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Alberto García Basteiro: "Con voluntad política, es posible el fin de la tuberculosis"

Basteiro, con parte de su equipo en Manhiça. CEDIDA
Basteiro, con parte de su equipo en Manhiça. CEDIDA

Coordina desde hace casi cinco años el área de tuberculosis del Centro de Investigación en Salud de Manhiça, en Mozambique, uno de los países con mayor incidencia de esta enfermedad. Su trabajo le ha valido el reconocimiento de mejor investigador joven del mundo.

Su trayectoria profesional le fue llevando poco a poco a meterse de lleno en proyectos sobre epidemiología, medicina preventiva y enfermedades relacionadas con la pobreza en Centroamérica y, especialmente, en África. Desde el Centro de Investigación en Salud de la localidad mozambiqueña de Manhiça, al sur del país, el médico vilalbés Alberto García-Basteiro —investigador adscrito al Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) y al Instituto de Salud Global y Desarrollo de Ámsterdam— coordina el área de tuberculosis, en uno de los países con más casos de esta enfermedad en el mundo. Su trabajo en los últimos casi cinco años ha sido reconocido con el nombramiento de mejor investigador joven del mundo en tuberculosis, por parte de la Unión Internacional contra la Tuberculosis y las Enfermedades Pulmonares, distinción que recogió hace unas semanas en México.

¿Cómo recibió este reconocimiento a nivel mundial?

Con sorpresa, porque otros años ha ido a parar a investigadores que admiro mucho y me siento pequeño en relación a ellos, pero también con orgullo por que se reconozca nuestra labor. Nos anima a seguir investigando para acabar con la tuberculosis, una enfermedad que afecta sobre todo a los pobres. Como vilalbés estoy también muy agradecido a los que un día me animaron a dedicarme a la medicina y por la educación recibida.


"Se estima que cada año mueren por esta enfermedad tantas personas como habitantes tiene Barcelona"


¿En qué consiste su trabajo en Manhiça? ¿Cómo es el día a día en un país con tanta incidencia de esta enfermedad como es Mozambique?

Mozambique es uno de los países más pobres del mundo. Tiene una esperanza de vida en torno a los 55 años y el 60% de la población vive con menos de dos dólares al día. Es uno de los países con más casos de tuberculosis en relación a la población del mundo. En nuestro distrito, el 40% de la población adulta está infectada por el VIH. En el norte del país, algunos distritos registran las tasas de malaria más elevadas de África. Nuestro trabajo consiste en coordinar distintos estudios de investigación en tuberculosis en el distrito de Manhiça, al sur del país. Primero identificamos la idea y el campo donde puede haber avances, después conseguimos financiación, configuramos equipos profesionales e investigamos hasta publicar los resultados, que muchas veces presentamos en conferencias internacionales. Pero también trabajamos codo con codo con las autoridades locales para controlar la transmisión y tratamiento de la enfermedad. Además de investigar, es clave apoyar al personal sanitario y cuidar la atención al paciente. No hay una gran rutina. Ningún día se suele parecer al anterior.

¿Ha cambiado la situación al respecto en el tiempo que lleva trabajando ahí?

En este tiempo, el trabajo con nuevas herramientas diagnósticas y búsqueda activa de casos de tuberculosis nos ha ayudado mucho a tener un mejor conocimiento de la enfermedad y su alcance. Además, ha mejorado la cobertura del tratamiento antirretroviral, algo que probablemente explica la bajada considerable de las personas que tienen al mismo tiempo tuberculosis y VIH, el virus que causa el sida.

"Habrá una reunión de la Asamblea General de la Onu y esperamos que ahí se suscriba un acuerdo firme de los países"


¿Qué sería necesario para mejorarla?

Nos encantaría ver grandes cambios en poco tiempo, pero por desgracia hace falta paciencia y ser muy constante. Aún hay una gran incidencia de la enfermedad.

La tuberculosis, aun siendo una dolencia curable, es una de las diez principales causas de mortalidad en el mundo. ¿Somos conscientes del alcance real de esta enfermedad?

En España en general, y en Galicia en particular, la incidencia de la tuberculosis ha descendido mucho en los últimos 20 años, en paralelo al avance económico y sanitario. Nuestra situación nos puede llevar a pensar que no es una enfermedad grave o incluso que no hay riesgo de contraerla. Pero la tuberculosis es una pandemia de la que ninguna región del mundo se escapa, y en los paí- ses más pobres el impacto es muy negativo. Se estima que cada año mueren en el mundo por tuberculosis tantas personas como habitantes tiene Barcelona. No hay que bajar la guardia.

La OMS en su último informe sobre la tuberculosis da unos números devastadores: 10,4 millones de personas enfermas, de las que 1,7 fallecieron (400.000 personas con VIH y 250.000 niños). ¿Cómo se puede revertir la situación?

Hay una fórmula infalible: invertir en programas de control y en investigación. Por lo tanto, podemos decir que acabar con la tuberculosis depende en gran medida de la voluntad política. Si contásemos con las herramientas adecuadas, la tuberculosis dejaría ser un gran problema de salud pública.

También hay cifras para la esperanza, ya que se estima que entre 2000 y 2016 se salvaron 53 millones de vidas gracias al diagnóstico y al tratamiento contra la tuberculosis. ¿Cómo se trata esta enfermedad?

