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Jaime Pablo Díaz: "Que un niño quiera bailar aún se ve raro, la sociedad es muy machista"

El bailarín y coreógrafo Jaime Pablo Díaz. C.ARIAS
El bailarín y coreógrafo Jaime Pablo Díaz. C.ARIAS

Entró en el mundo de la danza con seis años y hoy, pocos meses después de cumplir los 50, sigue afrontando cada proyecto con la misma emoción. Sus espectáculos en As Pontes, donde es profesor en la escuela municipal desde hace diez años, tienen el lleno garantizado

Hasta el más arrítmico siente ganas de bailar con sus palabras mientras lo escucha. Transmite pasión por la danza, que siempre entendió como la fusión de sus raíces gallegas y el viaje hacia lo contemporáneo, y las mismas ganas que cuando empezó, pese a que acumula incontables horas sobre los escenarios de medio mundo. Bailarín, coreógrafo y director de Nova Galega de Danza, Jaime Pablo Díaz (Ferrol, 1968) lleva diez años de profesor de baile moderno en As Pontes. Y los espectáculos que crea con sus alumnos, como se demostró este fin de semana, son un éxito asegurado. 

Contó varias veces que con seis años acompañaba a una vecina a llevar a sus hijas a clase de baile cuando descubrió que quería ser bailarín. ¿Recuerda aquel día? 
No recuerdo mucho, solo el momento de llegar al sitio y quedarme impresionado con lo que vi. Era baile tradicional, un ensayo de Terra Meiga. Y lo tuve claro. Yo era supercortado y no me atrevía a pedir nada, pero ese día sí que pedí que me quería apuntar. 

¿Cuál fue la respuesta en casa? 
Fue un poco chocante, extraño, sobre todo para mi padre, aceptar que un niño quisiera bailar. 

¿Cambiaron mucho las cosas o aún es raro que un niño quiera bailar?
Sigue siendo raro, aún no se normalizó. Vivimos en una sociedad muy machista y parece que solo existe el fútbol. Y en las aulas siguen siendo mayoritariamente chicas. Aquí en As Pontes en la escuela de baile municipal —incluye baile moderno, clásico y flamenco— hay 250 alumnos. Y niños son 9. Las cifras dicen mucho. 

Hablan claro. ¿Y no suben?
Cuando empecé había dos, algo subió, pero cuesta. La sociedad y la educación, lo que nos imponen, todo viene de ahí. 

También habla la cifra total. 
Es muchísima gente y estamos con lista de espera. 

Los teatros están llenos, pero parece que a los responsables políticos no les interesa que la cultura tenga visión

¿Qué momento vive la danza? ¿Tiene apoyos, reconocimiento? 
La danza, el arte, tiene muchas salidas y mucha aceptación. Los teatros están llenos. Pero parece que no interesa a los responsables políticos que la cultura tenga visión. Lo más difícil es conseguir ayudas. Y otro problema es dónde encajarla porque muchos programadores no la tienen en cuenta. No existe una buena proyección de la danza por lo que hay gente que no ha tenido acceso. Aquí en As Pontes me sigo sorprendiendo porque sí hay. No solo la escuela, desde el Concello se programan espectáculos. 

Si echa la vista atrás, ¿volvería a tomar la decisión de aquel niño?
Sí. No es fácil y hay momentos muy complicados en la carrera, pero yo no me puedo quejar porque vivo de lo que me gusta. Creí en un sueño y es lo que digo siempre, cuando tienes un sueño tienes que llevarlo a la realidad. 

Empezó en el baile tradicional y hoy dirige una compañía de danza contemporánea con proyección internacional. ¿Cómo fue el salto? 
Entré en el ballet Rey de Viana de A Coruña con 16 años. Descubrí la danza clásica y el ballet de carácter y decidí empezar la carrera de Danza Clásica. En el ballet desarrollé mi trayectoria, descubrí más danzas y me acerqué al contemporáneo. Y empecé a necesitar investigar algo propio y con un compañero —Vicente Colomer— empezamos a plantearmos hacer con la danza lo mismo que Berrogüetto, Luar na Lubre, Carlos Núñez o Milladoiro estaban haciendo con la música tradicional, una evolución. Y llevarla, sin desmerecer la raíz, que es de donde bebo, a lo contemporáneo. 

