José Luis Vega Fernández

José Luis Vega, notario gráfico del franquismo en Lugo

El fotógrafo asturiano plasma con sus cámaras la historia de la ciudad durante esos cuarenta años

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El Progreso 18/04/2022

SE HACE PERIODISTA por ósmosis y acaba teniendo la profesión tan metida en la sangre que afirma: “Cuando paseo por Lugo no veo la ciudad, sino su foto publicada en El Progreso. Y si no la veo así, no la hago”.

José Luis Vega Fernández (Luanco, 1913), pertenece a una familia de fotógrafos. Los cuatro hermanos lo son. De hecho, su llegada a Lugo en 1941 se debe a una sustitución que tiene que hacer a uno de ellos que ya trabaja en la ciudad.

Sus planes van a modificarse por completo. Viene para estar quince días y seguir ligado a una casa gijonesa, pero se queda 52 años y se convierte en el notario del franquismo en Lugo. Decía que las cosas se le habían dado tan bien, que se hace lucense.

Tres años después, los Vega estarán establecidos por su cuenta, dos en Gijón, uno en la cuenca minera asturiana y él, en Lugo.

A falta de selfies, Vega ejerce como fotógrafo de calle. Grupos de amigos, novios, matrimonios, paisanos y militares. Todo Lugo pasa y posa ante su cámara porque la ocasión la pintan calva para inmortalizarse en esa dura posguerra.

Un dato para el anecdotario del hombre. La primera fotografía que realiza en la ciudad es un clásico. El paisaje que se divisa desde la pérgola del parque con el recorrido del Miño en su parte central.

Ya entonces se adivina en él una cierta concepción periodística de la instantánea, el dinamismo que busca en las figuras, su expresión alegre, el encuadre correcto que nunca olvida el fondo donde se encuentran para localizarla con facilidad… son notas características de sus trabajos.

Al principio ni  siquiera apunta las direcciones de los clientes y claro, no cobra un 20 por ciento de las tiradas. Su tarifa es muy sencilla. Un juego de tres fotografías cuesta 2,80 pts. Veinte años después, se cobra el trío a 9 pesetas.

Ese es su trabajo durante los once primeros años, pero poco a poco, y en 1952 la necesidad gráfica brota en el asturiano con la virtud del reportero y se acerca a El Progreso como las limaduras de hierro al imán, hasta que la llegada del fotograbado a la calle José Antonio lo convierte en una pieza fundamental del producto periodístico. 

Otro extraño factor ayuda a la transformación del negocio, pues se casa y Vega sostiene que el fotógrafo de calle que pierde la soltería pierde el 50 por ciento de su negocio. Ahí queda la tesis para ser explicada.

Básicamente utiliza dos cámaras, una Voigtländer austríaca-alemana de objetivo fijo, y una Leica alemana de objetivos intercambiables, con la que siempre se le identifica.

La experiencia comercial le ha servido para la periodística. La velocidad, decía, es fundamental, de lo contrario, en un grupo alguien mueve la cabeza, o es tapado por otro y se estropea la imagen.

Una de las fotografías de prensa de las que más presume, aún siendo hombre de izquierdas, es la que consigue en el puerto de Ribadeo cuando Franco desembarca del Azor y allí lo espera Carmen Polo, que recibe un beso de saludo. “Nunca se ha hecho una fotografía de la pareja besándose”.

Durante el viaje desde Ribadeo a Lugo, antes del revelado, es una madeja de nervios pensando que haya podido pasarle algo al negativo, de modo que lo hace abrazado suavemente a la máquina como si fuese una cesta de huevos. Es la que se ve en su cromo. 

Gracias al Fondo Vega del Archivo Histórico Provincial _ 300.000 negativos _, se han realizado ya varias muestras y libros sobre el Lugo del franquismo, que es el documentado por él. 

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