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El porco celta, un negocio en auge

Varios ejemplares de porco celta. JOSÉ Mª ÁLVEZ
Varios ejemplares de porco celta. JOSÉ Mª ÁLVEZ

La cría del porco celta se ha convertido en los último años en una salida para algunos jóvenes. Con más demanda que oferta, es un producto con muy buena salida y que cada vez tiene más aceptación entre los consumidores, Su alimentación y su crianza en extensivo ofrecen una carne tierna y exquisita

LA CRÍA del porco celta está de moda. En Galicia había contabilizadas en 2017 un total de 122 explotaciones, y en los algo más de tres meses que llevamos de este año se han incorporado otras 8 o 10, según datos de la Asociación de criadores de ganado celta (Asoporcel). De estas, más del 40% están en la provincia de Lugo y una decena se encuentran en la comarca mariñana, donde son cada vez más los emprendedores que se atreven con un negocio que da beneficios.

Uno de los factores que más anima a los ganaderos que apuestan por este animal es su excelente salida. En estos momentos hay más demanda que oferta. La búsqueda de una carne distinta, más exquisita y de proximidad, de animales autóctonos de Galicia, hace que su demanda se haya disparado en los últimos años.

Y es que la morfología del cerdo celta es completamente distinta a la del cerdo blanco, el más consumido. Lo explica Iván Rodríguez, director técnico de la raza porco celta que trabaja para Asoporcel: «El porco celta es un animal muy grande, arqueado, con un pata muy fina; el crecimiento en comparación con un cerdo normal es más lento, se sacrifican cuando llegan a los 10 ó 12 meses, mientras que los otros a los 6, y pueden llegar a pesar 120 kilos en canal», argumenta. «La carne, al ser un animal que se cría en extensivo, al aire libre, es más roja, tiene hebras de grasa veteada que la hacen más jugosa, más tierna».

La alimentación es otra de las diferencias que marca al porco celta. Consume productos de la huerta, lo que el animal coge por el monte, y eso está complementado por tres mezclas de cereales que hizo Asoporcel para los criadores de poco celta, para las tres diferentes etapas, donde no hay medicamentos y sí se utiliza la cebada, el maíz o la soja, entre otros productos.

Dentro de las explotaciones que se dedican al porco celta hay dos tipos: las reducidas y las industriales. En total, el 95% de ellas son reducidas, donde se puede tener cuatro hembras reproductoras y un macho y la descendencia o optar por no tener reproductoras pero si 25 animales de esta raza, cebarlos y venderlos más tarde. «Explotaciones industriales debe haber 5 o 6 en toda Galicia, con un volumen de hembras mucho mayor, pero son una minoría», dice Iván Rodríguez.

A la hora de vender los porcos celtas, una vez cebados, hay muchas opciones para los criadores. Los hay que cierran el ciclo y los comercializan ellos mismos, como puede ser la carnicería Hermelino, en O Valadouro, aunque también venden despiece a otras carnicerías de la zona. Los hay que los venden a industrias transformadoras, que son las que se encargan más tarde de llevar estos productos a las grandes almacenes. Y los hay que los venden a particulares.

Los últimos datos de los que se tiene constancia son de 2017, donde se mataron unos 2.000 porcos celta. Hubo 2.648 nacimientos de animales de esta raza.

CONTROLES. Los controles que se hace desde Asoporcel son exhaustivos. «Nosotros visitamos todas las granjas, cada criador tiene la obligación de avisar cuando se cubre una hembra, identificar cada nacimiento, dar una comunicación de altas y bajas... Y nosotros revisamos constantemente el censo de las explotaciones, recogemos muestras de sangre y de pelo para genotipar a los reproductores. Podemos decir que el 90% de la cabaña de porco celta está genotipada», dice Rodríguez, que afirma que el porco celta «es el único animal que tiene el distintivo de ser cien por cien raza autóctona celta, y eso nos da un plus para que se sepa que lo que consume el público es porco celta, porque todo va etiquetado y hay una trazabilidad», argumenta.

