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Filomena Arias Armesto

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110 lucenses singulares

De Filomena quedará para siempre el misterio sobre los límites y el origen de sus poderes, porque nadie de quienes la conocen en el ejercicio de sus sapiencias duda de que ella fue extraordinaria, —lisa y llanamente dicho—, un ser singular y fuera de lo común.

Solo así se explica que su casa de Torbeo concite durante años la visita de gentes llegadas de cerca y lejos; de Castilla, León, Asturias o de Portugal. La fama de sus curaciones, de sus visiones y predicciones, la llevan a ser un nuevo oráculo de Delfos al que acudir en busca de respuestas que se producen tras el mal que le afecta con regularidad relojera. Se llama mal a esas convulsiones que le hacen traspasar la frontera de la percepción, ¿pero hacia dónde?

Los observadores, testigos y estudiosos de Filomena coinciden en señalar que durante sus años mozos es una más de entre las mujeres de Torbeo, con los pies sucios, las zocas rotas cada cierto tiempo y analfabeta, como lo seguirá siendo hasta el fi n de sus días. En realidad quienes mejor hablaron de todo eso fueron sus vecinos, como Ubalda Doval Arias, que lo escucha de labios de su madre, presente en el famoso fiadeiro donde se inicia su historia.

Sí, porque todo cambia cuando llega a los treinta años, o por ahí. El momento exacto de la crisis se cuenta a través de su participación en una fiada comunitaria celebrada en San Martiño, una de esas reuniones vecinales en la que se trabaja el lino para toda la aldea al tiempo que los hombres molestan tratando de palpar las partes mollares de ellas por si se tercia un revolcón.

La mujer sale a beber en la fuente de la Cruz do Barrio y regresa a donde están todos absolutamente transformada en otra persona. Se agita, se golpea la cabeza contra los muros y ladra como un perro hasta que se calma. Ésta es la primera experiencia de lo que ella y los vecinos llamarán el mal, una especie de ataque epiléptico que le transmite otra personalidad.

En un primer momento hay motivos sobrados para pensar que Filomena sufre un ataque demoníaco. Los hay desde la perspectiva de una sociedad en la que esas cosas se tienen por comunes, o al menos como posibles, pero las fuentes son tan confusas que la historia se bifurca y aparecen varios caminos que son incompatibles, pues tanto la hacen sirvienta en Madrid con un hijo de soltera, Domingo; como tirada al monte y buscada por sus vecinos en una especie de caza a la mujer, que de ser cierta no dejaría en buen lugar a sus perseguidores y quizás por ello no se repite demasiado.

Sea de una forma u otra, sí parece indubitable que en algún momento logran llevarla ante el cura. Su resistencia a tener roce con sotanas es vigorosa. Aún así, el sacerdote no se anda con miramientos y realiza en ella un ritual de exorcismo que tiene lugar cerca de la iglesia gracias a que es sujetada por varios convecinos mientras se practica.

Los relatos que se hacen de los resultados no defraudan a los amantes de las experiencias diabólicas. Son varios, en efecto, pues no en todos coinciden ni en el número, ni en la naturaleza de los espíritus que la poseen. Unos hablan de que el sacerdote cuenta cuatro demonios que le han entrado a saber si antes o después de la fuente. Testimonios hay de que son cinco los intrusos y que no se trata de belcebús, sino de perros, que pueden ser malignos si son cerberos, pero que no están hechos del mismo mejunje. Tampoco hay coincidencia en contar los que salen y los que permanecen dentro, si son dos de perro que se quedan, si es Satanás el que lo hace todo. Un meigólogo dice que dos de los diablos le salen por la boca, pero a los otros no se los pueden sacar, pues temen que busquen la salida por los ojos y la dejen ciega, una previsión que en su caso es de agradecer.

A partir de ese momento, los pasos mágicos quedan ya establecidos. Una vez cada veinticuatro horas y tras acostarse en un lecho, pasará largo rato —hasta sesenta minutos—, ladrando como lo haría un perro. Una niña médium —La Niña, la llama ella—, aguarda a su lado mientras dura la barahúnda. Ése es un punto oscuro. Uno más. Después ya puede hablar y contestar a aquello por lo que se le pregunte. Eso sí, lo hará en perfecto castellano, pese a que normalmente se expresa en gallego. ¿Certifica este hecho el tiempo pasado en Madrid? ¿Certifica que el castellano es lengua revelada? No nos metamos en berenjenales filológicos, que podemos salir escaldados. El proceso completo no se va más allá de las dos horas.

Incluso la mujer no necesita preguntar nada, pues ella misma le dirá al consultante lo que viene a investigar ya que Filomena regresa del trance sabiéndolo. Ese fenómeno y el hecho de que sus respuestas contengan informaciones sobre tierras muy lejanas provoca las mayores admiraciones, como si conocer los secretos de un carpintero de Verín, por ejemplo, no fuese suficiente maravilla, y lo fuese mucho más si el carpintero es de Toledo.

