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Ganar la partida al coronavirus

Algunas de las usuarias de la casa comunitaria Avime de Cospeito. EP
Algunas de las usuarias de la casa comunitaria Avime de Cospeito. EP
La casa comunitaria Avime Fogar de Cospeito estuvo en jaque por el Covid-19. Siete de los diez usuarios y tres de las cinco trabajadoras se contagiaron, pero todos lograron curarse

La suya fue una partida de las duras. Estuvieron casi en jaque mate por el Covid-19, pero lograron, ante todo pronóstico, ganar la partida. Siete de los diez usuarios de la casa comunitaria Avime Fogar de Támoga, en Cospeito, y tres de las cinco trabajadoras —las socias responsables— se infectaron por el coronavirus. Pero todos lograron curarse, y salvarse del que se presagiaba como el peor de los finales. Los residentes, todas mujeres menos un hombre, de Vilalba, Begonte, Cospeito y Lugo tienen entre 72 y 95 años. 

"Tuvimos muchísimo miedo. Había días que solo soñaba con que iban a empezar a morir", dice Montse González, una de las socias de Avime, y rememora los últimos meses como una pesadilla. 

La ruleta rusa de ese mal invisible que hizo parar el mundo les disparó de lleno. "Cuando nos confinamos ya teníamos al bicho dentro, de eso estoy segura. El día que acabó el colegio, antes del estado de alarma, empezamos el confinamiento con medidas estrictas: guantes, mascarillas... No íbamos ni al súper, ni para nuestras casas", dice Montse, mientras da marcha atrás en el tiempo. 

El 28 de marzo empezó todo. Marisa Ansoar, una de las socias, se presenta en el Hula con una posible faringitis que se convierte en Covid-19. Fue la primera, no la única. Ese día, Montse, asmática, también da positivo y al poco tiempo se suma a la lista negra la tercera socia, Teresa Díaz —y confinan a su hija, trabajadora en el centro— y siete residentes. 

"La situación no podía ser peor. Cuatro de las cinco trabajadoras confinadas en casa, con la gente allí y sin personal, con una empleada para atender siete días a la semana 24 horas al día"

"Estaba claro. Dos test, dos positivos. Sabíamos que aquello iba a ser un desastre: estábamos todos contagiados y se iban a morir todos. No libraríamos", dice Montse, con una risa que resuena en el teléfono entre el "alivio", después de meses tensión, y los "nervios", que aún no se fueron del todo. 

"La situación no podía ser peor. Cuatro de las cinco trabajadoras confinadas en casa, con la gente allí y sin personal, con una empleada para atender siete días a la semana 24 horas al día. El pánico era total, porque no puedes ayudar, no puedes ver lo que está pasando y contratar gente en una circunstancia así es complicadísimo", relata, y explica que todos eran reacios, muchos por miedo, aunque finalmente consiguieron dos empleadas nuevas. 

De los siete residentes contagiados, todos fueron asintomáticos menos una mujer, que ingresó en el Hula con principios de neumonía, y a cuatro de ellos los trasladaron a Porta do Camiño a Santiago "por cuestiones de espacio para poder aislar a la gente". Dos, que dieron negativo, se fueron con sus familias. Aún no regresaron y no lo harán hasta que se reabran las visitas. El resto ya está de vuelta. 

"Decían que en Santiago estuvieron muy bien, pero estaban deseando volver. Hicieron mucha piña y pasaron miedo, sobre todo al ver que una se ponía mala. Veían la tele y tienen bien la cabeza", dice Montse, que asegura que "desde el 28 de marzo al 9 de mayo fue un sinvivir, con una responsabilidad enorme y sin poder hacer nada". Ella, tras 42 días, consiguió el negativo en el quinto test. La tercera socia en dar positivo fue casi asintomática, pero Montse y Marisa sufrieron las consecuencias del coronavirus. 

"El niño llegó a 40 de fiebre, no nos dejaban ni salir de casa a tirar la basura y para la compra dependíamos de los vecinos"

LABORAL Y PERSONAL. "Hay mucha gente sin síntomas pero si lo tienes te enteras, te das cuenta de que algo va mal. La que dio primero positivo estuvo ingresada en el hospital 14 días y aún está de baja. Todavía no respira bien y se lo pasó al marido. Yo hace diez días que di negativo y todavía me pincho eparina en la barriga y me salen trombos en las piernas", relata Montse. Ella vive en Lugo y contagió a su hijo de 15 años. 

"El niño llegó a 40 de fiebre, no nos dejaban ni salir de casa a tirar la basura y para la compra dependíamos de los vecinos. Eran de hola, ¿qué tal?, conversación de ascensor, y ahora son de los de verdad", relata una mujer que reconoce que no podía ni encender la tele. "Solo pensaba: si me voy a morir, no quiero verlo", dice, y agradece las llamadas desde el Hula en momentos de pánico. 

Ahora respira algo más tranquila. La Ume desinfectó la casa —"incluso ropa o platos", dice— y todo está volviendo a su lugar. Pero aún hay miedos. "No sabemos si creamos anticuerpos, si todo esto sirvió para ser inmunes o si estamos más débiles en caso de rebrote", se pregunta. Hay pocas respuestas, sigue la ruleta rusa.

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