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Benigno Díaz Álvarez

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Díaz Álvarez, el último de Filipinas que vive año y medio prisionero 

Cuando el soldado regresa a Láncara, su madre sufre un desmayo, pues lo cree muerto 

El Progreso 18/10/2021

EN NOVIEMBRE DE 1896 entra en quintas Benigno Díaz Álvarez (Láncara, 1877), un muchacho que apenas conoce límites más lejanos que los de su parroquia natal de San Vicente de Carracedo.

Es destinado al batallón de Cazadores de Cuba, número 17, acuartelado en Córdoba, donde pasa los dos meses siguientes aprendiendo la instrucción. O algo parecido.

En diciembre sortean a los soldados y a Benigno le toca embarcar hacia Filipinas en el vapor Magallanes para combatir la rebelión. Sin despedirse de sus padres, va de Sevilla a Cádiz, y de la Tacita, a Barcelona. Luego, el Mediterráneo, donde una descomunal tormenta los deja tres días a la deriva en el Golfo de León. Muere uno de ellos y se quedan sin el ganado que llevan para alimentarse. En España se da por perdido el vapor.

Entre gritos y llantos se recupera la calma y logran tocar los puertos de Port Said, Colombo y Singapur hasta desembarcar en Manila el 25 de enero de 1897. Durante la travesía Benigno realiza su primer disparo. Ese era su nivel de instrucción.

Los mandan a Bulacán, donde sabe lo que es pasar dos días sin comer. Luego, el 20 de marzo, el primer combate. El sargento les había dicho: “¿Veis la punta de la bayoneta? De ella tienen que colgar las tripas de los rebeldes”. El suboficial muere en esa batalla.

Después va a Nueva Écija y a Aliaga. El 3 de septiembre el general sublevado Mariano Llanera los amenaza con la llegada esa misma noche de 5.000 rebeldes. Entre guardias civiles y soldados ellos eran 75. El primero en caer es su capitán.

Las columnas de refuerzos no pueden llegar a Aliaga y aún así el asedio dura cuatro días, cuando el general Castilla logra dispersar las tropas de Llanera.

Les prometen la Cruz Roja del Mérito Militar y Benigno cree que se irán a la península, pero aquello no es más que un punto y seguido.

Permanecen en Aliaga hasta 1898 y luego combate en varias provincias. De vuelta en Lugo dirá: “Creo que también me concedieron otra condecoración”. El 22 de julio de ese año, su comandante de Dagupan, Federico Zeballos, se rinde y cae prisionero. En esas circunstancias va a permanecer hasta el 25 de enero de 1900, es decir, año y medio.

Anduvo descalzo y medio desnudo de un lugar a otro hasta ser entregado a los norteamericanos y reenviado a España. Cuando le dan unos zapatos no sabe andar con ellos. Con todo y eso, les guarda un cariño especial a todos los filipinos con los que pasa esos 18 meses, pues al fin y al cabo sobrevive.

Cuando su madre lo ve entrar en su casa de Carracedo sufre un desmayo y se cae sin sentido. En su familia piensan que ha muerto.

El resto de su biografía es menos emocionante. Se instala en un salón de limpiabotas de la Puerta del Sol madrileña que llega a ser de su propiedad y luego abre una taberna en la calle Gerona.

Más adelante se traslada a Lugo para abrir un tienda en la calle Castro Gil y allí vive con su mujer y sus dos hijas, presumiendo hasta sus últimos días de una salud de hierro.
Nada dice de sus años en Filipinas hasta que en 1958 lo localiza el periodista de El Progreso López Morán. Ocho años más tarde, cumplidos ya los 89 de vida, se presenta en la redacción con un recorte de ABC en la mano. En él se habla de Luis Ruiz de la Torre, un vecino de 90 años de Moral de Calatrava, en Ciudad Real, a quien se califica como uno de los últimos de Filipinas todavía con vida.

_ En Lugo hay otro.

_ ¿Quién? _ le pregunta Rivera Manso.

_ Yo.

Había perdido algo de vista, pero se sentía “como un rapaz de 30 años”. 
 

Benigno Díaz Álvarez
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