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Fernando Escobar Ochotorena

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Fernando Escobar, vender 38 cuadros de tacada

Nace en Lugo el año 1936 y desde niño es alumno de Luis Novo Varela

El Progreso 14/07/2021

PABLO ESCOBAR MAESTRO y su mujer, la salmantina Margarita Ochotorena son vecinos de Lugo durante más de dos décadas, entre 1920 y 1950. Él es de Añoza de Campos, en Palencia, y de profesión ingeniero. Llega a Lugo como jefe provincial de Industria, un cargo más técnico que político en aquellos momentos, y aquí se queda hasta su jubilación, bien entrada la posguerra.

En las navidades del primer año del conflicto tienen a Fernando Escobar Ochotorena (Lugo, 1936), que comienza el bachillerato en la ciudad y despierta en ella a su vocación como pintor. Como el padre tiene tierras de labor en  Boadilla de Rioseco, los veranos dejan Lugo y los pasan en Castilla.

Muy joven acude a la academia que ha abierto Luis Novo Varela, el pintor de los verdes, a su regreso de América, y son tan evidentes sus progresos que a la familia le gustaría dejar a Fernando en manos de Novo, pero eso plantea dificultades insalvables.

De cualquier forma, el niño se lleva el verdor y la humedad gallegos al secano de la estepa palentina y será una constante en su pintura. También otros recuerdos de la ciudad, como el pasillo infinitamente largo de su casa, donde él, en un extremo, no escucha a su madre decir el rosario en el otro. O el día en que se compra su primer helado... que no puede saborear porque se lo roban unos pillastres mayores que él.

También en Lugo surge su primer cuadro a los siete años. Es un paisaje holandés con molino en una caja de puros.

Ya en Palencia va a los Maristas por el día y a la Escuela de Artes y Oficios Artísticos, por la noche, para desembocar en la academia madrileña de San Fernando el año 1956, estudios que continúa en el Círculo de Bellas Artes. 

En la capital vive con Santiago Amón, con el que comparte lo que él llama “un piso bohemio” de la calle de la Luna, pagado por doña Margarita Ochotorena. Es Amón quien lo define como “un gallego puesto a secar al sol de Castilla”.

En esa época le gusta observar los pies de los madrileños desde un terraza de una cafetería. “Hasta tal punto que empecé a categorizar por profesiones cada clase de pisada y calzado. Este es sastre, aquel frutero, etc. El gesto es el espejo del alma”.

Más adelante, en 1958, viaja a Berna, donde conoce al marchante suizo, Max Peffaf, que le organiza una exposición donde vende 38 cuadros la mañana en que se inaugura. Después vienen otras en Suiza, Francia, Alemania, Italia y Holanda. En esos años restaura muebles barrocos hasta que en 1964 regresa a Palencia, de donde ya no se mueve. “Nazco en Lugo y muero en Palencia”, dice aún en vida, para remarcar su apego a la ciudad, donde dará clases en la Universidad Popular.

Asimismo funda varios grupos de pintura, el primero de la historia en Palencia, el  Zaguán, el Mazarrón y el Muriel. Viaja con su hijo al Machu Pichu, milita en el ecologismo y es candidato al Senado, aunque “desde que los ecologistas se convirtieron en comunistas, me he separado también de los verdes. No he estado en mi vida ligado a nada y a nadie. Solo a mi trabajo”.

Realiza murales desde que Vela Zanetti rechaza un encargo debido a su edad y lo señala a él como posible autor. A ese siguen docenas de ellos, pues se siente a gusto en los grandes formatos y el mural lo es.

En 2019 le encargan el cartel de la Semana Santa palentina y en 2016 le dedican una calle en Palencia. Entonces dice. “A mis ochenta años sigo fumando y soplando”, lo cual certifica su buena salud.
  
 
 

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