Después de las convulsiones pronuncia varias veces la palabra “chavaras”, que es el abracadabra con el que se abren las puertas de la clarividencia y cuyo exacto significado solo ella podría desvelarnos, aunque hay que emparentarlo con la suerte de palabras mágicas que en el mundo han sido, son y serán, desde alakazam al shazam, pasando por la más popular, ya citada antes. A poco que nos fijemos, nos damos cuenta de que en la mayoría hay presencia vocal casi exclusiva de la letra A, que es el principio del abecedario y de todo lo que no tiene nada antes. A partir de aquí pueden suceder milagros, o que trate con gran familiaridad al propio Dios, llamándole Manolón, quizás por el segundo nombre de Jesús, Enmanuel, “Dios entre nosotros”.

Meiga, bruja, sabia, sibila o curandera, Filomena promete a sus vecinos que sus poderes son traspasables y de esa forma, antes de morir, se los dejará a alguien que continúe su labor. Será una muchacha virgen de 15 años y se llamará Filomena como ella, pero su promesa no se cumple y no hay heredera, al menos no la hay en la comarca. Ése es el argumento de la  obra de teatro de Ánxel Fole, Pauto do demo, donde la meiga de Torbeo se transforma en la de Torgán, como también ocurre en sus cuentos As meigas sempre teñen razón y A cabana do carboeiro.

Antón Patiño cae rendido ante la historia de la mujer y le dedica unas jornadas lúdico-eruditas con tintes funerarios, como nos gusta en Galicia, que afianzan la fama de la señora y acrecientan su bibliografía, lo cual se agradece cuando decides que Filomena Arias sea uno de los lucenses singulares de estos últimos ciento diez años, pues de lo contrario, sin los Convivios de Menciñeiros de Patiño, ¿cómo podríamos contar su historia?

El librero Antón Patiño Regueira era micólogo, filatélico y elegíaco, además de otras muchas cosas más o menos esdrújulas. Ya sabía de cogumelos y de plantas antes de fijarse en Filomena, y por eso interpreta que la fuerza visionaria de la mujer le viene de algunos hierbajos alucinógenos que pilla al caer la noche por los alrededores de Torbeo. Belladonas y beleños, mandrágoras y estramonios, burundangas todas que han dado prez y señorío a las más grandes reuniones de brujas, a los aquelarres más sobresalientes y a los más íntimos frotes de los desenfrenos femeninos. Y no estarían mal traídos los hierbajos, porque sus usos históricos y los principios activos de los que se adornan dan para hacer predicciones y hasta para volar en escobas cabalgadas. No hay gran diferencia entre unas cuantas hojas de atropina bien cargadas y una brecha en el suelo de la que emanan gases de somnolencia, porque en unas y en la otra viajan los mismos o parecidos componentes químicos.

Pero si fuese solo así, ¿a qué vendría el éxito de las predicciones de Filomena? ¿Al chou, al azar? Daría igual ser ella la del trance, o una fumeta perroflauta con crótalos atados a los dígitos que pide dos perras a la salida del metro de Pirámides mientras se agita las faldas vaporosas para llamar la atención de los oficinistas. ¿Te leo la mano, resalao?

No, Filomena tiene que ser hierba y algo más. Por ejemplo, contra la ictericia, pulverícese un hueso humano y tráguese. ¡Claro! Tiene que haber Diablo escondido, conjuros y haber caído en la marmita de pequeña. Lo de irse del fiadeiro y volver con los ojos bañados en sangre está bien para contar en un fuego de campamento a chicos escolarizados. Lo de las antiguas vedoeiras, discípulas de Magdalena das Pereiras que fue condenada por bruja en Monforte, tampoco le aviene mal; ni lo de hablar de sabias repentinas, sabias pentecosteñas que ora tascan el lino, ora recitan la lista completa de los bancos a los que debemos dinero, con mención explícita de los intereses y el euribor que ha de estar vigente en el futuro.

Y si solo receta unas plantas para infusiones, ¿cómo es que vienen de donde Cristo da las tres voces? ¿No hay nadie, de Ribas de Sil a Langreo, que no conozca la digitalis chupamieles? ¿Nadie tiene su ojo para curar un eccema, la ictericia o un hueso mancado?

