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Don Froilán, un erudito latinista y un hueso como profesor

Para aprobar con el catedrático de Láncara, “hay que saber latín”, comentan en el instituto

El Progreso 16/12/2021

ALGUNOS DE SUS alumnos, por ser de Lugo, distinguen al Froilán bueno del Froilán malo. El primero es el santo de las patronales y el segundo, don Froilán López López (Láncara, 1900), su profesor de Latín, tan diestro en el arte de manejar ceros, como erudito en la materia que imparte.

Don Froilán es meticuloso a la hora de preguntar las declinaciones, pero también cuando toca calificar, pues distingue un cero alto de un cero bajo, una precisión que no todos los que los reciben saben apreciar.

En cualquier caso, a la hora de redactar su semblanza debe prevalecer la idea de que el sacerdote fue un auténtico erudito moderno de la lengua latina y los títulos de sus obras al respecto bastarían para llenar el resto de estas columnas. Como son de fácil acceso, nos abstenemos de reproducirlas.

Don Foilán nace en la parroquia de San Xoán de Muro y tras solventar con nota la carrera eclesiástica en el Concilar de Lugo y el Colegio Español de Roma, es ordenado sacerdote el año 1925, para ocuparse después de la asignatura de Latín en el seminario lucense durante los siguientes diez años.

Obtiene la licenciatura y el doctorado en Filosofía y Teología por la Universidad Gregoriana de Roma, antes de matricularse en la sección de Clásicas de la Universidad Central de Madrid el año 1935, ciudad a la que va en el verano anterior para sustituir al capellán del Colegio de Huérfanos de Estado Mayor y Sanidad Militar. No sabe lo que significará esa sustitución.

Se examina en el 36 y sin conocer el resultado de la prueba se declara la guerra, por lo que permanece esos tres años ignorante de su suerte académica. Terminado el conflicto descubre que su expediente ha desaparecido, aunque por suerte para él, su examinador se acuerda perfectamente de su ejercicio y de su sobresaliente nota.

Había pasado la guerra en Madrid “desde el primer día al último”, como dirá él para contarlo. Primero, al lado de su anciana madre hasta que fallece. Luego, solo. Él se lo achaca a las horas que la mujer permanece a la intemperie en las colas del pan. El sacerdote esconde su sotana, da las clases que puede y se procura alimentos en una ciudad desabastecida.

Frecuenta el salón de lectura de la Biblioteca Nacional, donde lo detienen unos milicianos y se lo llevan a la Dirección General de Seguridad. Milagrosamente a los tres días recobra la libertad tras ser interrogado.

Ya en 1939 se hace con veinte kilos de trigo, que bien administrados le permiten llegar vivo al final de la guerra.

En 1942 oposita y gana la cátedra de Latín, con la que empieza a dar clases en el instituto de Lugo en compañía de Bernís, Rodríguez Labajo, Fraguas, Mendaña o Lázaro Montero, a quien sustituirá en la dirección del centro interinamente.

Uno de sus objetivos entonces es incrementar el número de excursiones educativas, aunque poco se puede hacer en ello. Lo que sí incrementa es su fama de hueso entre los alumnos y el convencimiento de que solo hay un sistema para aprobar con don Froilán, saber latín.

A ello contribuye el aislamiento que se autoimpone, enfrascado únicamente con sus trabajos y sus libros.

Lugo reconoce su labor docente con un homenaje en 1971, un año después de su jubilación en el Instituto de Alicante, a donde había solicitado el traslado por razones de salud.

Al final de los días el profesor está contento del nivel de sus alumnos. Como botones de muestra cita a dos, el arabista José María Fórneas Besteiro y su sucesor, Amable Veiga Arias.

Fallece en Madrid el año 1990, cuando aborda investigaciones sobre toponimia gallega.

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