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La profunda huella de Endesa en As Pontes

Central térmica de As Pontes. M.MANCEBO
Central térmica de As Pontes. M.MANCEBO
De ser un pequeño pueblo dedicado a la agricultura, As Pontes se convirtió en el mayor productor de energía de España, una transformación radical propiciada por la llegada de la eléctrica que multiplicó el número de habitantes y servicios

Volver de un largo viaje y ver en el horizonte una esquina de la chimenea es para los ponteses sinónimo de que ya están en casa. Quizás sea un sentimiento difícil de entender para aquellos que no han vivido bajo ese gigante. Un emblema que con cada metro de su construcción —mide 356, y está entre las más altas de Europa— fue transformando poco a poco un pequeño pueblo volcado en sus campos y dedicado a la agricultura en un paraíso industrial que parece que comienza a desmoronarse.

Y es que la huella de la eléctrica es tan profunda en la localidad que nadie entiende As Pontes sin Endesa, ni Endesa sin As Pontes. Aunque la realidad del pueblo que conocemos hoy comenzó a dar sus primeros pasos antes de su llegada, en 1946, de la mano de Encaso, la empresa nacional que inició la explotación de la mayor mina de lignito a cielo abierto de España. Un yacimiento que había sido descubierto oficialmente en 1790 por José Cornide.

A través de un acuerdo del Consejo de Ministros, los activos de Calvo Sotelo fueron transferidos a Endesa en 1972, año en el que empezó a levantar una megacentral con cuatro grupos —y una potencia instalada de 1.400 megavatios—, que entraron en funcionamiento el 2 de abril de 1976, el 21 de marzo de 1977, el 10 de mayo de 1978 y el 6 de marzo de 1979, respectivamente.

Fue así como As Pontes de García Rodríguez se situó en apenas una década como el mayor productor de energía de toda España. A costa, claro está, de dejar atrás decenas de lugares, que fueron expropiados o quedaron sepultados al excavar las entrañas de la mina, pero también al levantar todo un complejo industrial que se convirtió en poco tiempo en la niña bonita de la eléctrica. En su gran pulmón.

Al fin, fueron años de bonanza y de modernidad. Una metamorfosis radical en la estructura del pueblo y también en la forma de vida de unos vecinos que vieron, entre la sorpresa y la desconfianza, cómo poco a poco se iban asentando obreros llegados desde distintos rincones de Galicia, Asturias o León —en la época más gloriosa de Endesa trabajaban alrededor de 4.000 personas entre la central y la mina—.

Poblado de A Magdalena. M.MANCEBO

Ese goteo constante de caras nuevas, que se convirtieron con el tiempo en familiares, se materializó en cifras. De unos seis mil habitantes a finales de los años 70, se pasó a 13.000 a principios de los 80.

Este crecimiento desbocado obligó a Endesa a construir viviendas, cuatro poblados en total, que se sumaron a la ciudad jardín de As Veigas que ya había sido levantada a principios de los años 50 por Calvo Sotelo.

Las obras para construir el poblado de A Magdalena, el primero de los cuatro, comenzaron en 1974 y se desarrollaron en dos fases. En el año 76 se iniciaron las de A Fraga y Anguieiro —más conocido como el Molino— y un año más tarde se concedió la licencia para el del Barreiro. Fue el último en levantarse y dar cobijo a gentes de aquí y de allá.

Con la superpoblación, se multiplicaron también los colegios —funcionaron hasta seis a un tiempo, el último en abrir sus puertas en el curso 88-89 fue el de A Fraga, que está enfrente del poblado del Barreiro y del que lleva su mismo nombre—, crecieron los comercios y el número de negocios de hostelería, también las empresas y nacieron decenas de asociaciones y entidades culturales o deportivas. En resumen, aumentaron de manera brutal los servicios, convirtiendo a As Pontes en una pequeña localidad con las comodidades de una gran ciudad.

