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Navajas made in A Fonsagrada

Avelino Fernández, en su taller de Penamaría. SEBAS SENANDE
Avelino Fernández, en su taller de Penamaría. SEBAS SENANDE
Avelino Fernández compatibiliza el cuidado de su granja en la aldea de Penamaría con la fabricación de navajas, un arte ancestral que aprendió de su abuelo siendo tan solo un niño

Cuchillería suiza, de Albacete, de Taramundi... ¿Y por qué no? De A Fonsagrada. Concretamente en la aldea de Penamaría el ganadero Avelino Fernández ayuda a mantener vivo este arte ancestral, un oficio que compatibiliza con el cuidado de su explotación con 30 cabezas de ganado. Este fonsagradino de 52 años se crió entre filos, mangos y acero, y siendo solo un niño aprendió a montar navajas de la mano de su abuelo Antonio.

"Meu avó aprendeu o oficio de seu pai, que era do veciño pobo asturiano de Santa Eulalia de Oscos. Alí usaban para fabricar as pezas a técnica de Taramundi, pero eles déronlle o seu propio toque", explica el hombre, quien recuerda las largas horas que pasaba junto a su abuelo en el taller. "A min entantábame ver como dun anaco de aceiro e madeira saían pezas tan fermosas, e pouco a pouco fun aprendendo tamén eu a facelas".

De este modo, un oficio tan meticuloso y paciente se convirtió en un hobby para Avelino Fernández, que tras la muerte de su abuelo se propuso mantenerlo vivo. "Navallas fíxenas toda a vida, pero nunca me dediquei profesionalmente a isto. Cando era mozo estiven varios anos en Madrid por motivos de traballo e hai 30 anos decidín montar o meu propio taller na miña casa de Penamaría", explica.

El artesano diseña piezas con mangos en madera y usa materiales tan originales como cuernos de vaca o corzo e incluso balas

En la actualidad, en su pequeño rincón, Fernández da vida a sus pequeñas joyas, un proceso tan delicado como laborioso. El primer paso es fabricar el mango, que siguiendo con la técnica de sus antepasados diseña con materiales tradicionales como madera o cuernos de vaca, pero también ha decidido innovar usando astas de corzo o balas para sus creaciones. "Hai anos este paso era moito máis laborioso pois faciamos todo a man. A pezas tallábanse coa lima e era moi complexo", precisa el artesano, que hoy en día utiliza un torno eléctrico. A continuación, la hoja de la navaja de acero inoxidable se doma al fuego con el calor del carbón como hace siglos. Y por último, se afilan a mano una a una y se graban con el sello familiar: una A mayúscula. "Esta era a marca de meu avó e segue sendo a miña", señala.

Cada creación de Avelino es única y los mangos son totalmente personalizados. "Póñolles o nome, as iniciais ou o que me soliciten", explica el hombre, quien en la actualidad tiene puntos de venta en A Fonsagrada y Santa Eulalia de Oscos, pero sobre todo trabaja por encargo en el número 666.28.47.00. "Chámame moita xente de toda a contorna, pero tamén galegos emigrados no País Vasco ou Cataluña que queren levar un recordo de aquí", comenta este artesano.

MINIATURAS. Para este fonsagradino su taller es un rincón para evadirse y echar a volar su imaginación. Sus últimas creaciones son unas pequeñas navajas cuya hoja mide apenas dos centímetros y están diseñadas con todo lujo de detalles. "Estou sempre innovando, é unha maneira de distraerme e coñecer xente pois a gandeiría é un traballo moi duro e nas aldeas cada vez hai menos veciños", dice. En la actualidad diseña una media de una docena de navajas diarias y cada vez tiene más demanda. "Cando teño un momento libre na granxa veño ao taller, non fago máis porque non dou feito", explica Fernández, uno de los pocos artesanos cuchilleros que mantiene vivo este oficio en la montaña lucense.

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