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Juana López y López

Juana resulta cogida en la faena de la Gran Vía

El diestro Fortuna debe matar un toro escapado por las calles de Madrid, después de que empitone a esta vendedora lucense

El Progreso 26/01/20

EN EL APARTADO de célebres por un día ocupa un sitial destacado la vendedora madrileña Juana López y López (Lugo, 1862). 

Su día de gloria _más le valdría no haberlo tenido _, es el 22 de enero de 1928, cuando ya ha alcanzado los 66 de edad, y se dispone, muy de mañana, a colocar su mercancía entre los madrugadores. 

En ese momento Nicolás Fernández se afana en conducir tres astados desde Carabanchel Bajo al matadero. Son dos toros y una vaca. Algo hace mal porque uno de los astifinos, el llamado Angelo, se tira a la calle seguido de la vaca, y en veloz carrera se dirigen al Puente de Toledo, que es el camino más corto hacia el centro de la ciudad.

El bicho reparte sustos mientras es seguido por un muchacho que toma a la vaca de una cuerda a manera de cabestro, confiado en poder reducir a aquella fiera desatada.

De Toledo, que es puente, a Segovia, que es puerta. Luego, Conde de Toreno y Leganitos. Allí el toro se encuentra frente a frente con Juana, que siendo de Lugo, se asusta lo justo a la vista del morlaco y trata de protegerse detrás de un árbol.

Sin embargo, algo ve en ella el animal, que decide hacerla su primera víctima. La coge, la empitona, la zarandea y Juana vuela por los aires en imposibles volteretas. Pero no se ceba en ella.

Recogen a la mujer y la conducen a la Casa de Socorro del distrito de Palacio, donde le aprecian conmoción visceral y contusiones en la cabeza y el tórax, de pronóstico reservado, aunque la policía la califica de grave. Vive en Pinos Alta 7 (Tetuán de las Victorias), calle que hoy se mantiene.

El reguero de heridos, brincos y topetazos se prolonga por Ferraz y Plaza de España. Sube por Gran Vía hasta la Red de San Luis, donde aparece el torero vasco Diego Mazquiarán, Fortuna, entre los entusiastas aplausos de los peatones y conductores que circulan por la céntrica calle.

El toro arremete contra  todo. “¡Un estoque! _ pide Fortuna _ ¡Traedme un  estoque!” Del cercano Casino  Militar le ofrecen una espada, pero es demasiado endeble.   Un chófer dice que irá a buscarlo a casa del maestro, en Valverde, 40. Se acepta la propuesta, pero tarda en volver 15 minutos. 

El torero debe entretener al toro y espantar a unos jovencitos que se hacen los machos delante de sus cuernos. Ya armado, utiliza su abrigo de muleta y le clava tres cuartos de estoque. Bastará, pero antes el toro escapa herido. Fortuna lo persigue y consigue el descabello. La calle se cae en vítores y olés que Juana, subalterna a su pesar de esta corrida improvisada, no puede ver ni escuchar.

Unas muchachas le piden que le corte una oreja a Angelo y así lo hace. Luego trata de retirarse pero una avalancha lo levanta en vilo y lo  pasea triunfal por las calles. Alfonso, el fotógrafo, lo inmortaliza.

Cuando el periodista Federico Morena le pregunta al diestro por aquella faena, Fortuna, que es vasco, exclama: “¡Chico, no podía yo imaginar que lo hecho por mí  tuviese tanta resonancia...! ¿Pero qué tiene de particular   esto? Un  torero va por la calle,  ve correr a la gente. ¿Qué pasa? _ pregunta. “¡Que viene el toro!” _ le responden. Y el  torero, cosa naturalísima, sale al encuentro del toro, lo sujeta para evitar desgracias, y en cuanto le traen un estoque, lo mata. Estoy abrumado. El teniente de alcalde, señor Navarro Enciso, fue a mi casa a felicitarme, el presidente de la Diputación, señor Salcedo Bermejillo, me ha enviado una carta de felicitación. De todas partes recibo cartas y  telegramas... Para volverse loco,  chico...!”
 

Juana López y López
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