Lo que tratan de hacer desde Asoporcel es ayudar a los criadores a que sea una actividad cada vez más rentable con el objetivo de recuperar esta raza autóctona. «Hemos firmado varios convenios con empresas de alimentación, seguros agrarios, hemos llegado a acuerdos para abaratar costes, hacemos jornadas de formación... y eso ha provocado que cada vez exista más interés sobre todo de la gente joven», dice Rodríguez.

El precio al que se vende el kilo de porco celta cuando sale del criadero oscila entre los 3 y los 6 euros, según explica Rodríguez, dependiendo si se vende a industria o a particulares. En el supermercado o la carnicería puede estar en los 9 euros el kilo.

La dificultad de encontrar fincas

►Este mariñano está en proceso de montar una explotación reducida como complemento a la que ya tiene de vacuno. Le anima la buena salida que está teniendo la venta de estos animales

Antonio Rodríguez Fernández está dando los pasos necesarios para montar una explotación reducida de porco celta. «Estoy pendiente de darme de alta, preparando las fincas y lo veo como algo complementario a la explotación de vacuno que ya tengo», explica este joven que posee su empresa en Cangas de Foz.

«Me gusta el porco celta, porque es una raza autóctona, es algo tradicional y no industrial; siempre me interesó y creo que está en auge», argumenta Rodríguez para explicar porqué está dando el paso para hacerse con una pequeña remesa de porcos celtas. «Es algo que ahora mismo está funcionando muy bien y eso anima. La gente tiende más a tirar por los productos tradicionales que industriales, por la ganadería ecológica, algo distinto, fuera de lo industrial», advierte este joven, que afirma que la mayor dificultad a la hora de tener porcos celtas es «hacerse con fincas, porque tienes que tener bastante extensión, y aquí las fincas son muy pequeñas», apunta.

Reportajes como el que hizo el programa Salvados de Jordi Évole sobre explotaciones de animales hacen que el consumidor apueste cada vez más por los productos que generan más confianza, de proximidad. «Incluso mucha gente compra directamente a las ganaderías, sin pasar por la carnicería, porque les da más confianza; además saben que están comprando buena calidad».

Otro de los obstáculos que hay que salvar a la hora de empezar con una explotación reducida de porco celta es hacerse con los animales. «Ahora mismo, si quieres comprar animales para cebar, es difícil hacerse con ellos, porque
no hay suficiente producción», explica Rodríguez.

Acostumbrado a trabajar en una explotación ganadera, para él no es una novedad lo de estar al pie del cañón los 365 días del año. «Eso no te lo quita nadie, porque eso siempre digo que tiene que ser algo que te tiene que gustar, algo
vocacional, si no, no sale adelante», dice, pero afirma que tampoco la crianza de porcos celtas es algo que le dé mucho trabajo. «No te quita mucho tiempo, tienes que echarles un vistazo por la mañana y otro por la noche, echarles de comer, estar pendiente de cuando las hembras estén en celo...», argumenta un hombre que ya está
acostumbrado a trabajar en este sector.

Un proyecto para hacer visitas guiadas

►Adrián está presentado una finca para que los visitantes puedan ver todo el proceso, desde que nace el lechón hasta que se sacrifica. Venden en la carnicería Hermelino y a través de internet

A través de la carnicería Hermelino, en O Valadouro, Adrián Sixto y su familia llevan desde hace casi ya una década criando porcos celtas. En estos momentos tienen medio centenar de ejemplares. «Nosotros hacemos reparto a otras carnicerías con despiece, a restauración, al público a través de nuestra carnicería en Ferreira, y también a otros lugares a través de la tienda on line», explica Adrián Sixto. De hecho, han tenido pedidos de particulares de Barcelona, Madrid o Sevilla, entre otros lugares. También del extranjero, «pero puntuales».