Hay momentos muy complicados pero yo no me puedo quejar porque vivo de lo que me gusta. Creí en un sueño

Y nació Nova Galega de Danza, su compañía, en 2003. ¿Alguna vez soñó llegar a donde llegó?
Nunca jamás —contesta sin pensarlo—. Siempre estuve a las órdenes de un director y me sentía extraño al otro lado. Me sigue pasando. Tengo que ejercer como director, pero soy un bailarín más, me veo más del lado del artista que del productor.

¿Más bailarín que coreógrafo?
Esa búsqueda me trajo y me sigue acercando a cosas maravillosas. Vas tirando de un hilo y van saliendo un millón de movimientos. Y la compañía tiende a crear un estilo diferente y una forma de moverse propia.

¿En cuántos países bailaron?
Muchos, por Europa, Asia y América. 

¿Es más fácil ahora? 
Es más fácil porque tienes un nombre hecho, pero siguen faltando ayudas. Cuando creamos la compañía nos ofrecieron todo en Madrid, pero teníamos claro que queríamos crecer aquí. En estos 15 años, he recibido algunas ayudas puntuales y las agradezco, pero el esfuerzo económico para montar un espectáculo es tan brutal que es fácil tirar la toalla. Debo tener una parte muy resistente porque sigo y estoy muy contento de lo que hago y lo que hice porque es todo a raíz de mi trabajo. Y ahora nos llaman, y es muy bonito. 

Y fueron a Fama. ¿Que opina de estos programas? 
Es muy bueno. Los profesores son maravillosos y se ve la danza. El paso fue muy bonito, increíble, nos vio mucha gente y algunos nos conocen a raíz de eso. Ves el alcance que tiene la tele. Además, Paula Vázquez y yo somos amigos, nos vimos crecer en Pantín, y estar en su programa fue maravilloso. 

¿Qué proyectos tiene? 
Seguir de gira con Son y seguir con la proyección internacional. 

¿Hay nuevo montaje en mente? 
Hay proyectos, estoy en ello, pero no se puede contar —sonríe—. 

¿El sueño? 
Estoy muy contento con la escuela municipal de As Pontes, con el trabajo de los niños y lo que me aportan. También doy clases en A Coruña, donde tengo el estudio, pero quería centrarme en la escuela y en el trabajo en la compañía. 

"Respeto muchos mi trabajo y todos los escenarios me ponen nervioso"
¿Se toca techo o siempre se puede seguir creciendo? 
Siempre estamos creciendo. El arte está vivo. 

¿La gente sabe bailar o se cree que baila bien? 
Hay de todo. En realidad todo el mundo sabe bailar, pero sus movimientos son diferentes. Y en una persona arrítmica también me parecen bonitos. Les puedes sacar mucho juego. Me gustan los retos. Y hay que saber mirar con otros ojos y no buscar lo perfecto. 

Hubo un momento de su juventud en el que tuvo que escoger entre el baile y las carreras. ¿Se perdió el mundo del deporte un buen atleta?
Iba a campeonatos de atletismo, entrenaba... pero tuve que escoger y para mí la decisión estaba muy clara. 

¿El mejor momento?
Cuando mi padre se dio cuenta de que mi lugar era la danza. Le costó y tardó, pero fue maravilloso —dice, y se le corta la voz, falleció hace dos años—.

¿Con quién le gustaría compartir escenario o tener de pareja de baile? 
Me encantaría compartirlo con mis padres. A nivel profesional, con el coreógrafo Akramkhan sería maravilloso. 

¿El mejor país para bailar?
Todos son diferentes pero el sentir es el mismo. Me quedó claro en China, cuya gente tuvo una conexión inmediata con nuestra música, o en Roma, que tiene fama de ser un público exigente. La música y danza que hacemos parte y va a la raíz del ritmo, de la emoción humana, y eso no tiene fronteras. Esa es su gran lección y su aportación a nivel individual y colectivo. 

¿Qué escenario provoca más nervios?   
Todos me ponen muy nervioso aún. Le tengo mucho respeto a mi trabajo. 

¿Tiene algún truco para atacar los nervios? 
Cierro los ojos, miro con ellos hacia arriba y los muevo como haciendo un limpiaparabrisas. Me funciona. Y dentro del show ya se van, ya navegas. 

¿La música que hace bailar?
Nuestra música, el funky y toda aquella que me llega al alma.  

¿Lo más difícil como profesor?
Cuando tienes que desaprender a los alumnos. 

¿Qué pesa más, la música o el baile?
Para mí es un 50/50. La compañía es muy musical. La música te ayuda y el movimiento ayuda a la música. También es bonito bailar en silencio. 

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