Originalmente la central, que fue diseñada para consumir exclusivamente el lignito procedente del yacimiento pontés, sufrió entre 1993 y 1996 su primera gran obra de adaptación por exigencias medioambientales, una inversión con la que Endesa pudo seguir nutriendo al gigante con una mezcla de lignitivo y carbón de importación.

Excolegio de Endesa. M.MANCEBO

Fue el primer gran reto al que se enfrentó la factoría, pero también el pueblo, que vivió tiempos convulsos con movilizaciones históricas que todavía permanecen en el recuerdo de muchos. El movimiento sindical logró entonces coeficientes reductores para la plantilla y prejubilaciones, además del compromiso de la Xunta de reindustrializar la zona con la creación del polígono de Penapurreira y la llegada de fondos del Plan Miner.

Años después, al comienzo de la era de los 2000, la trasposición de la Directiva Comunitaria de Grandes Instalaciones de Combustión obligó a Endesa Generación, propietaria de los activos de la eléctrica en As Pontes, a optar por la transformación de su central para utilizar solo carbón importado procedente de Indonesia y de EE.UU.

Las obras, que coincidieron en el tiempo con la privatización de la eléctrica —el proceso se inició en el año 1998 y se completó en 2003, siendo presidente del Gobierno José María Aznar—, pusieron el punto y final a la mina pontesa, que alargó su vida hasta diciembre de 2007. Un total de 31 años de explotación en los que se extrajeron más de 261 millones de toneladas de lignito.

La solución ambiental que Endesa adoptó para rehabilitar el gran hueco minero fue convertirlo en el lago más grande de España y uno de los de mayores dimensiones de Europa —tiene una superficie de 865 hectáreas, lo que equivale a 1.200 veces un campo de fútbol como el Camp Nou, un volumen de 547 hectómetros cúbicos y una profundidad máxima de 206 metros—. Dejó  una vez más su pegada, su huella, y transformó un pueblo de interior en uno con costa (artificial) donde poder disfrutar de veranos al sol en una playa de 430 metros.

Lago de As Pontes. M.MANCEBO

La inauguración se produjo en 2012 con una gran fiesta. Solo dos años antes el escenario idílico no lo era tal. El decreto del carbón hizo saltar todas las alarmas. Unos 300 empleados de las auxiliares y los transportistas enmudecieron ante la posibilidad de perder sus puestos de trabajo. Huelgas de hambre, multitudinarias caravanas, un ‘camiño mouro’ —término que se empleó para diferenciarlo de la ‘marcha negra’ de León—...

La lucha fue larga, pero As Pontes salió victorioso del revés, como lo ha hecho tantas otras veces a base de unión, aunque para muchos cada una de las batallas previas representen un déjà vu de lo que se está viviendo hoy. ¿El final será el mismo? No lo parece.

Y es que aunque en octubre de 2014 Endesa se comprometió a adaptar la térmica a la Directiva de Emisiones Industriales (DEI) de la Unión Europea, y en 2018 inició las obras con una inversión de 217 millones de euros —los trabajos todavía continúa en los grupos uno y dos, en el tres y cuatro ya no seguirán adelante—, la realidad es que la chimenea lleva ya más de cinco meses sin echar humo.

La subida del precio de las emisiones de CO2 en el mercado propició un cambio de rumbo en las intenciones de la eléctrica de ampliar la vida útil de la planta de As Pontes 20 años más. Un anuncio de un cierre sin fecha que dejó helado a todo un pueblo, que ya ha demostrado a base de manifestaciones multitudinarias e históricas que exigirá hasta las últimas consecuencias una transición justa y ordenada para su factoría.

Y es que en el horizonte sobrevuelan los peores augurios. Comercios y negocios cerrados, colegios sin niños y un descenso en el nivel de servicios. Un pueblo fantasma al que le tocaría reinventarse para vivir sin depender de Endesa y de su huella. 

La profunda huella de Endesa en As Pontes
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