea [el servicio de seguimiento a distancia] y les daba los datos de saturación, temperatura o progresión de la tos", dice. Fueron ellas las que le recordaron que, entre el sexto y décimo día, a veces se produce un empeoramiento que deriva en un ingreso y justo el sexto empezó la fiebre. Como es inevitable, Pablo había compartido detalles de una enfermedad entonces aún bastante desconocida con su mujer, como la manera en la que algunos pacientes empeoraban drásticamente en cuestión de horas. "Me decía que tenía miedo a llamarme por la mañana y que yo no le contestara enseguida", dice.

El enfermero tuvo síntomas variadísimos y, cuando llevaba quince días de evolución y se creía ya prácticamente curado le apareció una urticaria con fiebre. "Ahí me di cuenta de que el virus todavía no se había ido", explica sobre ese síntoma dermatológico, que por entonces no se asociaba todavía con la enfermedad.

Semanas después, se reincorporó al trabajo con los últimos coletazos de la primera ola. Fue también uno de los primeros donantes de plasma hiperinmune en el Hula, después de que le hicieran una serología y comprobaran que tenía anticuerpos.

Con un año a sus espaldas en el que ha sido cuidador y paciente de esta enfermedad, admite que la pandemia ha hecho a la unidad de infecciosas, donde ya había muy buen ambiente laboral, "más unida, más cohesionada". 

Recordará el año 2020 no solo como el del coronavirus, sino como el que perdió a su marido, Jaime, un hombre muy conocido en Burela donde ejerció la profesión de sastre. "Mi única alegría, aunque sea triste, es que lo pude ver porque mucha gente no sabe con certeza si tiene enterrado a su familiar", asegura. "Me pongo en la piel de esas personas y me sublevo porque es muy triste esa incertidumbre". 

 

La historia de Maricarmen empieza hace casi un año, cuando el 19 de marzo de 2020 la llaman desde la residencia Betania de Viveiro, donde estaba ingresado su marido, para comunicarle que lo trasladaban al hospital. "Cuando lo vi salir de la ambulancia estaba muy mal", reconoce, "su respiración sonaba como si tuviera un trozo de madera en el pecho". Le diagnosticaron neumonía, pero al día siguiente ya se encontraba mejor e incluso los médicos le hablaron de darle en alta. "El 25 de marzo por la mañana, el internista me dijo que si seguía así al día siguiente lo mandaban a la residencia. Le di la comida y me fui a casa y cMaricarmen Rodríguez, viúda de un fallecido por covid. D.V.uando regresé por la tarde me dijeron que tenía coronavirus", relata Maricarmen, que explica que a partir de ahí ella tuvo que hacer la cuarentena y le realizaron una prueba en la que dio negativo. También recuerda que en la habitación de su marido había otra persona y que durante los primeros días nadie usaba la mascarilla.

Fue el 12 de abril, 24 días después del ingreso, cuando le comunicaron el fallecimiento. "Murió allí solo, como tantos otros", lamenta Maricarmen que reconoce que con 87 años su marido ya estaba muy delicado de salud: "La médica me dijo que el bicho lo tenía, pero también es cierto que fue la gota que colmó el vaso porque tenía muchas patologías". 

A pesar de esta experiencia negativa, a sus 77 años Maricarmen asegura que no quiere que el virus acabe con su vida. "Cumplo las normas, pero salgo a pasear y esta semana salí a tomar un café", dice, "también es cierto que para mí es más fácil estar en casa porque vivo en una vivienda con jardín y huerta y es una ventaja poder estar al aire libre en tu propiedad": 

Con respecto a la evolución de la pandemia, mantiene la esperanza de que se vaya controlando con la llegada de las vacunas, pero subraya que "el virus sigue ahí; es un enemigo invisible". "A ver cómo responden las vacunas, porque son nuestra esperanza, aunque creo que aún tardará en controlarse todo esto", asegura.

Cumplo las normas, pero me niego a que este virus acabe con mi vida: salgo a pasear y esta semana fui a tomar café 


Una lucense que perdió recientemente a su suegro: "O día e medio no tanatorio soa non podo describilo"

Todavía le cuesta poder hablar de la muerte de su suegro, todavía reciente, sin emocionarse. Esta mujer —viuda y que opta por ocultar su identidad— confiesa que asistir a la enfermedad y al fallecimiento de un familiar, enfermo de covid-19, fue uno de los episodios más duros de su vida.

"É todo moi duro e moi doloroso. É unha situación moi angustiosa, tanto durante a enfermidade —que supoñía que tanto meu sogro como miña sogra estivesen aillados na casa— como na despedida, na que se deu a situación que cheguei a estar eu soa no tanatorio. Meu sogro estivo moi pouco tempo ingresado no hospital pero foi doloroso non poder coidalo, acompañalo nas súas últimas horas por mor dos protocolos de illamento impostos... e aínda sintes máis impotencia cando esa persoa ten a cabeza lúcida, como era este caso. É moi triste porque, en calquera outra situación, podes acompañar a persoa ata o último respiro e despedila pero aquí non", afirma.

Un torbellino de sentimientos se agolpan en la cabeza de los familiares ante un caso tan próximo. "Vives momentos de incertidume, incredulidade, impotencia, tristeza, rabia, frustración, baleiro, soidade... É unha frialdade total. Ese apoio emocional é crucial e nisto non se dá", insiste.

Si difícil fue el cuidado, también lo fue la despedida. "As medidas eran daquela moi duras —non se podía velar os difuntos e só podían ir tres persoas ao cemiterio—. Polo tanto, non houbo apertas, nin bicos, nin ninguén che dá a man... Todo isto implica que teñamos que despedir os nosos seres queridos dun xeito frío e distante, incluso moitas veces coa incertidume de non saber se a persoa que estamos despedindo das restricións de non poder velo. No meu caso non foi así pero si coñezo outros casos nos que se deron estas circunstancias", comenta.

En el caso de esta mujer, la despedida de su suegro la afrontó ella sola pues su suegra estaba confinada en el domicilio y el resto de la familia reside en otros ayuntamientos por lo que, debido a los cierres perimetrales, tampoco pudo acompañarla en el duelo. "Eu soa me tiven que facer cargo da situación mentres que, por teléfono, facía partícipe á miña sogra das decisións que había que tomar. Ese día e medio no tanatorio —que botei case todo o tempo alí soa— non teño palabras para describilo", cuenta.

La evolución de la enfermedad en este caso fue muy rápida. Tras unos primeros síntomas de cansancio y de pedir ser visto por el médico, da positivo en un primer test, lo envían al Hula para una placa de tórax y una analítica para regresar a casa. A los tres días y ante un empeoramiento, una ambulancia lo traslada al Hula donde queda ingresado. En unas horas y tras dos partes médicos, reciben la noticia de su fallecimiento.

É triste. En calquera outra situación, podes acompañar a persoa ata o último respiro e despedila pero aquí non


Aniversario: el próximo día 15, suplemento sobre la pandemia
El próximo día 15 se cumple un año de la entrada en vigor del estado de alarma en España y del confinamiento de todo el país durante 98 días para hacer frente a la pandemia y, con este motivo, El Progreso publicará un suplemento especial.

Repaso
El covid-19 ha cambiado drásticamente la vida en todo el mundo y en el especial que publicará este diario se hará un repaso de cómo ha afectado a la provincia de Lugo desde distintos puntos de vista y de cómo se ha afrontado la lucha contra la pandemia, que todavía no ha sido vencida pese a que la vacunación ha traído por fin la esperanza a muchos ciudadanos.

Pablo Paz Saavedra: "Me niego a que este virus acabe con mi vida"
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