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El terrible final de un artista que se condenó a una solitaria muerte

Caballos en la finca y la casa de Labajjo Grandío asomando al fondo. SEBAS SENANDE
Caballos en la finca y la casa de Labajjo Grandío asomando al fondo. SEBAS SENANDE
El hallazgo en su finca de Friol del cadáver del pintor Labajjo Grandío pone el foco en el grave problema de los mayores que viven solos

Nadie puede asegurar aún que Labajjo Grandío esté muerto. Se da por hecho que el cadáver que se encontró el lunes a la puerta de su casa en la parroquia friolense de Vilafiz es el suyo, pero hasta que los forenses presenten sus conclusiones los únicos indicios son que el cuerpo llevaba sus zapatos y parte de sus ropas y que estaba justo allí, a la puerta de su casa, el lugar donde tantas veces sus vecinos le habían oído contar que deseaba morir: "Eu quero morrer na miña casa e que me enterren nun furao á porta, nin caixa necesito", les decía. 

El problema es que su casa estaba en un lugar tan alejado del mundo, tan alejado del propio Vilafiz, que el lugar bien podría llamarse Monte Soledad. Por eso se tardó más de quince días en encontrar el cadáver. Por eso y porque Alfredo, que quedará en la memoria como un artista salvaje y primitivo que pintaba animales y paisanos y se hacía llamar Labajjo Grandío, se había ido condenando poco a poco a la soledad con su propio carácter. 

Su final ha sido el mismo que el de otras muchas personas mayores apartadas no solo del mundo, sino de la sociedad, que mueren sin que nadie las eche en falta hasta que es demasiado tarde. Quince días tarde, en este caso. Por eso la muerte de este hombre pone de nuevo el foco sobre un problema social que comienza a presentar tintes y cifras de epidemia. 

Y eso pese a que en este caso sí que había quienes se preocupasen por él. Al menos unos cuantos amigos contados con los dedos de una mano, algún vecino al que todavía el difícil carácter del pintor no había ahuyentado del todo y un taxista al que todas las semanas llamaba para que le subiera la compra hasta la casa. 

El artista, de 80 años, se había ido alejando poco a poco de sus amigos y de sus vecinos y vivía solo en una remota casa en Vilafiz

EL HALLAZGO. A José Luis Burgos lo llaman Farras. Ya llevaba un par de semanas sin recibir noticias del pintor, así que decidió subir con su taxi hasta la casa. Oyó ladrar mucho al perro y algo le extrañó, así que decidió volver a Friol para dar aviso a la Guardia Civil. Farras tenía las llaves de la verja y también las de la casa, porque Labajjo se las había dado cuando la movilidad ya le fue fallando y casi ni era capaz de caminar hasta la verja. 

Tampoco respondió a las llamadas de teléfono de la Guardia Civil, así que entraron. Antes tuvieron que avisar a Rebeca, la veterinaria de Friol, para que tranquilizara al animal, un cruce de pastor belga de tamaño medio. Hubo que dispararle un dardo. 

No hizo falta ni entrar en la casa. Frente a ella, en el prado, yacían los restos que todos creen del pintor. El cuerpo prácticamente había sido devorado por los animales. Seguramente también por su perro, pero con toda seguridad también por algunas alimañas. La carne y la piel de la cabeza, relata Farras, habían desaparecido prácticamente, dejando los huesos del cráneo a la vista. También le faltaban otros miembros y gran parte del torso. Más de quince días a la intemperie en ese entorno son muchos y la comida fácil no abunda. Labajjo lo había elegido en buena parte por eso. 

EL LUGAR. Había llegado allí hace unos veinticinco años. Tenía familia en el pueblo y la finca le salió muy barata. La cerró y se hizo una casa muy pequeña y de planta baja, escondida y apenas visible desde fuera, con la idea de usarla como refugio de caza. Dentro, de hecho, la Guardia Civil encontró dos escopetas. A él siempre la había gustado todo los relacionado con el mundo rural y la naturaleza, como reflejaba en sus cuadros. 

