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Jesús García Juanes: una vida de retos al filo de lo imposible

García Juanes. ALEX PARADELA
García Juanes. ALEX PARADELA
Tras sus inicios como montañero, este vecino de Castroverde, de 60 años, culminó gestas al límite de la resistencia humana

Aficionado a la montaña desde joven, Jesús García Juanes ya rozaba la cuarentena cuando se lanzó a la conquista de retos al filo de lo imposible. Comenzó a finales de los 90 con iniciativas de gran repercusión mediática, como las 200 vueltas a la muralla de Lugo para apoyar su declaración como Patrimonio de la Humanidad o los 3.500 kilómetros por Europa en patinete, en etapas de 130. Muchos de estos proyectos estaban ligados a campañas con fines solidarios. Otros le sirvieron para recabar datos y publicarlos en revistas científicas. Pero entre las primeras aventuras y las actuales existe una diferencia sustancial. Al principio contaba con apoyo exterior, pero más tarde se planteó buscar los "límites da autosuficiencia". Ejecuta sus proezas en solitario y con los mínimos medios, ya sea de alimentos, ropa o dinero.

"Cando botei catro días dando voltas á muralla, en pleno San Froilán, tiven a axuda de fisioterapeutas, comida e bebida máis que suficiente e usei varias zapatillas. Ata o Concello me puxo un caseto na porta de Santiago. Hoxe só levaría unha mochila e un par de zapatillas", matiza para explicar su cambio de filosofía.

Primeras hazañas. En 1997 ascendió al Toubkal, en Marruecos; al Mont Blanc francés, y al Huayna Potosí boliviano y en 1998 al Aconcagua argentino.

Sus gestas responden a objetivos personales, definidos muchas veces por una clave numérica. En su denominado Reto 3 trató de recorrer 303 kilómetros en tres días con solo tres objetos –zapatillas, un mono de manga y pernera corta y tres euros para alimentarse a base de galletas y cacahuetes–. Su intención era recorrer el trayecto entre tres ciudades –Lugo, Ourense y Santiago–, "que forman un triángulo equilátero", precisa Juanes. Aunque cuida sus expediciones al detalle, y había cubierto a pie en otra ocasión una ruta de 400 kilómetros entre cuatro catedrales gallegas, en ese Reto 3 sufrió uno de sus escasos fracasos. Eligió ir sin linterna, lo que le impidió caminar de noche, y el frío le jugó una mala pasada, pese a ser primavera, porque la ropa no era la adecuada. "Debería levar un mono de máis abrigo, aínda que polo día pasase calor ao ir moi rápido", dice. Una noche, cuando dormía sobre el suelo húmedo cubierto de hojas, sintió síntomas de hipotermia y optó por dejarlo.

Hacer 100 kilómetros diarios es para él un esfuerzo asumible en periodos cortos. Si baja la media a 70 podría caminar muchos jornadas. Lo que no le motiva, aunque lo entrena, es correr. No se le da bien, aunque suba montañas como una liebre.

En patinete o bicicleta Juanes cubrió desde 1999 largas distancias en patinete por el Camiño de Santiago y por Europa

SIN MIEDO AL FRÍO. Las aventuras del pasado, como coronar las nevadas cumbres del Kilimanjaro con unas botas y unos pantalones de deportes como único atuendo, una vestimenta que repitió para hacer once cumbres de once provincias españolas, constituyeron una primera fase de esa búsqueda de la autosuficiencia que ahora lleva al extremo. Lo comenta como si esas complejas experiencias fueran cosas sencillas. La clave está en "non deterse cando estás preto dun cumio, a 10 ou 20 grados grados baixo cero", afirma. Caminar con rapidez es su secreto para combatir el frío, como quien salta una hoguera y roza las llamas sin quemarse. Su obsesión es comprobar hasta donde puede llegar la autonomía humana, casi sin consumir, como un coche eléctrico. De eso iba el experimento que realizó en un velódromo asturiano, donde recorrió 500 kilómetros en bicicleta sin comer. Paraba cada hora para hacerse pruebas de glucosa y orina. Hubiera seguido, tras veinte horas pedaleando, pero desistió porque no tenía un médico al lado por si entraba en shock.

En 2001 sube al Kilimanjaro en pantalón de deporte, aventura que repetirá después en once cumbres de once provincias españolas

La cabeza de García Juanes no para de plantearse hazañas singulares, pero su valentía no está exenta de prudencia, la misma que le desaconsejó efectuar una inmersión durante una hora en el río Miño en pleno invierno. Llevaba tres meses entrenándose. Casi siempre permanecía alrededor de veinte minutos en el agua. Aunque se sentía preparado, al final abandonó el proyecto porque saldría del río y llegaría al hospital con hipotermia severa. "Era moi arriscado sen asistencia médica directa en caso de xurdir un problema", recalca.

Mitad aventurero y mitad atleta, mucha gente le toma por un personaje extravagante, pero es meticuloso y consciente de que la austeridad de recursos no le permitir el más mínimo fallo. Prueba sus materiales con minuciosidad. Meterse con su saco de plumas en una cámara frigorífica de una nave de O Ceao no es una excentricidad, sino una garantía de supervivencia si te dispones a dormir al aire libre en el Círculo Polar Ártico finlandés.

Su proyecto es la organización de la Carballo Extrem, en Castroverde. Será una carrera de 168 kilómetros, divididos en 14 vueltas, en mayo... si la pandemia lo permite

García Juanes cree que ahora se le abre un periodo de plenitud, entre los 60 y los 70 años. A su buen estado físico se une el grado de resistencia psicológica que le da la experiencia. Lo demostró en febrero del año pasado al hacer la Transpirenaica sin esquís, algo que nadie consiguió. Le bastó con raquetas y un pequeño trineo donde llevaba la mochila. Recorrió 400 kilómetros desde el Cantábrico al Mediterráneo por collados y valles de la ruta GR11, con un desnivel acumulado de casi cien kilómetros. Ahora se plantea el más difícil todavía: hacerlo por las cumbres. Su gran ilusión es atravesar, con un simple carro Pulka, la complicada orografía de la meseta del Tíbet, algo difícil al no conceder permisos las autoridades chinas; lanzarse a una gran travesía por el Polo Sur o por las zonas desérticas en el sur de Mongolia. Siempre al límite.

Jesús García Juanes: una vida de retos al filo de lo imposible
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