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"Esta aldea tiene algo, te da mucha energía"

Cuatro jóvenes llegaron hace meses a casa Farrucón buscando cambiar de vida. Ep
Cuatro jóvenes llegaron hace meses a casa Farrucón buscando cambiar de vida. Ep
Vilarxuvín es un oasis en el bosque de A Pontenova al que muchos ven futuro turístico y otros un apartado lugar de vida alternativa 

"Nunha punta atoparás a Evaristo, que vive na antiga escola, e na outra a uns rapaces que viñeron de fóra e fan alí vida alternativa". Era la recomendación para contactar con los habitantes de Vilarxuvín, la aldea de A Pontenova que se hizo famosa hace años a raíz de las fotos y libros del retratista Vicente Ansola.

Un lugar mágico entre brumas al que todos quieren ir, o volver. Pero, ¿cuántos se quedan? El hilo sobre una historia neorrural debería haber cobrado actualidad por el éxodo desde las ciudades al campo que ha inducido la pandemia de coronavirus. Llegar a Vilarxuvín, en un desvío de la carretera de A Pontenova a A Fonsagrada, supone atravesar uno de los escasos bosques autóctonos que quedan en el municipio, y el inicio de la ruta de A Seimeira donde la naturaleza, los molinos y saltos de agua dan vida a la Fraga das Reigadas. Y la vida parece agarrarse de nuevo a Vilarxuvín tras décadas de éxodo.

La escuela es de otro tiempo y la mayoría de vecinos como Ernesto o Rogelia, mayores 

Es Manuel, de la casa de Xanón, el que recibe a visitantes y ofrece información, ya jubilado, tras una vida entre el agro y el ganado. Agosto ha sido un ir y venir de coches, furgonetas de Madrid, Valencia, Andalucía, Barcelona...

escuela vilarxuvín

Los chicos del otro extremo del pueblo parecen convencidos.

Ellas se mudaron desde Vilagarcía y ellos desde la ciudad. El madrileño Roberto se dedica a camperizar furgonetas usadas y Álvaro es ceramista, mientras Catuxa Salom compone música gallega con ritmos tribales para un próximo disco después de difundir canciones a domicilio con las que sobrellevar la pandemia.

Buscando un cambio de vida, alquilaron la Casa Farrucón, la de los músicos y ‘festísemas’ de la zona. "En esta casa —dicen— siempre había gaiteiros y son célebres sus pasacalles". En la memoria, Edelmiro de Vilarxuane, pero las foliadas recientes remiten a Nela de Bres, Modesto da Fonsagrada, Otilio de Burela, Freixo, Elvira, Noelia, Darío, Sobrado, Raúl Galego, Yanes, Severo, Josiño ... Para estos veinteañeros llegar a la aldea ha sido como «entrar en la casa de alguien" y reconocen que la realidad de los abuelos que no se han movido en ella es muy distinta a la suya, aunque quieren respetar su estilo de vida.

"Repartimos pan, intentamos mediar pero se ha perdido un poco la esencia de comunidad", dicen. Deben mudarse de vivienda y no están seguros de quedarse: "No sabemos si es nuestra aldea; es mucha la niebla, hay poco sol y las patatas se estropean si no sulfatas".

Tampoco está normalizado lo de vivir sin camiseta cuando aprieta el sol. Se lanzaron a montar el gallinero y a cultivar el huerto, con grandes calabacines, patatas, tomates, ajos, cebollas, guisantes... comen de lo que da la tierra, que en Vilarxuvín es empinada pero fértil. Ahora la mayor parte lo está engullendo la implacable vegetación.

"Los caseros, que rehabilitaron la casa, quieren volver desde Ibiza y no renovarán el alquiler, pero nos quedaremos por la zona", afirman. Ha sido un año duro pero siguen decididos a su nueva vida: "Ahora en el rural estamos conectados, el espacio tiempo es diferente y tenemos los medios para ganarnos las vida, con internet, los idiomas, el avión cerca... sin tener que depender de un trabajo fijo. Aquí es muy barato vivir, con reunir un poco de dinero y unas placas solares... nada que ver con la ciudad", dice Roberto, recordando que hace 30 años en Vilarxuvín no había luz eléctrica y se bajaba al molino de Reigadas a moler el grano para comer. 

Sin embargo, su plan no sigue exactamente la comuna o el vegetarianismo. "Tengo ganas de aprender a cazar, jabalí y corzo, que por aquí hay mucho, pues no estamos a favor de alimentar la industria cárnica. Eso te ata y se trata de ir eliminando ataduras y hacerlo uno mismo", explica.

Semeja un camino de vuelta: "Nuestros abuelos se fueron del campo esclavizados con el ganado y nosotros hemos comprobado cómo nos engañan en las ciudades, esclavizados allí once meses para luego tener un mes de vacaciones".

Sergio, un amigo barcelonés que tienen de visita a la mesa, también está mirando de asentarse "por una zona de más arriba", quizás en el Pirineo. "Mis abuelos huyeron de Franco en la guerra y pasaron hambre y si vieran la cantidad de comida que se tira en las grandes superficies".

