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Aniceto Castro Piñeira

Gallegos la víctima, el asesino y el testigo 

Hace 83 años (13-VII-1936), Calvo Sotelo, José Rey y Aniceto Castro coinciden en el mismo vehículo

El Progreso 13/07/19

EL ASESINATO DE Calvo Sotelo fue un crimen de Estado con anuncio incluido, cuyos extremos se conocen casi desde el primer momento. Ocurre tal día como hoy de hace 83 años.

El guardia de Asalto Aniceto Castro Piñeira (Pol, 1910?) es hecho prisionero de guerra en el sector del Hospital Clínico del frente de Madrid, calle de Isaac Peral, y luego trasladado al campo de prisioneros de Talavera de la Reina, una circunstancia que lo pone al alcance de la prensa y que nos permite contar con un testimonio directo desde el lado de los ejecutores. Él es uno de los catorce o quince guardias que salen del cuartel de Pontejos con el objetivo de matar al jefe de la oposición y diputado monárquico. Que el inspirador de esta represalia haya sido Indalecio Prieto, el propio ministro Casares Quiroga, el director general de Seguridad, Mallol, los oficiales de Pontejos o todos ellos en sintonía, son las últimas sombras del caso.

Castro Piñeira habla con Miner Otamendi, redactor de la agencia Faro, y con Raniato, de Fotos, probablemente un seudónimo del mismo periodista, que lo describe como un “hombre joven, un poco rubio, y ademanes desenvueltos”.

“Yo nací en el pueblo de Pol, en la provincia de Lugo”. Y sobre su decisión de ser guardia de Asalto, dice: “Mis padres eran campesinos y yo no quería trabajar en la tierra. Me hice cantero y después trabajé en una serrería, hasta que el año 1934 hice oposición a plazas de guardia de Asalto, ingresando en ellas y siendo destinado a la plantilla de Oviedo”. 

Además de Casares, otros dos personajes se han referido alguna vez a la muerte de Calvo Sotelo, Ángel Galarza y la Pasionaria. Es un objetivo preferente en aquel concepto criminal de la política. Por encima de José Antonio y de cualquier otro diputado. El tudense se sabía amenazado y el peligro pudo palparlo al comprobar que se le adjudican escoltas cercanos a Indalecio Prieto, cuya misión no iba a ser protegerlo, sino espiarlo, y llegado el caso de un atentado, colaborar con sus atacantes.

Castro Piñeira entra a las diez de la noche del 12 de julio en Pontejos, a las órdenes entonces del comandante Murillo.  “Aquel mismo día había ocurrido la muerte del teniente Castillo, y no se hablaba de otra cosa, los oficiales entraban y salían y llegaban bastantes paisanos que comentaban la muerte de Castillo, en términos de gran exaltación. “Hay que acabar con los fascistas”, decía uno. “Tiene que caer algún pez gordo”, decía otro. Y estando así el ambiente llegó vestido de paisano, el capitán Condés, de la Guardia Civil. “Estad tranquilos _ nos dijo _, tranquilos y preparados, porque el Gobierno está dispuesto a que no quede esto así”. Menos sombras.

A las doce y media, el teniente Lupiol transmite una orden escrita al guardia José Rey. “Me parece que esta noche vamos a tener caza”. Aniceto recuerda: “Creímos al principio que se trataba de detenciones como represalia por la muerte del teniente Castillo; pero pronto vimos que algo más grave se preparaba. El coruñés José Rey, que había sido pistolero y se jactaba de haber tomado parte en más de un suceso sangriento”.

 “¿A qué hora fuiste a casa del señor Calvo Sotelo?” Y él responde: “A las dos menos diez de la madrugada, ya del día 13 de julio.

Jose Rey será el autor del disparo. El periodista y diputado socialista bilbaino, Julián Zugazagoitia Mendieta, cuando se entera del asesinato de Calvo Sotelo, manifiesta: “Ese atentado es la guerra”. Solo median cinco días para confirmar que acierta de pleno el terrible vaticinio.

Aniceto Castro Piñeira
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