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El Cason, 30 años del hundimiento del barco que cambió el rumbo de la Costa

Concentraciones contra la llegada de los bidones del Cason a San Cibrao. AMA
Concentraciones contra la llegada de los bidones del Cason a San Cibrao. AMA

El buque encalló frente a Fisterra causando la muerte de 23 tripulantes y dejando a la deriva su carga supuestamente tóxica. Los bidones terminaron a 300 kilómetros generando un conflicto laboral por el parón en la actividad de Alúmina

Ningún acto recuerda este martes el hundimiento, el 5 de diciembre de 1987, del buque Cason frente a las costas de Fisterra. Un hecho que, cosas de la vida, terminó sacudiendo a la comarca de A Mariña, a 300 kilómetros de distancia, pues un cúmulo de decisiones no siempre acertadas terminó con parte de la carga que transportaba el buque -supuestamente tóxica, pero que sigue siendo una incógnita hasta el día de hoy- a las puertas de la factoría de Alcoa, entonces todavía Alúmina-Aluminio y en manos del Estado.

"Nunca pensamos que la noticia del embarrancamiento pudiese tener el calado que en nuestras vidas tuvo", recuerda José Luis Súarez Muñiz, uno de los 1.750 trabajadores con que contaba entonces la planta y que se vieron, casi de la noche a la mañana, sin trabajo. Unos hechos que rememora tres décadas después gracias a una gran meticulosidad que le ha llevado a guardar recortes de medios locales y nacionales, a ordenarlos con mimo y a pasarlos a limpio hasta convertirlos en una publicación «con el fin de que las nuevas generaciones que día a día rejuvenecen la plantilla de la empresa sepan lo que pasó en aquel diciembre de 1987, en que nuestro sustento, nuestros hogares y nuestras familias pasaron por momentos desesperados y peligrosos», cuenta.

El embarrancamiento del Cason provocó el desalojo de unas 12.000 personas de las poblaciones coruñesas afectadas por el temor de la carga que transportaba el buque, parte de cuyos bidones llevaban una etiqueta con una calavera y la leyenda "Poison 6". Suficiente para no querer tenerlos cerca y, tras varias opciones, se decidió llevarlos por carretera hasta el antiguo campamento militar de Parga. Una medida que encontró una gran oposición vecinal, que hasta montó barricadas para impedir que entraran y que incluso se enfrentó a las fuerzas del orden.

La paralización hizo temer el cierre de una empresa de la que vivía, y aún lo hace, una comarca escasamente industrializada


En A Mariña se seguían las noticias casi por encima y pocos podían predecir que, de reclamar el tren de laminado para la planta aluminera, se pasó a ver muy cerca su cierre. Una posibilidad que no fue tan remota por el conflicto laboral en que derivó la decisión de transportar los bidones hasta el puerto de la factoría, con el fin de que siguieran por mar hasta Amberes -destino al que se dirigía el Cason, que había zarpado de Shangai- y a lo que se opusieron totalmente los trabajadores, mientras los bidones permanecieron en camiones en la playa xovense de Lago.

Las medidas de protesta de la población fueron en aumento, una tensión que también iba creciendo dentro de la factoría, donde el comité de empresa decidió que se evacuara la planta mientras se hacía el trasvase de parte de los bidones, lo que dejó a la empresa sin actividad al pararse la producción de dos de las cubas de electrolisis. Los sindicalistas siempre defendieron que fue una medida para salvaguardar la integridad física del personal, pero para la factoría fue un acto de irresponsabilidad que provocó pérdidas millonarias.

Aunque algunos operarios empezaron a incorporarse, la suerte estaba echada para muchos de ellos, pues se abrió un expediente de regulación de empleo para 574 trabajadores, además de despidos disciplinarios para los 116 que desatendieron la orden de prestar servicios mínimos y a los 23 del comité de empresa. Estos últimos nunca recuperaron su empleo, cosa que sí fue consiguiendo el resto.

El apoyo social y político pasó de ser abrumador a quedarse en algo residual mientras la factoría fue poco a poco recuperando el ritmo y la comarca la esperanza, mientras la carga llegaba a su destino y algo se rompía para siempre en el corazón del sindicalismo mariñano.

Para muchas familias aquella Navidad fue, seguro, la más triste de sus vidas en una época en la que Eta atentaba —11 muertos con un coche bomba en Zaragora el 12 de diciembre—, Gea Escolano era el obispo de la diócesis y el Gordo de Navidad se fue a Alicante.

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