La historia crece y se agranda cuando David Bascoy Iglesias, un joven vigués que hasta entonces era apretador en un cine —acomodador, en moderno—, llega hasta Torbeo pidiendo limosna para consultarse de gota y epilepsia, pero se convierte en su partenaire, ayudante, gerente, compañero, representante y mancebo, todo a la vez. De organizar culos en el patio de butacas, David pasa a tener la llave del herbolario y nada hay que indique disgusto en la colaboración, ni en una dirección, ni en la otra. Y el negocio, por decirlo así de crudo, no va nada mal durante años, pues incluso realizan desplazamientos a las ferias cercanas, como los oftalmólogos coruñeses que consultan en los hoteles de los pueblos tres veces al año.

Dicen que David escribe las recetas a máquina, lo cual no resta romanticismo a la pareja. Como si se unieran hoy en día y llevasen las fórmulas magistrales en una hoja Excel, o diesen cita a través de una página de Facebook, que no crean ustedes que es utensilio desusado entre las brujas de Arkansas y por ahí. Y si la máquina de escribir cojea de alguna letra, mejor. Así el trabajo de David estará en plena coherencia estética y nada podremos objetar, máxime sabiendo que la mujer no cobra por sus servicios y se limita a recibir, si la hay buena, la voluntad.

En 1936, mal año para todos, cuando ya ha superado los 70 de edad, la destierran a Monforte y le prohíben, dicen, adivinar. ¿Cómo se puede llevar a cabo una prohibición así? Es imposible, porque estoy adivinando que es imposible. Son cosas del año, porque tampoco se puede achacar a uno de los dos bandos, que en eso de los poderes ocultos la República fue tan reticente o más que la España imperial. Después de todo Franco tenía a mano el brazo de santa Teresa y si eso no es pura teúrgia, que venga Dios y lo vea. Teúrgia contra goecia, y contra ambas, estaca que te crió.

Filomena no se lleva bien con la Iglesia y además, en uno de sus últimos tour de force adivinatorios se le ocurre decir que la guerra la va a ganar la República, que ya es tener poca vista o haberte quedado sin belladona en el aparador. ¡Pero, mujer; si bastaba estar suscrito a cualquier periódico internacional para saber que la República española no levantaba simpatías ni entre ellos! Prueba de lo cual era la cantidad de dinero que escapaba, como ahora pasa con Cataluña.

Lo tuyo fue desgaste, enfermedad, vejez. Te prohibieron adivinar. No hacía falta. Tus disparos ya salen de la escopeta sin fuerza, como ésas de feria que apenas les queda fuelle para lanzar el proyectil más allá de la boca de fuego. Entonces quisiste regresar para que te dieran tierra en Torbeo. Cuentan que no te dio tiempo, que te quedaste en Salgueiros de Vilachá, todavía en A Pobra, y que te llevaron a una fosa común de Rairos para que Patiño te haga allí cinco homenajes antes de ser homenajeado él. No lo sé. El destierro en Monforte de Lemoses incompatible con que te haya recogido durante los dos últimos años de vida la Ana González de la Casa do Garrido. Alguien tiene que estar equivocado.

Me remito a lo escrito y añado, si acaso, que me gusta la historia del traslado en agonía, no por lo que hayas podido sufrir, mujer; sino por lo que tiene de grandilocuente. Esa muerte in itinere sin un lecho donde acogerse está a la altura de lo que tú, Filomena, fuíste en vida. A Felipe el Hermoso lo pasean de arriba abajo por la España toda, y Evita recorre en cadáver miles de kilómetros, aunque sea bajo el precioso nombre de María Maggi de Magistris, que suena mitad a caldo, mitad a virgen en letanía. Pues tú igual, Filomena, pero con más modestia. De Vilachá a Rairos y sin pasar por Torbeo, que era tu auténtico deseo.

Pero a favor de la otra hipótesis está Sara González, la hija de Ana, que asegura el papel hospitalario ejercido por su madre para atender a Filomena en sus últimos tiempos. Sara asegura que efectivamente, la meiga se transforma en otra persona después del mal y también es ella quien le escucha llamar Manolón a Dios, como si fuera Fraga.
Cuando Patiño inicia sus convivios de menciñeiros galaicoportugueses, David Arias, el nieto de la meiga, es el sacristán de la parroquia, lo cual es toda una lección de coherencia gallega, una vela a Dios y otra al Diablo. “Hoxe podería ser unha santa”, dictamina el párroco convencido de la relatividad de la vida. Él ya puso bastantes al Diablo cuando de niño se aterroriza al ver a su abuela hecha una Medusa desaforada en plan niña del exorcista. ¿Quién creería ese niño que es su abuela? 

PERIPECIA VITAL
1865 Nace en Torbeo (Ribas de Sil) 1890 Marcha a Madrid.?
1920 Regresa a Torbeo.?
1936 Es desterrada a Monforte de Lemos.?
1938 (23 de abril) Muere en Vilachá (A Pobra do Brollón) y es enterrada en Rairos (Ribas de Sil). 

Filomena Arias Armesto
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