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Puerta occidental de la iglesia de San Martiño de Moldes. VIAMAGICAE
Puerta occidental de la iglesia de San Martiño de Moldes. VIAMAGICAE
En el tímpano, Sansón desnudo cabalga a un león, que simbolizará al mal o al pecado, y lo domina. La aparente tosquedad del trabajo no hace más que potenciar su atractivo

El viajero se mueve por las tierras de Melide a la busca y captura de iglesias románicas. Y empieza por San Martiño de Moldes, que no es mal comienzo. Algunos tramos del Camino están más concurridos que una calle urbana en hora punta. Tal ocurre en el puente de Leboreiro, muy cerquita de la iglesia. Claro que es media mañana, cuando todos los peregrinos jacobeos han dejado sus albergues de pernocta y se dirigen a los de la etapa siguiente, para llegar al mediodía. Aquí, en pleno campo, también hay hora punta. Leboreiro etimológicamente está relacionado con liebre, pero él no vio ninguna entra la multitud. El puente medieval es una monada, valga la un tanto ñoña expresión: pequeño, de un solo arco sobre el río Seco, en dos pasos se sube y en dos se baja. La iglesia de Santa María tiene portada también medieval y al lado estuvo un hospital de peregrinos del que queda el escudo de los Ulloa.

En el mismo centro de Melide y dando a la carretera está la capilla de San Roque, que tiene una bella y elegante portada con varias arquivoltas. Esta iglesia fue levantada en 1949 con los restos de las demolidas iglesias de San Roque y San Pedro; quién lo diría. Al lado se levanta un crucero del que nada menos que Castelao dijo que era el más antiguo de Galicia, del siglo XIV; como ocurre con la capilla, parece que tampoco era este su lugar original, qué lío. Un grupo de japoneses pasa en total silencio. El viajero va a comprar unos sabrosos y azucarados melindres típicos de Melide, pero antes aún le queda otra iglesia por visitar. Y hacia ella se dirige, con los peregrinos disminuyendo, pero sin llegar a desaparecer por completo.

La iglesia de Santa María está declarada Monumento Nacional y es la más notable de las que hoy ha visitado. Como no podía (pero sí debería) ser de otra manera, está cerrada, con lo que se queda sin poder contemplar la única reja románica de Galicia, ni un altar también románico, ni una virgen de las Nieves gótica. Se tiene que conformar con dar vueltas alrededor, que tampoco está nada mal. Las portadas, el ábside, mil detalles que va descubriendo. ¡Qué cierto es aquello que dijo Flaubert (cree que fue Flaubert) que basta con mirar una cosa con atención para que se vuelva interesante! Pero Santa Maria de Melide ya es interesante al primer golpe de vista. El viajero se sienta, se apoya en un ciprés y echa una cabezada.

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