Luego, las circunstancias hicieron que tuviera que irse a vivir allí de manera permanente. Las condiciones no eran las mejores, y además fueron empeorando con la dejadez y el aislamiento, geográfico y personal. Al principio, recuerda una vecina, participaba en las cosas de la parroquia y tenía buena relación con los vecinos. Algunos lo invitaban a comer en casa, otros le llevaban comida, o leña o hierba para los cinco o seis caballos salvajes que siempre tenía por la finca. Hasta alimentaron a los animales la última vez que estuvo hospitalizado, hace como dos años, tras romperse una cadera al caerse de un árbol. 

"Era boa persoa", dice la vecina, "pero logo bebía e portábase mal". Un carácter fuerte e independiente, que se fue acentuando hasta sus ochenta años, y un mal beber que fueron poco a poco calando entre la gente, hasta que la hospitalidad y la paciencia de los parroquianos fueron mermando. También quedaba regularmente con algún amigo de Lugo para ir a comer, pero hasta para ellos era muy difícil a veces contactar con él. No cogía el teléfono durante días y a veces incluso algún amigo preocupado tenía que acercarse hasta la verja de la casa para dejarle en el buzón un aviso para que los llamara. Tampoco conducía ya, había estrellado sus tres últimos coches. Los amigos lo habían convencido para que al menos solicitara al Concello la ayuda social de una asistenta, pero no dio tiempo a que se formalizara. 

El caso es que tanto entre vecinos como conocidos y amigos su muerte causó un fuerte impacto por lo tremendo de las circunstancias, pero a ninguno extrañó que el final le llegara de esta manera, en soledad. La Guardia Civil llamó a sus dos hermanas de Madrid para que se hicieran cargo de los restos, pero este martes un hijo acudió a Friol para reclamar el cadáver de su padre. La familia madrileña ni siquiera sabía que tenía un hijo. 

En esa finca remota de Vilafiz solo quedan el cartel de "Zona de adestramento de cans" y unas letras verdes dibujadas y ya apenas perceptibles sobre un fondo amarillo en una de las columnas que soportan la verja: "Taller de pintura Labajjo Grandío". Y unos caballos salvajes, solos.

La obra única de un creador indómito
El Concello de Friol custodia los alrededor de 60 cuadros que se encontraron en la casa de Labajjo Grandía, que apenas ya pintaba
Labajjo Grandío, nacido en Lugo en 1939, ha sido un pintor realmente único, creador de una obra que refleja a la perfección la fuerza de una personalidad indómita. Influenciado por las vanguardias de principios de siglo pasado (llegó incluso a conocer personalmente a Pablo Picasso durante una etapa en la que viajó por toda Europa), desarrolló una figuración con tintes de primitivismo e incluso con toques de fauvismo, en especial en el uso del color. Sus cuadros, como él, son de trazo grueso y volúmenes rotundos, con una temática muy pegada a la tierra y el mundo rural. 

Primo del también artista Tino Grandío, se educó artísticamente en su mayor parte en Madrid, donde se trasladó su padre, catedrático, por un problema asmático para seguir dando clases. En realidad, estudió para ingeniero técnico industrial, pero poco después de acabar la carrera decidió dedicarse por completo al arte. 

A su regreso a Lugo, estuvo tres años visitando Os Ancares, donde vivía en su tienda de campaña, para pintar sus paisajes. También cultivó la amistad de Uxío Novoneyra, que lo guio por O Courel. La obra la comercializaba de manera casi exclusivamente personal, ajeno a las galerías. En buena parte, porque también tuvo problemas con alguna de ellas, fruto de su fuerte personalidad. Pueden encontrase obras entre los 500 y los 3.000 euros, según formatos. Eso sí, nunca bajó los precios, ni en las peores épocas. 

Tenía como apoyo económico una pequeña pensión que le había dejado -la madre y en los últimos tiempos ya apenas pintaba. 

En su casa de Vilafiz se encontraron alrededor de 60 obras, muchas deterioradas por la humedad. El Ayuntamiento de Friol las recogió con un camión y las tiene en custodia hasta que sean reclamadas por sus herederos.

El terrible final de un artista que se condenó a una solitaria muerte
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