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Constantino Vázquez Abelleira

Veladoira, autor de poesía en gallego, un chotis y dos tangos

Es el único español que en 1931 celebra ver cómo el Gordo de Navidad se lo queda Hacienda  

El Progreso 23/12/19

COMO OCURRE DESDE tiempos de la Pepa, en este 23 de diciembre la prensa recoge lo acontecido en el sorteo de Navidad de la Lotería Nacional. En 1931 se celebra en la Casa de la Moneda, pero a las once y media de la mañana, el Gordo sigue sin salir y solo faltan treinta bolas.

Cuando el niño de San Ildefonso, Juan Chillida, anuncia que los quince millones de pesetas son para el 24.717, una sensación de alivio se extiende por la sala y por toda España. ¡El Gordo existe! Ahora sólo falta saber la ciudad o ciudades afortunadas. La decepción es mayúscula al escuchar que el 24.717 no se ha vendido y que las dos series premiadas con 30 millones van a la reserva, o sea, a la Hacienda Pública.

Las protestas no son comedidas: “¡No hay derecho! ¡Esto es cosa de Azaña, que los manda a la reserva! ¡Vaya un negocio el del Estado! ¡Como si no tuviera bastante! ¡Un robo!”.

Por el contrario, el catalanista Jaime Carner Romeu, recién llegado al Ministerio de Hacienda cinco días antes, es un hombre feliz. De los 435 millones presupuestados sólo se han recaudado 409; así que el pico viene de perlas.

A las protestas se suma algún chiste “¿El Gordo a la reserva? ¡Ni que fuera militar!” Carner declara: “Yo he venido a restringir los gastos y aumentar los ingresos. Soy un hombre de suerte”. Aquella es la primera vez en la que el Gordo no se vende. Y será la última.

El único comentario que avala la tesis de Carner y que se alegra del destino del Gordo lo firma el industrial Constantino Vázquez Abelleira (Outeiro de Rei, 1901), un hombre de derechas y poco afín a la República, como lo demostrará fehacientemente en los años venideros.  

“De no haber tocado el premio Gordo a personas necesitadas del sustento cotidiano, me ha satisfecho y alegrado en grado sumo que haya quedado en las arcas del Tesoro público, pues de esta manera se puede hacer una distribución que equivalga a llevar el abrigo y alimento material a necesitadas criaturas y asimismo alimento espiritual al corazón de los que de verdad sentimos en nuestra conciencia el deber del bien social”.

Y luego se extiende en otras consideraciones que nadie quiere entender, porque el Gordo de Navidad es sagrado para el regocijo y el descorche de champán. La República no se estrena bien en su primera Navidad. ¿O sí?

Constantino, que nace en la parroquia de San Fiz de Paz, vive en Madrid, pero descansa en la San Xiao de Santa Cristina de Cospeito. Además de apoyar las tesis de Carner, escribe poesía en gallego bajo el seudónimo de Veladoira. Suyas son unas Cousas e contos de por aló, (Madrid, 1936), que construye con pluma propia y ajena, y que son de difícil clasificación.


Metido en harina política, entrega a la Imprenta de El Progreso un folleto titulado ¿Quién trajo la Revolución? (Lugo, 1937),  donde denuncia “las lacras sociales inspiradas en Rusia que llevan a España a la ruina”, porque Constantino puede defender el Gordo para el Estado, pero no el todo el Estado para el Gordo. Regala 75 ejemplares del folleto a los heridos convalecientes en Lugo.

Otras incursiones  suyas en la creación musical y literaria _ que no conocemos _, son Mi mujer se casó, Las desdichas de un enamorado (Madrid, 1952), el chotis Don Narciso, el pasodoble San Rafael y los tangos Club San Carlos y Luces de colores.

Vázquez Abelleira fallece el 23 de julio de 1966 en Becerril de la Sierra, aunque es trasladado al cementerio de la Almudena. Le sobreviven dos hijos, Constantino y María del Carmen, fruto de sendos matrimonios.

Constantino Vázquez Abelleira
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