La tuberculosis tiene un tratamiento efectivo pero un poco engorroso. Hay que tomar pastillas cada día durante seis meses. Un porcentaje de los casos es resistente al tratamiento y por lo tanto se necesita otro más complejo, caro y tóxico. La duración se puede alargar hasta los dos años. Estamos hablando de un 5% de los casos a nivel global y un 1-2% en España, pero con las cifras de la enfermedad estamos hablando de muchos miles de personas.

¿Es difícil en determinados países acceder a este tratamiento?

Desgraciadamente, los últimos fármacos que se han aprobado para la tuberculosis multirresistente no son accesibles en muchos países. Entre otros motivos, porque son muy caros.

Por otro lado, la OMS hace hincapié en que la incidencia mundial de esta enfermedad está disminuyendo en aproximadamente un 2% anual, el cual es insuficiente para llegar a las metas fijadas para 2030 en la estrategia ‘Fin a la Tuberculosis’, y pide una mayor implicación de los gobiernos para erradicar esta dolencia. ¿Qué pasos habría que dar para conseguirlo?

Hace unas semanas se reunieron en Moscú 75 ministros de Salud de todo el mundo para ver cómo puede haber una respuesta organizada y global para controlar esta enfermedad. Le seguirá una reunión del más alto nivel político en la Asamblea General de Naciones Unidas durante 2018. Esperamos que ahí se firme un compromiso firme de los países para invertir más. Son pasos que llegan tarde, pero mejor tarde que nunca.

A nivel personal, ¿qué cree que puede aportar en este ámbito?

Tratamos de generar conocimiento que pueda servir para diseñar políticas públicas que combatan la enfermedad. Con otros investigadores en Mozambique y colaboradores en otros países trabajamos en ensayos clínicos para evaluar nuevos tratamientos y estrategias preventivas, al igual que nuevos diagnósticos o mejoras en lo que ya aplicamos. Tenemos muchos frentes.

"Hacemos ensayos clínicos para evaluar nuevos diagnósticos, tratamientos y estrategias preventivas"


¿Qué retos cree que le quedan por delante?

Nuestro gran reto es poder decir que la tuberculosis ya no es un problema relevante en global. Para eso hay que hacer investigación para encontrar nuevas formas de luchar contra la enfermedad. Eso se debería traducir en poder disponer de tratamientos más cortos y efectivos contra la tuberculosis de siempre, pero también contra la resistente. Necesitamos una vacuna más eficaz que la que tenemos actualmente. Tenemos que mejorar el diagnóstico, sobre todo el de poblaciones vulnerables, como los niños o pacientes con VIH.

¿Ve posible el fin de la epidemia de tuberculosis?

Creo que es posible ver un gran descenso si hay compromiso político firme. Con voluntad política, en una generación podemos lograr que nadie muera por tuberculosis. Hoy me parece un sueño inalcanzable, pero sabemos que está en nuestra mano.

Hay varios facultativos en su familia. ¿Le influyó esto para dedicarse a la medicina?

Mi madre ha dedicado toda su vida a ser pediatra en Vilalba, y mi tía es médico de familia en Quiroga, así que la medicina ha estado presente en casa desde siempre. La especialidad es distinta, pero creo que los objetivos son los mismos. 

A 12.000 kilómetros de Vilalba, ¿cómo sobrelleva la distancia?

Viajo mucho e intento venir a Galicia y a Vilalba siempre que puedo, aunque a veces tenga que hacer escalas y equilibrios casi imposibles. Pero soy fijo en ocasiones como las Navidades. Tengo que reconocer que ya tengo muchas ganas.
 
¿Qué es lo que más echa de menos de su pueblo natal?

Además de la familia y amigos, lo que más echo de menos es el queso de San Simón. Le tengo una devoción casi religiosa y trato de ejercer de embajador allá donde voy. Puedo decir que los mozambiqueños (por lo menos algunos) ya lo han disfrutado. Adivine qué les parece: ¡les encanta!

Su vida formativa y profesional le llevó por todo el mundo. ¿Con qué lugar se quedaría?

Tengo la suerte de haber trabajado y visitado muchos países. En todos se encuentra gente valiosa. Sería imposible elegir. Pero todos los caminos empezaron “na Terra Chá”. Cada vez soy más consciente de que sin lo aprendido en Vilalba y en sus instituciones, no sería lo que soy y posiblemente no estaría investigando como médico en un lugar como Mozambique.

Estudió en el conservatorio. ¿Qué es para usted la música? ¿Llegó a plantearse dedicarse profesionalmente a ella?

La música es mi principal afición y mi principal frustración. Siempre dudé si dedicarme a la música o la medicina. Si me permite la broma, a veces creo que equivoqué claramente. Pero toco y canto en mi tiempo libre. Recuerdo con cariño infinito mi paso por el conservatorio y las clases de Toni Orosa y Aurelio Chao, con los que tanto aprendí.
 
Una canción.

Milonga del moro judío (Jorge Drexler).
 
Un artista.

Últimamente me gusta mucho la cantautora brasileña María Gadú
 
Un libro.

Acabo de terminar Medio Sol Amarillo de Ngozi Adichie. Muy recomendable.

Una afición o manera de pasar su tiempo libre.

Tocar la guitarra o echar una pachanga al baloncesto.
 
Un deseo por cumplir.

Quiero ver al Celta ganar la liga y al Breogán otra vez en la ACB (este año tiene muy buena pinta). Como ve, son sueños, pero de científico: prudentes y realistas.

Alberto García Basteiro: "Con voluntad política, es posible el fin...
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