Dicen que urge un cambio de conciencia y abandonar el consumismo. Pero en el pueblo hay quien no los entiende. Otros vecinos de fin de semana o verano se han limitado a buscar un lugar idílico para desconectar o explorar el negocio turístico, como sucede en el cercano Neipín e hizo Ansola en Vilaemil, donde rehabilitó dos casas para turismo rural y al cabo de un tiempo cedió su explotación a otra persona, regresando a sus tiendas de fotografía en Cantabria.

Manuel recuerda que Vilarxuvín ha pasado de 26 casas abiertas a apenas cuatro, la mayoría ancianos: "Isto acábase, as rutas e vacacións están ben pero botar dous días non é vivir no pobo. É bo para que non caia todo e seguramente para os contratistas e o dos mobles" y recuerda que solo techar en condiciones algunas casas de la zona ha costado por encima de 3.000 euros.

Manuel recuerda que de 26 casas abiertas, solo quedan cuatro aunque la superficie de huertos es considerable 

En el pueblo una de las que está primorosamente restaurada es la Casa de Freije. Allí pasa el verano la única peque de Vilarxuvín, la espabilada Patricia. Con siete años, esta granadina rockera a la que encanta Extremoduro refleja la historia de la emigración.

La abuela se había mudado a Lugo con una familia, en Madrid conoció a su esposo y la hija, María, vive ahora en Granada. Vuelven porque también aprecian la tranquilidad y autenticidad del lugar de origen, casa con lareira, de la que tiene papeles del año 1700, y toda la ‘tecnología’ antigua para la subsistencia. La niña disfruta enseñando la lareira, los escanos, zocas, artesas o el arado de madera. La madre recuerda grandes reuniones de y comidas por las mallas en una aldea que sigue "recollidiña".

Todavía en los años 80, llena de familias, se llegaba por pista forestal hasta San Paio. María está orgullosa de sus orígenes: "Esta aldea tiene algo, te da mucha energía". En cambio, el veterano Evaristo, que siempre vivió en Vilarxuvín y ha cumplido los 87 años, es más escéptico. "O mellor de Vilarxuvín? Non hai o mellor", sentencia.

Vive con cinco gallinas y un terreno de patatas en la casa del maestro, junto al aula y los pupitres que parecen esperar congelados a los escolares de los años 50. Él nunca pudo estudiar. "Axudei a facela no 1958 —explica— e mira a pedra que levaría das medidas de 20 por 7 metros que se trouxo do monte en carretos, coma os mineiros. Aquí a mestra que tivo máis foi Marina, de Seixosmil, que botou once anos. Logo xa se montou o centro escolar na Ponte". 

Rogelia Vilarxuvín

Que tampoco solucionó el abandono interior pues la población en A Pontenova se derrumba. Quienes la conocimos hace 40 años no damos crédito a la despoblación urbana. En una acera del mismo centro, antaño un hervidero de familias, apenas viven dos Veigas. Y ya no miremos hacia el Pozo da Ola. Eso sí, la carne se cría frente a Vilarxuvín y se vende en la carnicería de la villa que tuvo una pujante feria.

Otra que resiste en la aldea es Rogelia, de 83 años, musa de Ansola. La fotografiamos cerca del callejón bajo el hórreo que está dedicado al célebre fotógrafo Retratista. "É meu amigo, quérolle como ás millas fillas. Foi ouro puro, promocionando Vilarxuvín cos libros e fotos. A unha das habitacións das casas de Vilaeimil púxolle o meu nome; outra a José Benito, que xa morreu; outra a Soledad e outra a nome de Avelina de Cerdeira. Ansola veu verme fai pouco", añora Rogelia.

Difícil marcha atrás: la credibilidad y los servicios, el problema 
La gravísima situación demográfica del área interior y oriental de Galicia —Vilarxuvín linda casi con Asturias, donde también el declive de la población es muy acelerado— hace mucho que lo reconocen las administraciones y hay promesas electorales de uno u otro signo sin conseguir revertirlo.

Es poco rentable electoralmente para los grandes centros de poder, más pendientes de las ciudades y el eje atlántico A Coruña y Pontevedra. Fuera de la propaganda, la demografía tiene poco peso en la agenda política, no se avanza en competitividad ni en la equiparación de salarios con el medio urbano.

Hace ya años José Antonio Aldrey y Daniel del Río, del departamento de Geografía de la Universidade de Santiago, veían imposible frenar la falta de jóvenes y evitar el declive acelerado de gente, servicios y relaciones sociales. Ocurría, al menos, hasta la pandemia y el escape de las ciudades.

En Vilarxuvín había escuela y hoy una casa para Priya (amada) Yoga, pero queda mucho por restaurar a pesar del empeño y promoción que realizan el propio concejal de cultura, Manuel Alonso ‘Xubín’, oriundo y que frecuenta la aldea, Isabel Couto y el alcalde, Darío Campos.

Es tranquila y auténtica, tiene historias alegres y tristes, volver a creer en el futuro más allá de posada de fin de semana sería superar el abandono.

2.201 Habitantes de A Pontenova a finales del año 2020

En el año 2006 eran 3.016 vecinos, según el Ine. La despoblación es el quebradero de cabeza municipal.

"Esta aldea tiene algo, te da mucha energía"
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