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Manuela Escamilla

Manuela Escamilla, primera actriz en el Siglo de Oro
 
Recuerdo de la monfortina la víspera del Día Mundial del Teatro

El Progreso 26/03/2020

ENTRE LA MINDONIENSE Manuela Rei y la monfortina Manuela Escamilla (Monforte de Lemos, 1648), se disputan el título de ser la más renombrada actriz teatral lucense, con permiso de Asunción Montijano. Una en Lisboa, la otra en Madrid. Una envuelta en amoríos reales, la otra también.

El Día Mundial del Teatro que mañana se celebra nos permite hablar de una de las actrices más populares del Siglo de Oro español, hija del también actor Antonio Escamilla y de Francisca Díaz, precoz a la hora de subirse a los escenarios para hacer de Juan Rana con siete años; precoz a la de casarse, pues con trece ya formaba matrimonio y precoz a la de enviudar, pues con quince ya lo es. Para ir en consonancia, muere pronto y con 47 años deja este mundo.

Tenía acreditada fama de lucir en el escenario relicarios, corazones, el Agnus Dei, medallas y hasta el cordón de San Francisco, que es señal de la máxima devoción, pero la guardarropía de beata no es bastante tupida para ocultar su gusto por los saraos y los caballeros.

Es primera actriz del corral del Príncipe, y tal como la describe Díaz de Escovar, “gala de la corte, blanco del Mentidero de las gradas de San Felipe, moza de mucho talento, no vulgar donaire y esbelto cuerpo”.    

Manuela actúa en toda Castilla y en 1668 lo hace en Valladolid con motivo del traslado del Santísimo Sacramento a la nueva Catedral. 

Otro cronista madrileño no coetáneo, Pedro de Répide, une su nombre a la lista de amantes de Felipe IV. Sí se sabe con certeza que actúa en los salones del real palacio _ que no los del Palacio Real _ el 18 de enero de 1680, para representar la versión teatral de El celoso extremeño cervantino, En la velada participa también su padre con el entremés Las Beatas, pero el rey ya no es Felipe IV, que ha muerto, sino Carlos II.

Se la aprecia como cantante, casi más que como actriz. El público la echa en falta una larga temporada y al amor se achaca su ausencia. Luego reaparece, ya casada en segundas nupcias y en secreto.

Falta por determinar si es ese esposo, o hay un tercero, celoso hasta Pamplona, que no le permite ni un mohín de picardía. Una tarde, cuando representa La adúltera penitente, de Calderón de la Barca, el actor que le da la réplica, a la sazón segundo o tercer marido, se consume de celos al ver que Manuela no aparta los ojos de uno de los espectadores y armado de tijeras la abraza y recita: “Con estas tijeras fuertes, la borla te he de cortar.”

Lo hace y la despoja del cordón de San Francisco, que arroja al Alcalde de la Casa y Corte con nuevas palabras:

_ Ahí va eso para los pobres del refugio y para los tontos.

Manuela se desmaya, el alcalde, indignado, ordena que se prenda al actor.

_ ¿Por qué hizo su merced tamaño ultraje a la adúltera penitente de mentirijillas? _ le preguntan sus compañeros, como diciendo que todo se debe al papel calderoniano.

_ Porque es una hipócrita y bajo aquel cordón de santa ocultaba lo que yo no puedo permitirle _ contesta el celoso airado.

¿Qué ocultaba? Él sabrá. Pocas horas después la actriz tiene un puñado de versos injuriosos en boca de todo Madrid. Versos que dicen:

“A Escamilla y su cortejo, / la villa les da salario; / a él por lo poco que sabe, / y a ella porque sabe tanto”. También se reproduce con una variante en el primer verso que dice: “A Escamilla y a su hija...”, válido para el esposo o para el padre. Por otra parte muchos alaban su fidelidad y su recato. ¿Con qué Escamilla quedarse? Pongan de todo un poco.
 

Manuela Escamilla
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