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José Pérez González

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José Pérez, el Gordo de Navidad del año 1925

El mozo de cuerda lucense reparte varios millones entre sus conocidos y se queda con un pico

El Progreso 11/07/2021

LOS QUINCE MINUTOS de gloria que según las estimaciones de Andy Warhol estaban reservados para José Pérez González (Lugo, 1883),  transcurren entre las doce horas y las dos del mediodía del 22 de diciembre de 1925, momento del tradicional Sorteo de Lotería de Navidad, el gordo que se reparte en España desde 1812. 

En realidad disfrutó de algunos más porque todos los periódicos de esa tarde y los del día siguiente se encargan de reproducir su rostro y de contar su historia, porque José había repartido por Madrid ocho vigésimos del 11.519, premiado con quince millones de pesetas, esto es, el gordo de 1925.

A eso de las doce los reporteros de Madrid ya saben que los loteros Juana Llopis y su marido Manuel Sáenz Rodríguez, de la Plaza del Ángel, han vendido el 11.519 y se lanzan en su búsqueda. La administración nº 39 está cerrada, quizá porque ese día no hay quien compre lotería. Pero averiguan que su domicilio particular está en la calle de Atocha, 35. Nuevo fiasco. No hay nadie en casa.

El corro de periodistas vuelve a la Plaza del Ángel y allí ya se sabe en los comercios de los alrededores que el mozo  de cuerda número 405, establecido entre ese lugar y la plaza de Santa Ana, tiene ocho vigésimos, así llamados entonces porque el número se divide en veinte partes. El mozo, nuestro hombre de Lugo, lleva años abonado a ese número y su fidelidad se ha visto por fin recompensada.

Lo buscan en una taberna de la calle de las Urosas, donde refresca el gaznate, pero no está. Vive en la calle Primavera, pero allí solo se encuentran su mujer, Ramona García y sus tres hijos; Carmen, de trece años; Vicente, de ocho y Manolito, de dos. Ramona no sabe si les ha tocado algo. 

Cuando por fin los plumillas hablan con José les llama la atención la pasmosa tranquilidad con la que les responde, en contraste con una castañera de la plaza, que ya no sabe cómo exteriorizar su alegría y se dedica a tirar las castañas al aire para que la chiquillería las recoja felices y contentos.

Muy al contrario, José, que transporta muebles, o lo que sea, a sus espaldas, ya ha hecho esta mañana siete servicios y cuando le dan la noticia de su suerte, lleva un armario de luna a su destino, y claro, no deja el trabajo a medias. “¡Es usted rico y sigue llevando un armario!”, le dice un caballero. “¡Y tanto! Si lo hubiera cobrado, lo iba a llevar quien lo compró, pero...”

Por las manos de José ha pasado casi la mitad del gordo, pero él ha revendido o regalado una buena cantidad. Dos vigésimos a unos anticuarios del Prado; otro, a un afinador de pianos; otro, al sereno de la Gran Vía _ ¿de Lugo también? _,     uno más a otro anticuario de la calle del León y también a la viuda de Llamazares, a la propia lotera Llopis y a más gente en otras participaciones menores.

Un compañero de oficio, Saturnino, no quiso comprarle ni una peseta y ahora se lamenta.

El dinero no le sobra, por supuesto, pero su gran preocupación es su último hijo, Manolito, que sufre una pulmonía muy pegajosa.

José solo se ha quedado con once pesetas del gordo, lo cual le va a proporcionar un pellizco de 82.500, pero nada comparable a los cinco millones que reparte.

Ha decido que mañana no trabajará, pero lo seguirá haciendo el resto de sus días. Quizá le dé para montar un pequeño negocio y dejar la cuerda. “Si es así, no pienso comprarme ni un reloj”. Por qué esa precisión, le preguntan los informadores. Y en su respuesta descubren que es un hombre de humor: “Para no tener cerca ni una cuerda”.

José Pérez González
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