Adrián reconoce que la demanda de carne de porco celta aumentó mucho de dos años para aquí. «Tuvo una publicidad grande, porque es una raza autóctona y esto está en auge», argumenta. Cuenta como alimenta a sus animales. «Los porcos celtas se alimentan a base de verduras, remolacha, patatas, cereales, pienso... Tienen una alimentación mucho más variada de la que puede tener un cerdo blanco, porque como los tenemos por fuera aprovechan los recursos naturales que tenemos en las fincas», apunta. Además, como sus compañeros, apunta que el tiempo del animal es de «un año o más, mientras que en una granja de cerdo blanco se matan a los seis meses».

La carne de estos ejemplares tiene un coste superior cuando llega al consumidor. «Puede ser un 40% más caro que el cerdo blanco. Por ejemplo, si un costillar de cerdo blanco está a 5,85 euros el kilo, el de porco celta puede estar a 8,50», advierte.

En esta explotación quieren seguir dando pasos y tienen un proyecto que piensan que puede estar listo de cara al 2019. «Tenemos una finca nueva, que estamos preparando, para hacer visitas guiadas, para que la gente vea todo el proceso, desde que nace el lechón hasta que se sacrifica», explica Adrián.

Se puede medir el auge del consumo de este tipo de carne por la cantidad de ferias y jornadas que se realizan y que tienen al porco celta como protagonista. «En O Lugar do Sixto hicimos una jornada hace poco, en el bar Asturias
de Ferreira hace poco también, en Vilalba...», cuenta. «Y también hay cada vez más ferias de razas autóctonas, como la que hubo hace apenas un mes aquí mismo, en O Valadouro».

Una vía de escape tras un mal momento

►Esta mindoniense comenzó hace un lustro con la explotación tras quedar viuda y sin trabajo. La criadora afirma que nunca ha tenido problemas para vender sus cerdo a elaboradoras

Lucinda Monasterio comenzó a criar porcos celtas hace un lustro. Un mal momento vital (se quedó viuda y sin trabajo) le hizo decantarse por esta alternativa «porque era algo que me gustaba». En estos momentos, esta mindoniense cuenta con unos 30 animales de esta raza autóctona, entre las que se encuentran las cuatro hembras que permite tener la ley para este tipo de explotaciones.

Uno de los motivos por los que mucha gente está apostando por criar porcos celtas es por su excelente salida al mercado. «Yo los vendo a tres elaboradoras de porco celta; a día de hoy nunca tuve problemas, cuando veo que ya tienen el peso adecuado les llamo, y puede tardar 15 días o lo máximo un mes, pero siempre tienen salida», relata Monasterio.

EL DÍA A DÍA. El día a día de Lucinda está amarrada a su pequeña explotación. «Les doy de comer una vez al día, sobre las cuatro de la tarde; ellas están al aire libre, en la finca, y siempre hay cosas que arreglar, como las estacas, el pastor eléctrico, hay que estar cuando las porcas paren, cargarlos para llevarlos al matadero... siempre hay faena», explica. Ella utiliza este pequeño negocio como un complemento para su pensión de viudedad. ¿Pensaría en dejarlo si le ofrecen un trabajo fijo? «A día de hoy tendría que ser un sueldo bueno y un trabajo aquí cerca, sino prefiero quedarme con esto», dice.

Una de las peculiaridades que tiene la crianza de porco celta es que es al aire libre. Además, la alimentación es muy distinta a la que se puede dar al cerdo blanco. «La alimentación es una mezcla que me hacen en una fábrica siguiendo las pautas que da Asoporcel; y luego lo que van comiendo por la finca», apunta. Sobre el sabor, afirma que es completamente diferente al del cerdo blanco. «Tiene otro sabor que el cerdo que se cría en una granja, en una cuadra», dice. «Ese tipo de cerdos los engordan cuanto antes y a los seis meses ya van al matadero; estos los tienes un año, y es una carne muy exquisita porque se ha criado en el campo».

Con una finca pequeña, Lucinda Monasterio no se puede plantear ampliar la explotación. «Son fincas pequeñas las que tengo, al lado de casa y no me puedo permitir, por ejemplo, tener vacas autóctonas, porque no tengo espacio», concluye.

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